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Full text of "El tesoro de Gastón, novela"

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in 2013 



http://archive.org/details/eltesorodegastnnOOpard 



COLECCIÓN ELZEVIR ILUSTRADA 

VOLUMEN SEXTO 

x 

61 Tesoro de Gastón 



Colección Elzevir Ilustrada 



VOLÚMENES PUBLICADOS 

I. — M. Hernández Villaescusa. — Oro 

oculto, novela. 

II. — Vital Aza. — Bagatelas, poesías. 

III. — Alfonso Pérez Nieva. — Ágata, novela. 

IV. — Nilo María Fabra. — Presente y futuro. 

Nuevos cuentos. 

V. — Federico Urrecha. — Agua pasada. 

(Cuentos, bocetos y semblanzas). 

VI. — Emilia Pardo Bazán. — El Tesoro de 

Gastón, novela. 

EN PRENSA 

M. Morera y Galicia. — Poesías, con un 
prólogo de Antonio de Valbuena. 

Enrique R. de Saavedra, duque de Rivas. 
— Cuadros de la fantasía y de la vida real. 

EN PREPARACIÓN 

Juan Gualberto López Valdemoro, conde 
de las Navas. — El Procurador Yerba- 
buena, novela. 

Antonio de Valbuena. — Santificar las fies- 
tas, cuentos. 

Carlos Frontaura. — El cura, el maestro y 
el alcalde. 

Miguel Ramos Carrión. — Zarzamora, novela. 

y otros de 

Altamira (Rafael). 
Aza (Vital). 

Becerro de Bengoa (Ricardo). 
Liniers (Santiago). 
Marina (Juan). 
Oller (Narciso). 
Pérez Zúñiga (Juan). 
Thebussem (Dr.) 
Valera (Juan), etc., etc. 



Emilia Pardo Ba\án 

61 

Tesoro de Gastón 

Novela 

Ilustraciones de 

JOSE PASSOS 

Con licencia del Ordinario 




BARCELONA 

JUAN GILI, LIBRERO 

223, cortes, 223 

MDCCCXCVII 



ES PROPIEDAD 



I 



ha llegada 



Cuando se bajó en la estación del 
Norte, harto molido, á pesar de haber 
pasado la noche en wagon-lit, Gastón de 
Landrey llamó á un mozo, como pudiera 
hacer el más burgués de los viajeros , y le 



6 EMILIA PARDO BAZAN 



confió su maleta de mano, su estuche, 
sus mantas y el talón de su equipaje. 
jQué remedio, si de esta vez no traía 
ayuda de cámara ! Otra mortificación no 
pequeña fué el tener que subirse á un 
coche de punto, dándole las señas: Fe- 
rraz, 20... Siempre, al volver de París, le 
había esperado, reluciente de limpieza, la 
fina berlinilla propia, en la cual se recos- 
taba sin hablar palabra, porque ya sabía 
el cochero que á tal hora el señorito 
sólo á casa podía ir, para lavarse, des- 
ayunarse y acostarse hasta las seis de la 
tarde lo menos... 

En fin, ¡qué remedio! Hay que tomar 
el tiempo como viene, y el tiempo venía 
para Gastón muy calamitoso. Mientras el 
simón, con desapacible retemblido de 
vidrios, daba la breve carrera, Gastón 
pensaba en mil cosas nada gratas ni 
alegres. El cansancio físico luchaba con 
la zozobra y la preocupación, mitigán- 
dolas. Sólo después de refugiado en su 
linda gargonnilre; sólo después de hacer 
chorrear sobre las espaldas la enorme 
esponja siria, de mudarse la ropa interior 
y de sorber el par de huevos pasados y la 



EL TESORO DE GASTON 7 



taza de té ruso que le presentó Telma, 
su única sirviente actual, excelente mujer 
que le había conocido tamaño; sólo en 
el momento, generalmente tan sabroso, de 
estirarse entre blancas sábanas después 
de un largo viaje, decidióse Gastón á 
mirar cara á cara el presente y el por- 
venir. 

Agitóse en la cama y se volvió im- 
paciente, porque divisaba un horizonte 
oscuro, cerrado, gris como un día de 
lluvia. Arruinado, lo estaba; pero apenas 
podía comprender la causa del desastre. 
Que había gastado mucho, era cierto; que 
desde la muerte de su madre llevaba vida 
bulliciosa, descuidada y espléndida, tam- 
poco cabía negarlo. Sin embargo, echando 
cuentas, (tarea á que no solía dedicarse 
Gastón), no se justificaba, por lo derrocha- 
do hasta entonces, tan completa ruina. El 
caudal de la casa de Landrey, casi doblado 
por la sabia economía y la firme adminis- 
tración de aquella madre incomparable, 
daba tela para mucho más. ¡Seis años! 
¡ Disolverse en seis años, como la sal en el 
agua, un caudal que rentaba de quince á 
diez y siete mil duros ! 



8 



EMILIA PARDO BAZAN 



Acudían á la memoria de Gastón, claras 
y terminantes, las palabras de su madre, 
pronunciadas en una conferencia que se 
verificó cosa de dos meses antes de la 
desgracia. 

— Tonín, — había dicho cariñosamente 
la dama, — yo estoy bastante enfermucha; 
no te asustes, no te aflijas, querido, que 
todos hemos de morir algún día, y lo que 
importa es que sea muy á bien con Dios; 
lo demás... ¡ya se irá arreglando I Siento 
dejarte huérfano en minoría, pero pronto 
llegarás á la mayor edad, y así que dis- 
pongas de lo tuyo, acuérdate de dos cosas, 
hijo... Que ni hay poco que no baste ni 
mucho que no se gaste, y... que no debe- 
mos ser ricos... sólo... ¡para hacer nuestro 
capricho, olvidándonos de los pobres y 
del almal Quedan aumentadas las ren- 
tas... gracias á que no he fiado á nadie 
lo que pude hacer yo misma... ¡y eso que 
soy una mujer, una ignorantona, una infe- 
liz ! Tú, que eres hombre , y que recibes 
doblado el capital, puedes acrecentarlo, 
sin prescindir de... ¡de que hay deberes, 
para un caballero sobre todo!... ¡y de que 
la fortuna se nos da en depósito, á fin de 



EL TESORO DE GASTON 



9 



que la administremos honradamentel... 
¿Verdad, Tonín, que vas á pensar en esto 
que te he dicho... así... así que no este- 
mos... juntos? Dame un beso... ¡Ay!... 
¡Cuidado, que por ahí anda la pupal 

Y Gastón, de pronto, sintió como los 
ojos se le humedecían, acordándose de 
que el ¡ay! de su madre había delatado, 
por primera vez, la horrible enfermedad 
cuidadosamente oculta, el zaratán en el 
seno. 

Poco después la operaban, y no tardaba 
en sucumbir á una hemorragia violenta... 
y Gastón veía á su madre tan pálida, 
tendida en el abierto ataúd, y recordaba 
días de llanto, de no poder acostumbrarse 
á la orfandad, á la soledad absoluta... 
Después, con la movilidad de los años 
juveniles, venía el consuelo, y con la 
mayor edad, el gozo de verse dueño de 
sus acciones y de su hacienda, ¡libre, 
mozo, opulento! Dando una vuelta repen- 
tina en la cama, lo mismo que si el col- 
chón tuviese abrojos, Gastón volvía á 
rumiar la sorpresa de haber despabilado 
tan pronto la herencia de sus mayores. 

— I Si no es posible humanamente! — 
2 



IO EMILIA PARDO BAZAN 



calculaba.- — ¡ Si no me cabe en la cabeza I 
Vamos á ver; yo no soy un vicioso; no 
he jugado sino por entretenimiento; no 
he tenido de esos entusiasmos por muje- 
res pagadas, en que se consumen millones 
sin sentir. ¿Qué hice, en resumidas cuen- 
tas? Vivir con anchura; pasarme largas 
temporadas en el extranjero, sobre todo 
en el delicioso París; comer y fumar 
regaladamente; divertirme como joven 
que soy; pagar sin regatear buenos coche- 
ros y caballos de pura raza, cuentas de 
sastre y de tapicero, de joyero y de cami- 
sero, de hotel, de restaurant,.. Todo ello, 
aunque se cobre por las setenas, no absor- 
bería ni la tercera parte de mi caudal... oh, 
eso que no me lo nieguen. ¡Aunque me lo 
prediquen frailes descalzos! Me sucede lo 
que á la persona que ha dejado en un ca- 
jón una suma de dinero, no sabe cuánto, 
pero volviendo á abrir el cajón nota que 
hace menos bulto, y dice: « Gatuperio... » 

Aquí Gastón suspiró, abrazó la almo- 
hada buscando frescura para las mejillas, 
y pensó entrever, como filtrado por las 
cerradas maderas de las ventanas, un 
rayito de luz. 



EL TESORO DE GASTON II 



— El caso es que yo fui bien prudente. 
De imprevisor nadie podrá tacharme. 
¿A quién mejor había de confiar mis 
negocios, y la gestión y administración 
de mis bienes, que á don Jerónimo Ufía- 
sín? Un viejo tan experto, con tal fama 
de seriedad y honradez en los negocios; 
y además, de una condición encantadora; 
nunca le pedía yo con urgencia dinero, 
que á vuelta de correo no me lo girase 
sin objeción alguna... En lo que no tiene 
disculpa don Jerónimo, es en no haberme 
avisado de que mis gastos eran excesivos; 
de que á ese paso me quedaba como el 
gallo de Morón... 

Al hacer reflexión tan sensata, por pri- 
mera vez el incauto mozo sintió algo 
que podría llamarse la mordedura de la 
sospecha y el aguijón del reconcomio. 
Evocó el recuerdo de la cara de don 
Jerónimo y se le figuró advertir en ella 
rasgos del tipo hebreo, la nariz aguileña, 
de presa, la boca voraz, los ojos cautelo- 
sos y ávidos... Las palabras de su madre 
resonaron de nuevo en su corazón olvida- 
dizo : « No he fiado á nadie lo que pude 
hacer yo misma... » 



12 EMILIA PARDO BAZAN 



Al cabo se durmió. A las seis, obede- 
ciendo órdenes, Telma vino á despertarle 
de un sueño agitado, lleno de pesadillas; 
arreglóse á escape, y á las siete menos 




cuarto conferenciaba con don Jerónimo. 
Más de una hora duró la entrevista, de 
la cual salió Gastón con la sangre encen- 
dida de cólera y el espíritu impregna- 
do de amargura. La venda se había roto 
súbitamente y Gastón veía, — \á buena 
hora! — que aquel tunante de apodera- 



EL TESORO DE GASTON 13 



do general era el verdadero autor de su 
ruina. 

A preguntas, reconvenciones y quejas, 
sólo había respondido don Jerónimo con 
hipócrita y melosa sonrisilla, que provo- 
caba á chafarle de una puñada los morros. 

-^;Qué quería usted que hiciese? — 
silbaba el culebrón. — ¿Pues no estaba 
usted pidiendo fondos y fondos á cada 
instante? ¿Pues no era usted mayor de 
edad, dueño de sus acciones y sabedor 
de á cuánto ascendían sus rentas? Usted, 
desde París, libranza va y libranza viene, 
y Jerónimo Uñasín teniendo que dejarle 
á usted bien, y que buscar y desenterrar 
las cantidades aunque fuese en el profundo 
infierno... ¡Bien me agradece usted los 
apuros que he pasado, las sofoquinas, las 
vergüenzas, sí, señor! ¡que vergüenza y 
muy grande es, á mis años, andar solici- 
tando á prestamistas y aguantando feos' 
Todo lo he hecho, por ser usted hijo de 
los señores de Landrey, que tanto me 
apreciaban... Ahora conozco que me pasé 
de tonto, que debí cerrarme á la banda 
y contestarle á usted cuando me pedía 
monises: «otro talla, señor mío...» 



14 



EMILIA PARDO BAZAN 



— Pero usted bien veía que yo me 
quedaba pobre, — exclamaba Gastón con 
indignación apenas reprimida, — y debiera 
usted, como persona de más experiencia, 
aconsejarme, llamarme la atención, adver- 
tirme... Yo le di á usted poder ilimitado... 
Yo tenía depositada mi confianza en 
usted. 

— ¡Sí, sí, advertir! ¡Bonito recibi- 
miento me esperaba! Ya sé yo lo que 
son jóvenes contrariados en sus antojos... 
Y además, don Gastoncito, ¿quién me 
decía á mí que al echar así la casa por la 
ventana, no preparaba usted una gran 
boda? Hay en París señoritas de la colo- 
nia americana, que apalean el oro... ¡Es 
preciso respetar muchísimo, muchísimo 
la libertad de cada uno! y lamentaría 
toda mi vida que por mí fuese usted á per- 
der la colocación brillante que se merece... 

— Téngame Dios de su mano, — pensó 
Gastón al escuchar esta nueva insolen- 
cia, y conociendo que se le subía á la 
cabeza la ira, y las manos se le crispaban 
ansiosas de abofetear al judío. 

Al fin, con violento esfuerzo sobre sí 
mismo, revolviendo trabajosamente la len- 



EL TESORO DE GASTON 15 



gua en la boca seca y llena de hiél, pro- 
nunció : 

— Bien, cortemos discusiones, que á . 
nada conducen; al grano... ¿Me queda 
algo, lo preciso para comer? 

Vaciló un instante don Jerónimo, y 
afectó un golpe de tos, ruidosa y como 
asmática, antes de responder, fingiendo 
fatiga : 

— Mire usted, lo que es eso... hasta 
que... ¡bruum! hasta que... yo... reconoz- 
ca... y liquide... ¡bruum!... los créditos... 
y se proceda... á la venta de... de las 
fincas hipotecadas... es imposible decir si 
el... ¡bruum! pasivo... supera al activo... 
Acaso tengamos déficit... pero ¡bruum! 
ej... ej... no será muy grande... 

— ¿Es decir, — preguntó Gastón con 
temblor de labios , — que aún podrá suce- 
der que después de venderlo todo... deba 
dinero? 

— Ej, ej... calculo que una futesa... 

No quiso oir más Gastón. Tomando 
su sombrero, despidióse con una frase 
bronca, y abandonó el nido del ave de 
rapiña á quien tarde veía el pico y las 
garras. En el recibimiento, mientras reco- 



IÓ EMILIA PARDO BAZÁN 



gía sombrero y bastón, no pudo menos 
de fijarse, con penosa y estéril lucidez, en 
detalles que le sorprendieron : un soberbio 
mueble de antesala tallado, un rico tapiz 
antiguo, una alfombra nueva y densa como 
vellón de cordero, un retrato, escuela de 
Pantoja, una lámpara de muy buen gusto. 
Parecía la entrada de una casa señorial, 
y al acordarse de que antaño don Jeró- 
nimo se honraba con alfombra de corde- 
lillo y sillas de Vitoria, Gastón se trató á 
sí mismo de majadero, no sin reprimirse 
para no emprenderla á palos con los 
muebles y con el dueño en especial... 

Volvió á su morada á pie, devorando 
la pesadumbre, queriendo sobreponerse á 
ella, y sin conseguirlo. Telma, solícita, le 
había preparado una comida de sus platos 
predilectos; pero no estaba la Magdalena 
para tafetanes, ni Gastón para apreciar 
debidamente el mérito del puré de alca- 
chofas, los langostinos en pirámide y las 
costilletas de cordero delicadamente rebo- 
zadas en salsa bechamela. 

— Hija, es preciso que me vaya acos- 
tumbrando á las lentejas y al pan seco, 
— respondió con un humorístico alarde 



EL TESORO DE GASTON 17 



cuando la vieja criada, llevándose la fuen- 
te, preguntaba con inquietud, si era que 
ya «tenía perdida la mano.» 

Y la fiel servidora, antes de cruzar la 
puerta, clavó en su amo una mirada 
perruna é inteligente, una mirada que 
se condolía... 

Vestido el frac, después de comer, Gas- 
tón dedicó la noche á intentar ver á dos 
ó tres personas de quienes esperaba con- 
sejo y auxilio. A ninguna encontró en 
casa, y sería caso raro que lo contrario 
acaeciese en Madrid, donde la noche se 
consagra á círculos, teatros y sociedades. 
Rendido, harto de dar tumbos en el alqui- 
lón, se recogió á las doce y media. Una 
gran desolación, un pesimismo mortal le 
agobiaban , poniéndole á dos dedos de la 
desesperación furiosa. Sin duda que al 
siguiente día le sería fácil encontrar en 
casa, amables y sonrientes, á sus noctám- 
bulos amigos; pero ¿qué sacaría de ellos? 
A lo sumo... buenas palabras... ¡Ni Daroca, 
el bolsista; ni el flamante marqués de 
Casa-Planell, el riquísimo banquero; ni 
Díaz Carpió, el actual subsecretario de 
Hacienda; ni mucho menos el gomoso 
3 



l8 EMILIA PARDO BAZAN 



Carlitos Lanzafuerte, iban á abrir la bolsa 
y ponerla á disposición del tronado... 
(Tan feo nombre se daba á sí propio 
Gastón). 

Al dejar Telma sobre la mesa de noche 
la bebida usual, la copa 
de agua azucarada con 
gotas de cognac y li- 
món, mientras Gastón, 
inerte, yacía en la meri- 
diana, esperando á que 
se retirase la criada para 
empezar á desnudarse, 
ésta dijo no sin cierta 
timidez, el recelo de los 
criados que ven á sus 
amos muy tristes: 

— Señorito... anteayer 
mandó á preguntar por 
usted la señora Comendadora. ¿No sabe? 
Su tía, la del convento... Que si había 
vuelto ya de Francia... y que deseaba 
verle... Que cuando viniese, por Dios no 
dejase de ir, sin tardanza ninguna... 

— ¡Bien, bien! — contestó él impa- . 
ciente. 

Así que apagó la bujía y se tendió en 




EL TESORO DE GASTÓN 19 



la cama, la arcaica figura de la Comen- 
dadora se alzó en la oscuridad. Aban- 
donado de todos Gastón, un instinto le 
impulsaba á buscar arrimo y consuelo, á 
desear comunicarse con alguien que le 
compadeciese y le amase de veras. Y su 
tía abuela, la Comendadora, era la única 
parienta cercana que tenía en el mundo. 



3^ 



II 



ha Comendadora 



Como no le dejasen dormir sus melan- 
cólicos pensamientos, Gastón se levantó 
temprano, se vistió con diligencia, y su- 
biendo democráticamente al tranvía, se 
dejó llevar hasta muy cerca del convento 
de las Comendadoras, que se eleva som- 
brío, dominado por su vasta iglesia, en 
una calle de las más solitarias del anti- 
guo Madrid. Las Comendadoras no tienen 
reja. Mano á mano, á guisa de seglares 
damas — y bien nobles que lo son — reci- 
ben á sus visitas en un locutorio bajo, 
amplio, esterado, encalado, cuyas pare- 
des adornan cuadros religiosos anegados 



22 



EMILIA PARDO BAZAN 



en betún, y que amueblaban canapés de 
paja con respaldo de lira, y braseros cla- 
veteados — un salón de principios del 
siglo. — Paseando febrilmente esperó Gas- 
tón á su tía. La portera le había dicho 
que doña Catalina — así se llamaba la 
Comendadora — estaba en el coro, y que 
tardaría cosa de unos veinte minutos. 
«No traigo prisa, gracias,» contestó el 
mozo: pero, solo ya, medía el locutorio 
con rápidas pisadas. Desde que se había 
levantado y salido á la calle, batallaba 
cpn la idea de que todo lo de su ruina 
era un mal sueño. ¡Una casa tan vieja, 
tan sólida como la casa de Landrey, ve- 
nirse á tierra por artimañas de un usurero 
maldito 1 No; no podía ser que él, Gastón 
de Landrey, con sus propias manos acos- 
tumbradas á calzar guantes, con su propia 
cabeza hecha á las esencias y á los lava- 
torios del peluquero, tuviese que trabajar 
y discurrir como el resto de los mortales, 
á fin de ganarse el pan de cada día... La 
vida iba á continuar, rauda y disipada ; la 
única vida posible, la vida en el sentido 
parisiense del vocablo. 

Al pensar esto, una oleada de espe- 



EL TESORO DE GASTON 23 



ranza inundó á Gastón, esperanza venida 
no sabía de dónde, tal vez de la tranqui- 
lidad del locutorio, del aristocrático silen- 
cio del convento, donde debían de ser 
inmutables todas las cosas. 

Cuando se hallaba más engolfado en 
sus sueños, abrióse la puerta lateral, gruesa 
hoja de encina, y apareció en el hueco, 
inmóvil y muda, la Comendadora, la 
misma doña Catalina de Landrey y 
Castro, con las tocas negras, el blanco 
escapulario, y en el pecho la roja he- 
ráldica cruz. Adelantándose vivamente, 
Gastón corrió á abrazar á su tía, á soste- 
nerla, á traerla en vilo hasta la silla baja, 
situada cerca de la reja que daba á la 
calle, el sitio donde solían conversar otras 
veces; pero . la anciana murmuró supli- 
cante : 

— Al jardín... al jardín... allí hace sol... 
allí no tendremos fríol 

No sentía Gastón ni pizca de frío en el 
locutorio: entrado el mes de Mayo, la 
temperatura era suave y radiante la ma- 
ñana. No obstante, asintió sonriendo y 
quiso coger á la anciana por el talle. 

— No, voy delante, — exclamó ella. 



EMILIA PARDO BAZAN 



Lentamente, deslizándose como una 
sombra, precedió á Gastón por dos ó tres 
pasillos y antesalas, hasta llegar á una 
carcomida puerta cuyo picaporte alzó. Al 
pisar el umbral del jardín, Gastón se paró 
deslumbrado. 

No era el jardín muy grande: servía de 
patio al convento, y en su centro, por 
todo adorno, tenía un pozo con brocal, 
el humilde pozo de Castilla. Cuatro cuar- 
terones simétricos, recortados en forma 
circular á fin de dejar sitio al pozo y hol- 
gura para sacar agua, formaban el sencillo 
trazado del jardín monástico. Sólo que 
estos arriates, con exclusión absoluta de 
toda otra flor ó planta, estaban material- 
mente tapizados de pies de azucena flo- 
ridos. Era una espesura de azucenas. 
Y bajo la sábana de oro que el sol 
tendía generosamente, la nivea blancura 
de las flores, su apretada abundancia, su 
esbeltez, su elegante forma casta y mís- 
tica, halagaban los ojos y embriagaban 
dulcemente el corazón. Era un jardín 
mariano, cultivado únicamente por amor 
á la Virgen , para poder cubrir su altar de 
ramilletes simbólicos, en el gracioso culto 



EL TESORO DE GASTON 2¡ 



llamado de las flores de Mayo; ó más 
bien era otro altar que brotaba de la 
tierra seca y desnuda, por virtud del riego 




din daba todavía la sombra, y sobre un 
banco de ladrillo se sentó la Comenda- 
dora pausadamente, convidando á su sobri- 
no á que la imitase. La claridad que ba- 



4 



2 6 EMILIA PARDO BAZAN 



fiaba el jardín caía sobre el rostro de 
doña Catalina, patentizando la labor de 
los años; estrago no diremos, porque en 
medio de su carácter de vetustez, bajo el 
severo contorno de la toca, aquel rostro 
tenía aún líneas de belleza pasada, vesti- 
gios de algo que debió de ser escultural. 
Parecían las majestuosas facciones mode- 
ladas en esa cera amarillenta, resquebra- 
jada, de los cirios viejos y muy secos; la 
boca no era más que una línea pálida, 
dilatada por una sonrisa misteriosa; las 
cejas y las pestañas, encanecidas, som- 
breaban de un modo fatídico los ojos, 
donde persistía una vida extraordinaria, 
una especie de magnetismo. Los clavaba 
en Gastón con tal fuerza, con insistencia 
tal, que el mozo por un instante creyó á 
la Comendadora enterada de su ruina, y 
calculó para sí, algo impaciente: 

— Menudo sermón me espera. Aga- 
rrarse. 

Recordaba Gastón que, cuando de niño 
solía venir al convento, le daba mucha 
lástima su tía la Comendadora. ¡ Siempre 
metida entre aquellas cuatro paredes, 
siempre arrebujada en aquellos austeros 



EL TESORO DE GASTON 27 



paños I Después, ya hombre y capaz de 
entender, había sabido la historia de doña 
Catalina, y la lástima creció. Doña Cata- 
lina era hija de don Martín de Landrey, 
uno de los nobles que en la lucha entre 
españoles y franceses por la indepen- 
dencia, inficionados de volterianismo y 
de lo que llamaban entonces ideas nuevas, 
abrazaron el partido del invasor. Es de 
advertir que los Landrey descendían en 
línea recta de un caballero bretón venido 
con Beltrán Duguesclín ó Claquín á favo- 
recer á don Enrique de Trastamara, que 
casó con española, que no quiso volver 
á Bretaña cuando la vió incorporada á la 
corona francesa, y á quien el fratricida 
estimó y colmó de mercedes, otorgándole 
bienes y feudos en la tierra gallega, tan 
semejante á la vieja Armórica, señalada 
por su fidelidad á don Pedro, y en la cual 
le convenía al bastardo arraigar á sus par- 
tidarios. En cierto modo, don Martín de 
Landrey obedecía al atavismo cuando se 
afrancesaba; mas no lo creyeron así sus 
deudos ni menos doña Catalina, que era 
entonces una criatura, pero que se daba 
cuenta de todo. Débil y enfermiza ya, 



28 EMILIA PARDO BAZAN 



pudo tanto en ella el disgusto de ver á su 
padre, en quien adoraba, señalado con el 
dedo y despreciado y maltratado cuando 
por fin salió de España el intruso, que 
contrajo un raro padecimiento nervioso, 
convulsiones seguidas de profundos sín- 
copes. Su hermano, — el abuelo de Gas- 
tón, — ardiente patriota y español acé- 
rrimo, había reñido con don Martín por 
diferencia de opiniones, y vivía en Ma- 
drid, en casa de un tío suyo, el marqués 
de Lanzafuerte, algo favorito de Fer- 
nando VJI; y Catalina se encerró con su 
padre, en el desmantelado castillo de 
Landrey, por huir de la malevolencia y 
la antipatía que en Compostela, lo mismo 
que en la corte, despertaba el afran- 
cesado. 

"Vivieron allí padre é hija largos años 
en hosca soledad, ella siempre enferma, 
él también achacoso, y cada día más mi- 
santrópico y saturado de hiél, y cuando 
vino la última hora de don Martín, la hija 
sufrió el horrible dolor de ver morir al 
padre como un réprobo, rechazando con 
mil pretextos toda clase de auxüiós espi- 
rituales, y ya, por último, amenazando con 



EL TESORO DE GASTON 2C) 



coger las pistolas que tenía á la cabecera 
¡y hacer un ejemplo si un cura pasaba el 
umbral 1— Así que hubo cerrado los ojos 
al infeliz, doña Catalina, en vez de caer 
al suelo presa de uno de sus accesos acos- 
tumbrados, se mostró 
casi impasible; veló 
el cadáver, atendió al 
entierro, encargó mi- 
sas, muchas misas, y 
se estuvo cerca de un 
mes encerrada en las 
habitaciones del di- 
funto, registrando có- 
modas y armarios, 
poniendo en orden 
documentos y pape- 
les. Una noche, los la- 
briegos y pescadores 
de la costa donde se asienta el castillo de 
Landrey, vieron con sorpresa un gran res- 
plandor rojo, y si al pronto creyeron que 
había incendio, no tardaron en compren- 
der que era una descomunal hoguera en- 
cendida en mitad del patio de honor. 
Delante de la hoguera estaba doña Cata- 
lina de pie, mandando la maniobra, y dos 




30 EMILIA PARDO BAZAN 



criados traían en cestos libros y manus- 
critos, despedazaban los volúmenes y los 
arrojaban á la hoguera, atizando y ceban- 
do su llama con provisión de lefia y ra- 
maje seco, para que devorase pronto 
aquel fárrago. — Gastón había oído refe- 
rir á su madre que allí se abrasaron las 
obras de bastantes franchutes de la cás- 
cara amarga, y muchos papelotes que pro- 
baban las íntimas conexiones de don 
Martín de Landrey con la masonería es- 
pañola, su afiliación á la secta y el alto 
grado que en ella poseía,.. La que- 
mazón duró hasta el amanecer, y sólo al 
blanquear la luz del alba las almenas 
de las torres se retiró doña Catalina len- 
tamente, después de cerciorarse, remo- 
viendo con un palo la ya moribunda 
hoguera, de que allí sólo quedaban ceni- 
zas. Pocos días después de este suceso, 
doña Catalina, dejándolo todo bien arre- 
glado y habiendo repartido entre los 
pobres labriegos cuantiosas limosnas y 
perdonado, por cuenta de su legítima, 
deudas y atrasos de pagos de rentas, salió 
hacia Madrid, donde la reclamaba su her- 
mano don Felipe de Landrey. Llevaba 



EL TESORO DE GASTÓN 31 



en su compañía doña Catalina á una niña 
de unos tres años de edad, huérfana de 
madre, hija del mayordomo, que no era 
sino Telma, la actual sirviente de Gas- 
tón. 

En Madrid quisieron divertir y festejar 
á Catalina; además de su hermano tenía 
dilatada parentela de primos y primas, 
porque una hermana de su bisabuelo se 
había casado con el duque de Ambas 
Castillas, y otra con el de Lanzafuerte, 
dejando ambos numerosa y masculina 
prole, que se enlazó luego á otras familias 
de muy alta alcurnia. Catalina alegó el 
riguroso luto para no concurrir á distrac- 
ciones ni á saraos, y el día en que se 
cumplió un año justo de la muerte de 
su padre, anunció el decidido propósito 
de entrar en las Comendadoras. Era libre 
y dueña de sus acciones, y nadie podía 
oponerse á su deseo, con tal resolución 
manifestado. No obstante, don Felipe se 
opuso, y alegó el peligro de la salud; 
con aquel terrible mal nervioso, aquellos 
desvanecimientos y accesos convulsivos 
¿era prudente, era ni siquiera cristiano 
encerrarse en un convento? Doña Cata- 



32 EMILIA PARDO BAZAN 



lina respondió que la Iglesia había arre- 
glado las cosas tan bien, que existían con- 
ventos para todos los estados de salud; 
que las Comendadoras no hacían vida 
penitente, sino recoleta y regular, y que 
ella estaba segura de resistir bien la 
prueba. Y en efecto, no sólo la resistió, 
sino que dentro del convento su orga- 
nismo débil y quebrantado se templó 
hasta adquirir el vigor del acero; el equi- 
librio se estableció, la paz reinó en su 
antes combatido espíritu, y poco á poco 
la cara triste y los nublados ojos de doña 
Catalina se convirtieron en la hermosa 
faz y las serenas pupilas de la que todos 
dieron en nombrar la monja guapa. 

— Desde que tu tía Catalina pronunció 
los votos, revivió, — decíale á Gastón su 
madre. — La pobre se conoce que había 
ofrecido este sacrificio por los pecados de 
don Martín. Ella cumplió lo que tenía el 
deber de cumplir, y nada aprovecha tanto 
al alma y al cuerpo. 

A pesar de la afirmación de su madre, 
Gastón recordaba que no había cesado 
de compadecer á su tía Catalina, de con- 
siderarla una víctima inmolada á preocu- 



EL TESORO DE GASTÓN 33 



paciones, una vida tronchada en flor, una 
especie de fantasma sentenciado á des- 
aparecer del mundo. Para él, entregado 
al desorden y tropelías de la voluntad, la 
regla en el vivir constituía una esclavi- 
tud, y cualquier valla cruel tiranía. ¡No 
hay más, doña Catalina le daba lástimal 
¿Y por qué en aquel instante, á aquella 
hora virginal de la pura y radiante maña- 
nita, en aquel jardín monástico todo paz, 
donde sólo se escuchaba el vuelo de 
algún abejorro, donde las azucenas abrían 
tímidamente sus cálices de raso blanco 
y vertían en silencio su pomo fragante, 
Gastón, en vez de compadecer á doña 
Catalina, advertía que la envidiaba? Sí, 
no lo podía dudar; envidiaba á la Comen- 
dadora, como envidia el marinero, desde 
su esquife que las olas hacen crujir y van 
á tragarse pronto, al pobre ermitaño que 
bebe de la apacible fuente antes de la 
oración... Era hermoso haber vivido sin 
tacha; haber realizado lo que creemos 
bueno y justo; haber dado testimonio de 
su fe ante los hombres, y haber llegado 
casi á los noventa años con aquella son- 
risa misteriosa, no la de la esfinge, sino 



34 EMILIA PARDO BAZÁN 



la de la santa que ya entrevé la bienaven- 
turanza celeste... 

— Aquí estaremos mejor, — pronunció 
con cascada voz la Comendadora, inte- 
rrumpiendo los calendarios de su so- 
brino. — Importa muchísimo que no nos 
oiga nadie... ] nadie!... A estas horas no 
aparecen monjas por aquí... Lo que te voy 
á decir es sólo para tí... ¿me entiendes? 
Para tí... tú eres el único nieto varón 
de mi hermano Felipe... y ya no queda 
en este mundo más personas que tú y 
yo llevando directamente el apellido de 
Landrey... 

Gastón se estremeció. Acababa de pre- 
sentir que no iba á escuchar de labios de 
su tía el obligado sermón al sobrino ma- 
nirroto. Conocía el culto de doña Cata- 
lina por el apellido de la familia, única 
debilidad mundana que siempre se notó 
en la ejemplar reclusa, que no había ce- 
sado ni un día de enterarse de los naci- 
mientos, bodas, muertes, malandanzas y 
bienandanzas de sus sobrinos. La Comen- 
dadora no era verosímil que conociese 
el estado de la hacienda de Gastón, y por 
consiguiente, lo que iba á dejar salir de 



EL TESORO DE GASTON 



su hundida boca de sibila agorera, la 
revelación anunciada, sólo podía refe- 
rirse al pasado, á ese ayer de todas las 
familias, más romántico en las nobles, en 
quienes se enlaza estrechamente con la 
historia. 



III 



ha revelación 



— ¡Qué miedo he pasado de morirme 
antes que tú volvieses de ese París ! — 
exclamó la anciana subrayando con tedio 
el nombre de la capital francesa. — ¡Lo 
que he rezado á santa Rita para que me 
conservase la vida unos días más 1 

— jPero, tía, si está usted para vivir 
cien años ! — afirmó Gastón chancera- 
mente. 

Doña Catalina clavó en el rostro de su 
sobrino los negrísimos ojos, lo único que 
sobrevivía en su semblante momificado, 
con extraordinaria expresión, sobrehuma- 
na casi. 



38 



EMILIA PARDO BAZAN 



— A la lámpara se le acaba el aceite, — 
dijo en voz sorda, — pero la misericordia 
divina no ha permitido que la muerte me 
sorprenda. Sé de cierto que se acerca la 
hora... 

— Vamos, tiita, aprensiones... Me ha de 
enterrar usted á mí y pedir para que me 
admitan en la gloria, — insistió el sobrino. 

— No lo digas á nadie, hijo mío, — pro- 
siguió la reclusa sin atenderle. — Sólo á 
tí y al confesor lo descubriré!... ¡Como te 
estoy viendo... he visto., he visto á don 
Martín de Landrey, tu bisabuelo... mi 
padre ! 

Estremecióse Gastón. En aquel jardín 
embalsamado, entre los vitales efluvios 
que derramaba el sol ascendiendo á su 
zenit, sintió pasar el soplo frío del más 
allá, un hálito del otro mundo. 

— ¡Si vieses qué mal color tenía! — 
continuó doña Catalina tiritando como si 
las frescas azucenas de Mayo fuesen copos 
de nieve. — Lo mismo que cuando lo 
deposité en la caja... ¡Y una cara de 
sufrir!... ¡Virgen Santísima, Madre de los 
afligidos, perdón para él... y para todos 
los pecadores! 



EL TESORO DE GASTON 



39 



La cabeza agobiada de la Comendado- 
ra cayó sobre el pecho, y Gastón, cariño- 
samente, sólo acertó á murmurar: 

— Tía... ¿no habrá sido... una figura- 
ción de usted? .. Hay así... momentos en 
que desvariamos!... 

— ¡No! Era él en persona... ¡Podría yo 
desconocerle! ¡Podría confundir con cual- 
quier ruido su voz, que me dijo... en un 
tono tan triste... como si las palabras 
saliesen de la pared... «¡Catalina... te 
espero... hasta luego, Catalina!...» 

Hizo una pausa, y Gastón vió humede- 
cerse ligeramente las áridas pupilas de 
la dama, que movía los labios, rezando 
para sí, sin articular. Gastón, quebrantado 
aún del viaje y de las penosas impresio- 
nes recientes, notaba un vértigo que atri- 
buía al olor subido de las flores, más 
aromosas cuanto más calentaba el sol. 
No quería Gastón reconocer que, á pesar 
suyo, le impresionaban las palabras de la 
Comendadora. 

De pronto doña Catalina se enderezó, 
ya tranquila y al parecer olvidada de sus 
temores. 

— Natural es morir, hijo mío, — declaró 



40 



EMILIA PARDO BAZAN 



serenamente. — Otros eran jóvenes y se 
han ido primero. Eso sí que asusta. Ya no 
hay más Landrey que tú. Á mí la tierra 
me llama, después de ochenta y ocho años 
y cinco meses que estoy en el mundo. 
Tú ahora empiezas la jornada... |Cómo 
te pareces á tu abuelo, al pobre Felipe!... 
¡Qué bien has hecho en venir aprisa!... 

— En cuanto me avisó Telma. Ayer 
mismo llegué á Madrid... Ya ve usted, ni 
veinticuatro horas... 

Algo que remedaba una sonrisa y era 
más bien fúnebre mueca, animó el sem- 
blante amojamado de la Comendadora, 

— Acércate más, hijo del alma... Ya 
apenas tengo voz; no puedo esforzarme... 
Si me paro, no te asustes... Me falta 
resuello... Soy muy viejecita... Además, 
tengo frío... Mira, mira... Helada estoy. 

La diestra glacial de la Comendadora 
cayó sobre la de Gastón, que sintió im- 
pulsos de retirarla, pero se contuvo. Pare- 
cíale advertir el contacto de un cadáver: 
tal estaba de inerte y seca á la vez aque- 
lla mano que había debido de ser bella y 
que conservaba aún las proporciones y el 
delicado dibujo de una mano patricia. 



EL TESORO DE GASTON 41 



— ¿Eres buen cristiano? — preguntó de 
improviso doña Catalina. 

— Bueno no sé; cristiano sí, — respon- 
dió no sin extrafieza Gastón. 

— Es que si eres... de esos... que sólo 
creen en la mate- 
ria... entonces... 

aunque te llames 
Landrey... yo... 
no tengo nada que 
decirte!...— ¿Crees 
firmemente en 
Dios, que nos per- 
dona... que nos 
ha redimido?... 
¿Crees, ó no crees? 
No mientas... Un 
Landrey no mien- 
te... sería mucha 

vergüenza! ¡Sería propio de un villano! 

— Creo en Dios, — murmuró Gastón 
sonriendo del á su parecer pueril interro- 
gatorio. 

— ¿Y en la Virgen? 

— Y en la Virgen, — afirmó el mozo 
con calor involuntario, más conmovido 
ya de lo que aparentaba. 




4¿ 



EMILIA PARDO BAZAN 



Doña Catalina cruzó las manos como 
transportada de gozo. Después, sin transi- 
ción, exclamó, fijando en Gastón sus vivi- 
dos ojos: 

— ¿Has estado alguna vez en nuestro 
castillo de Landrey, cerca de la Puebla 
de Beirana? 

— Nunca, querida tía, — declaró Gastón 
desorientado y algo confuso. — Y eso que 
siempre me daba curiosidad. Debe de ser 
una antigualla preciosa... es decir, con 
carácter... de eso precisamente, de anti- 
gualla. Pero ya sabe usted lo que sucede: 
se forman planes, se fantasea el viaje... y 
hoy por esto y mañana por aquello... se 
queda todo en proyecto, y corren días, y 
meses, y años... Nada, que no he visto 
Landrey. 

— Malhecho... ¡Lo mismo hicieron tu 
padre y tu abuelito... yo no se lo aprobél 
[Aquel es nuestro solar, el sitio en que se 
respeta nuestro nombre, el sitio en que 
éramos como reyes! ¡Los señores de Lan- 
drey 1 ¡ Eso era decir algo ! El que fundó 
el castillo y los señoríos, — por cierto que 
se llamaba como tú, Gastón de Landrey, 
— fué de los que vinieron á ayudar á 



EL TESORO DE GASTÓN 43 



don Enrique. . Me lo contó mil veces mi 
padre, que eso sí, era estudiosísimo... El 
estudio es cosa buena cuando no nos 
aparta de Dios!... ¿Por qué decía yo esto?... 
¡ Ah! Sí, sí .. Aquel Landrey ó Landroi era 
ya un caballero muy noble... sus abuelos 
habían estado en las Cruzadas, con San 
Luis... El caso es ser grande en el cielo... 
pero en fin, los que desde hace siglos... 

Detúvose la Comendadora, fatigada sin 
duda, y Gastón, que callaba por respeto, 
empezó á creer que estaba perdiendo el 
tiempo lastimosamente. 

— La pobrecilla ya chochea... — pensó, 
— y se le va el santo al cielo... Incohe- 
rencias, alucinación... ¡Cerca de noventa 
años y el claustro!... Querrá que restaure 
á Landrey y junte allí mesnadas y alce 
pendón y caldera... ¡Y cómo revela el 
orgullo nobiliario, su flaco, en pugna con 
la humildad cristianal ¡Si supiese que el 
último Landrey va á carecer de lo más 
preciso ! 

— Mi hermano, — continuó la Comen- 
dadora, — pudo titular, y prefirió ser Lan- 
drey á secas... Hay condes y duques nue- 
vos, pero los Landrey son todos viejos... 



44 



EMILIA PARDO BAZAN 



]Ah! Ya recuerdo, ya sé... Hablábamos 
del castillo. Digo, no ; hablábamos de tu 
bisabuelo, de mi padre... que Dios le haya 
perdonado! — y el acento de doña Cata- 
lina se quebró en un sollozo. — ¡El pobre!... 
esto pasó la noche antes de morir... por- 
que murió en Landrey, en el cuarto de la 
parra, que tiene pintada una, al temple... 
Pues me llamó... así, en voz alta... «¡Cata- 
lina!» «Aquí estoy.» «¿Me oyes bien?» 
«Sí, señor, diga lo que quiera.» «Acérca- 
te, san tita...» (me llamaba santita por 
cariño y por chiste). «Así que yo fallezca, 
registrarás mis papeles... y quemarás lo 
que deba quemarse...» «No tenga mie- 
do...» «¡Pero cuidado... En el mueble de 
concha,, unas cartas... las quemas sin 
leerlas!» «Lo que usted mande, señor...» 
«Hay también en el mismo mueble... 
¡atiende! una caja de plata, de resorte... 
y dentro dos papeles doblados y enrolla- 
dos... de mi letra... Esos sí que los lees... 
y los guardas... y te guías por ellos para 
encontrar el tesoro !... » 

— ¡El tesoro!... — repitió Gastón fasci- 
nado por la palabra mágica que su tía 
acababa de pronunciar. 



ÉL TESORO DÉ GASTON 45 



— Así dijo: «el tesoro...» Y me acuer- 
do bien, que me cogió la mano y me la 
apretó mucho, mucho, y añadió... verás! 
«Es para tí sola... es tu dote... Te prohibo 
que le dés nada á Felipe... ni un mara- 
vedí! Á Felipe no... Es mi enemigo: me 
ha tratado como á un perro... sé que me 
ha llamado traidor... Me cree renegado, 
apestado y maldito... Tú aquí, encerrada 
en estas paredes conmigo en lo mejor de 
tu edad... A cada cual su recompensa... 
Felipe, el mayorazgo, se lo lleva casi 
todo... Tú tienes una legítima corta... 
¡Más rica tú que él! ¡Para tí el te- 
soro !...» 

Guardó silencio otra vez la Comenda- 
dora, exhausta por el esfuerzo, pero sus 
ojos centelleaban. Gastón no sabía lo que 
le pasaba: el olor de las azucenas le atra- 
vesaba como un clavo las sienes, y su 
corazón latía de esperanza: en aquel mo- 
mento daba por cuerda y muy cuerda á 
la monja. Ésta, con dolorido acento, 
articuló despacito: 

— Al otro día murió... 

— ¿Y la caja? — exclamó aturdidamen- 
te el mozo. 



4 6 



émilia í>ardo bazáñ 



— |Ah!... La caja... Es verdad, hijo, es 
verdad... No, no creas que la perdí... Allí 
estaba como él dijo, en el mueble de 
concha... junto á las cartas... que olían á 
esencias... y las quemé... ¡Qué bien ardie- 
ron! ¡Como yesca! 

— Pero... la cajita... con sus misterio- 
sos papeles dentro... 

— La recogí... ¡No faltaba más I... Aquí 
la tengo... Espera... espera. 

Y con un movimiento que parecería 
cómico á quien no fuese capaz de estimar 
lo que representaba de dignidad y de 
pudor y de vida inmaculada, la Comen- 
dadora se volvió hacia la pared, se alzó 
el escapulario y se registró el seno con 
una mano que la vejez hacía insegura... 
Gastón, ansioso, disimulaba la impacien- 
cia y la curiosidad. Vuelta de cara ya la 
señora, presentó á su sobrino un objeto 
oblongo, una cajita de plata algo mayor 
que una tabaquera y finamente cincelada 
al estilo de Luis XV; cazadores con tri- 
cornio y damiselas con peinado de erizón 
acosaban á un ciervo entre el follaje de 
un bosquecillo. Gastón tendió la mano 
vivamente, pero doña Catalina le contuvo 



EL TESORO DE GASTON 47 



sonriendo con alarde de malicia casi in- 
fantil. 

— El resorte... Sino ni tú ni diez como 
tú la abrís... 

Y apoyando de cierta manera la uña 



del seco pulgar en la charnela de la caja, 
alzóse lentamente la tapa, y Gastón pudo 
ver en el dorado fondo, enrollado, un 
papel amarillento. La monja casi reía, 
gozosa y triunfante. 

— ¿Eh? Ya lo ves, ahí lo tienes... Se- 
senta y pico de años hace que lo conser- 
vo... Ni un solo día se ha separado de mí... 




4 8 



EMILIA PARDO BAZAN 



— Pero, tía, — observó enajenado Gas- 
tón, que sin poder contenerse se entrega- 
ba á férvidas ilusiones, — si poseía usted 
esto, ¿por qué no buscó el tesoro? ¿O es 
que ya lo ha buscado usted? No entiendo... 

— No, no, yo no lo he buscado... Dios 
no quiso que lo buscase... Por cosas que... 
que yo me sé... desde que me faltó mi 
padre... ofrecí ser monja... y para eso no 
necesitaba grandes riquezas! Mi padre 
había prohibido que el tesoro fuese de 
Felipe... Pude dárselo á los pobres... sino 
que... no sé si Dios me castigará por esto... 
la verdad, tengo un delirio por el nombre 
de la familia... es falta de humildad, lo 
conozco... ¡Quería que ese tesoro se lo 
llevase un Landrey!... 

Y volviendo á apoderarse de la mano 
convulsa de Gastón, añadió bajo, casi al 
oído del mozo : 

— Tú puedes hacer que Dios me per- 
done esta debilidad... Eres cristiano, hijo 
mío... Usa del tesoro, no como pagano, 
sino como cristiano... Las riquezas son un 
depósito. . No abuses, no derroches, re- 
parte con los infelices... y acuérdate tam- 
bién del alma... de la tuya... de la mía... 



EL TESORO DE GASTON 4Q 



y sobre todo de la de mi pobre padre!... 
Esto último no te lo encargo, que te lo 
mando... ¿lo oyes? Te lo mando con un 
pie en la sepultura... 

— Prometo á usted hacer lo que desea, 
— declaró Gastón subyugado, lleno de fe 
en el tesoro. 

Y tomando la cajita, apresuróse á des- 
enrollar el papel que contenía, con ansia 
de leerlo. Antes de que lo hiciese, recordó 
de súbito y exclamó : 

— Mire usted, tía, que usted habló de 
dos papeles... y aquí hay uno, uno no 
más. 

Indescriptible expresión de pena cavi- 
losa oscureció el mirar de doña Catalina. 
Su cabeza tuvo un temblequeteo senil y 
sus manos se enclavijaron, como si pidie- 
se misericordia. 

— ¡Yo, yo destruí el otro! — gimió des- 
consolada. 

— ¿Usted? ¿Por qué?... ¿Lo destruyó 
usted á propósito? ¿Qué era? 

— Era el que más valía... ¡Era el plano!... 

— ¡ El plano ! — repitió Gastón. — ¿Un 
plano del castillo, sin duda? 

— Del castillo y de sus alrededores... 
7 



EMILIA PARDO BAZAN 



Con tinta azul, y señalcitas de puntos 
encarnados... Hecho por él mismo... ]Si 
tenía una cabeza, un saber de todo ! 

— ¿Pero y cómo destruyó usted ese do- 
cumento... cómo fué?... 

— Porque... ¡Verás!... Yo, en el mundo, 
padecía síncopes... y unas congojas... así 
como convulsiones... Cuando me encerré 
sola á quemar aquellas cartas... ¡las de las 
esencias I mientras ardían, abrí la caja 
esta de plata... saqué los papeles... los 
estuve mirando... Y cátate que de impro- 
viso me da el ataque... no quiero llamar, 
porque las cartas no las debía ver nadie... 
lo pasé allí, sin auxilio... caigo junto al 
fuego... el plano enrollado rueda á la chi- 
menea... y gracias á Nuestra Señora, que 
no ardí yo... pero se me tostaron las sue- 
las de los zapatos! Milagrosamente me 
salvé. 

— Y el otro papel... no el plano... ¿A 
ver qué dice? — exclamó Gastón sin acer- 
tar á reprimir su impaciencia. 

Y desenrollando el papelito, vió que 
sólo contenía escritas en muy clara letra, 
estos renglones : 

«Hallarás lo que buscares, si guiado 



EL TESORO DE GASTÓN 51 



por el Norte sigues el camino de los anti- 
guos en peligro de muerte. Las piedras 
viejas son las más preciosas, y el que se 
humille se ensalzará.» 

— ¿No sabe usted qué significa esto?... 




— interrogó el mozo, que encontró el 
texto, más que oscuro, negro como boca 
de lobo. 

— No, hijo mío... Con el plano, de 
seguro se entendía... Yo no hice nada, y 
ahora mi cabeza... Ya ves... ¡Los años!... 
Pero en Landrey lo entenderás perfecta- 
mente, tú que eres muchacho y listo... 



52 EMILIA PARDO BAZÁN 



Guarda esa cajita ¡guárdala! y véte, que 
es cerca de mediodía, se acaba la hora de 
locutorio, y vendrán á llamarme... Y si 
cumples lo que me ofreciste... ]Dios te 
bendiga I... 

Doña Catalina alargó sus brazos flacos 
y cogió la bonita cabeza pelicastafia de 
Gastón, pegando el rostro á la blanca 
frente juvenil del último de su linaje. 
Un hielo mortal serpenteó por las venas 
del mozo ; pensó que acababa de besarle 
un fantasma sin labios. 



IV 



Gusanillo 



Salió Gastón del convento fluctuando 
entre la convicción y el escepticismo. 
Su convicción era involuntaria; pero su 
incredulidad, sostenida por el amor propio 
cifrado en no caer de i?iocente } no se fun- 
daba únicamente en lo enigmático del 
texto del papel y en la destrucción del 
plano, sino en lo inverosímil de que 
existiese nada menos que un tesoro, sote- 
rrado de un modo tan novelesco, en un 
sitio tan romántico y llegando tan á punto 
para salvar de la ruina á la casa de Lan- 
drey. ¡Vamos, si tenía que ser á la fuerza 
una paparrucha, una quimera nacida en 
el pobre meollo de una monja alelada! 



54 



EMILIA PARDO BAZAN 



A pesar de la caja, que apretaba contra 
su pecho, — y que instintivamente en el 
tranvía cubrió con ambas manos, por 
defenderla de algún rata, — Gastón temía 
ser ridículo ante sí propio, si prestaba fe 
absoluta á la historia. Lo que más influye 
en que nos parezcan irreales los sucesos, 
es la comparación con un medio en el 
cual esos sucesos no encajan. Venía Gas- 
tón de París, saturado de aquel ambiente 
positivo y prosaico, sin más aspiración 
que el goce material del momento pre- 
sente, y la Comendadora, siempre con la 
vista fija en lo pasado y en lo porvenir, 
tomando la tierra como tránsito, exis- 
tiendo únicamente para expiar las culpas 
de su padre y para evocar las memorias 
de su raza, era como figura de cuadro ó 
de tapiz, algo artístico, singular é inte- 
resante sin duda, pero tan fuera de la 
realidad como los santos de piedra de 
los viejos pórticos... 

— La chifladura se pega, — cavilaba el 
mozo, — y si estoy con la buena señora 
una horita más, ¡nada! que me creo lo 
del tesoro á pies juntillas. 

Sin embargo, Gastón notaba cierta 



EL TESORO DE GASTON 55 



calentura, esa fiebre ligera que acom- 
paña á los accesos de esperanza violenta 
y repentina. Pasó el día vagando por 
Madrid, sin decidirse á ver á nadie, y se 
acostó temprano, como hombre que tiene 
mucho que conferir consigo mismo. Dur- 
mióse pronto pesadamente, y soñó cosas 
raras; vióse descendiendo á un negro 
subterráneo por torcida escalera de cara- 
col; delante de él, guiándole, iba un 
espectro con hábito monástico, que lleva- 
ba en sus manos descarnadas — manos de 
esqueleto — una linterna, la consabida 
linterna sorda de las novelas y de los 
dramas espeluznantes. El espectro, al 
deslizarse por los peldaños de la húmeda 
y resbaladiza escalera, producía un me- 
droso ruido de choque de huesos, y los 
pliegues del hábito, al pegarse al cuerpo, 
diseñaban planos sin carne y palillos 
mondos y lirondos. La luz de la linterna, 
al caer sobre la pared, dejaba ver fun- 
gosas vegetaciones, é inmundos insectos, 
asustados, correteaban en busca de los 
rincones oscuros. Bajaban y bajaban, sin 
encontrar nunca el término de aquella 
escalera horrible, que sin duda se perdía 



56 EMILIA PARDO BAZAN 



en las entrañas del planeta, buscando su 
centro. Gastón anhelaba de cansancio, 
pero el espectro seguía bajando cada vez 
más aprisa, y era preciso ir tras él hasta 
el mismísimo averno. Allá abajo, en la 
sombría profundidad última, Gastón divi- 
saba un punto rojo, y á medida que 
descendían, el punto se agrandaba, cun- 
día, acabando por ser la boca de un 
horno gigantesco, en que ardía — ¡ temero- 
so espectáculo ! — un monigote con chupa 
y casaca, un pelele de principios del siglo, 
retorciéndose entre las llamas sin con- 
sumirse... Y el espectro, de pie ante el 
horno, sollozaba: 

— ¡ Agua bendita ! [Agua bendita! ¡Trae 
agua bendita, Gastón!... 

En este punto del sueño despertó el 
mozo. Notaba una sed devoradora, y 
tendió la mano, cogiendo la copa sobre 
la mesa de noche. Cuando bebía con 
ansia, la puerta se abrió, penetró Telma 
lo mismo que un rehilete, abrió atrope- 
lladamente las ventanas por donde entró 
la luz del día y se plantó delante de la 
cama, exclamando en voz que entrecor- 
taba el llanto : 



EL TESORO DE GASTON 57 



— Señorito... Señorito... La señora Co- 
mendadora... 

— ¿Qué... qué ocurre? 

— jAy, señorito!... ¡Acaban de traer 
el recado! Esta noche... 

— Ha muerto, ¿verdad? — preguntó el 
mozo que recibía la noticia en aquel ins- 
tante, sin la menor sorpresa, como si se 
tratase de un hecho previsto. 

— Sí, señor... ¡Ay, Jesús! ¡Señorita 
querida mía, que era como mi madre! 
¡Santa de mi alma! — exclamó Telma, 
derramando lágrimas abundantes. 

— Voy ahora mismo al convento... — 
declaró Gastón, mientras salía la criada, 
sofocada de pena. 

Y en efecto, ni una hora tardó el sobri- 
no de doña Catalina en pisar nuevamente 
el locutorio del convento: sólo que de 
esta vez le recibió la abadesa, dama 
cincuentona, gruesa, afable y de porte 
señoril, con ribetes mundanos, porque 
antes de vestir el noble hábito, doña 
Francisca de Borja Mascareñas y Que- 
vedo había frecuentado más los salones 
que las iglesias, y de su conversión se 

habló bastante, atribuyéndola á rudos 
8 



5* 



EMILIA PARDO BAZAN 



desengaños, ó como decía ella en su 
gracioso y expresivo lenguaje, á bofetones 
en el alma. Lo que refirió la abadesa á 
Gastón fué lo que era de suponer sobre 




el caso, ni impensado ni sorprendente, 
del fallecimiento de una monja tan an- 
ciana: 

— Muy viejecita, muy viejecita era la 
pobre... Ya nos temíamos lo que ocurrió, 
y cada noche que se recogía, decíamos: 



EL TESORO DE GASTÓN 59 



— ¿Se levantará la madre Catalina? — Así 
es que dormía á su lado una lega, por 
precaución, y gracias á tal medida no 
careció de auxilios en sus últimos momen- 
tos. Pudo recibir, — y no fué pequeño 
consuelo para ella y para todas nosotras, 
— el Viático y la Extrema. ¡ Alabado sea 
el Señor! Murió con una paz... Estaba 
contentísima de haberle visto á usted... 
Eso me lo decía ayer tarde. ¿Y sabe usted 
que desde hace unos quince días andaba 
con la tema de que se acercaba su últi- 
mo instante? Era un presentimiento, sin 
duda... 

— ¿Pero de qué murió? — preguntó 
Gastón afanoso. — ¡Porque estaba tan 
bien, ayer, tan locuaz, tan entera! 

— ¡A esa edadl De muerte natural... 
¡ de acabársele la cuerda al reloj ! Nada, 
un ataquillo de asma, que para una perso- 
na joven sería cuestión de toser y carras- 
pear un poco... Pero ella no tenía fuerzas 
para mondar la garganta, y la menor cosa 
¡psél juna flemital basta para ahogar á 
un anciano... No somos nada... juna mi- 
serial Al volver la cabeza así... se acaba 
todo, alegría, ilusiones, proyectos, gustos 



6o ÉMILÍA PARDO BA2ÁN 



y disgustos... Asustaría si lo pensásemos 
bien. 

— ¿No puedo verla? — preguntó Gas- 
tón, que sentía el pecho oprimido y el 
corazón en un puño. 

— Está de cuerpo presente, en su cama, 
y las celdas son clausura... No, no es posi- 
ble... ¡Y es lástima, porque si viese usted 
qué natural se ha quedado I Hasta parece 
joven... El funeral se cantará ahora, den- 
tro de poco, en la iglesia, y bajarán el 
ataúd ya cerrado: y esta tarde se dará 
sepultura al cadáver. ¿Desearía usted con- 
servar algún recuerdo de su tía? Puedo 
darle á usted el rosario que usaba, con las 
medallitas... 

— Mil gracias, señora, — -contestó Gas- 
tón inclinándose. — Poseo un recuerdo de 
la tía Catalina, que ella misma, en previ- 
sión de la desgracia, me entregó ayer. 

Y como la abadesa le mirase con cierta 
curiosidad, Gastón añadió sencillamente: 

— Una tabaquerita de plata... Pero si 
ustedes creen que no tengo derecho á 
conservarla, estoy pronto á devolverla. 

— ¡ Santo Dios ! — dijo cortesmente la 
abadesa. — Hizo divinamente; que usted 



EL TÉSOUO DÉ GASTÓN" 6í 



la disfrute mil añbs. Le quería á usted 
mucho, y bien puede usted rogar por ella, 
aunque creo piadosamente que es ella la 
que debe interceder por nosotros. 

— ¡ Ojalá que de aquí á un año les 
regale yo á ustedes en compensación de 
la tabaquera, una Santa Catalina de plata 
maciza I — añadió Gastón. — Si algo la ocu- 
rre á usted que mandarme... Esta tarde 
misma necesito salir para una finca que 
tengo allá en Galicia, en la Puebla de 
Beirana... á no ser que necesiten ustedes 
ordenarme cualquier cosa relativa al en- 
tierro de la tía, que entonces... 

— Que Santa Catalina le dé á usted 
feliz viaje, — contestó la abadesa sonrien- 
do, mientras el mozo besaba respetuosa- 
mente la manga de su hábito. 

Al salir del locutorio Gastón entró en 
la iglesia. Empezaban los preparativos del 
funeral y se alzaba en el centro el túmulo, 
vestido de paños negros orlados de galo- 
nes de oro apagado y mustio. El mona- 
guillo arreglaba las hachas en los grandes 
hacheros. A poco bajaron la caja forrada 
de paño negro también y el sacristán 
ayudó á colocarla sobre el catafalco. 



62 



EMILIA PARDO BAZAN 



Cuatro ó seis caballeros de la Orden, avi- 
sados temprano, mal despiertos aún, iban 
acomodándose en los bancos de la nave. 
Uno de ellos, el conde del Sacro valle, 
divisó á Gastón apoyado en un pi- 
lar, y le llamó con la mano, brin- 
dándole sitio en el banco, á 
la cabecera. Encendi- 
dos los altos cirios, 
cuya llama amari- 
lla chisporroteaba 
vivamente, poblóse 
el altar de sacerdo- 
tes con negras ves- 
tiduras , y en el co- 
ro aparecieron las 
siluetas de las mon- 
jas, visibles tras el 
espeso enrejillado 
de madera. El órgano empezó á quejarse, 
acompañando las voces de los sacerdotes 
que clara y ahincadamente entonaban las 
plegarias y las invocaciones graves, tan 
humanas en su terror, del Oficio de difun- 
tos, Gastón escondía la cara en el pañuelo. 
Sentía como si unos dientes sutiles y 
agudos se le hincasen dentro, muy aden- 




EL TESORO DE GASTON 63 



tro, á su parecer más allá del corazón, en 
un lugar que, por lo recóndito y lo sensi- 
ble, debía de ser el ápice de la conciencia. 
No podía Gastón atribuir tal efecto al 
dolor de haber perdido á doña Catalina: 
si es cierto que la quería bien , poco lugar 
ocupaba en su vida; ningún vacío le deja- 
ba la Comendadora: sus muchos años 
hacían de su muerte algo previsto, que 
no arrancaba lágrimas. No: lo que sentía 
Gastón era un torcedor íntimo, una cólera 
secreta contra sí propio, esa sensación 
oscura que lentamente se condensa para 
formar el sentimiento de la responsabi- 
lidad moral. Era la detestación de nos- 
otros mismos, la censura, — más que nin- 
guna severa, — que hacemos de nuestros 
propios actos; era el juez interior que 
tantas veces duerme, pero que cuando 
sacude la modorra nos registra el alma 
y nos condena sin defensa ni apelación, 
porque tiene las pruebas, la evidencia en 
la mano... Del enlutado ataúd, Gastón 
creía que se elevaba una voz, preguntando: 

— ¿Eres cristiano? — Y que el juez, el 
rígido juez de negra toca, respondía: 

— Como si no lo fueses... Lo has sido en 



6 4 



EMILIA PARDO BAZAN 



el nombre, ¿pero en los hechos? ¿Cuándo 
te has acordado tú de Dios? ¿Cuándo has 
pensado en el prójimo? ¿En qué y cómo 
has dilapidado tu hacienda? Buen comer, 
regalo, deleites, ociosidad... ¿Y qué más 
hicieras si fueses pagano? ¿Eras cristiano 
cuando al salir de una cena desordenada, 
en una noche fría, por no desabrocharte 
el gabán de pieles no dabas limosna? 
¿Eras cristiano, ni aun caballero, cuando 
por un quítame allá esas pajas, en aquella 
solitaria encrucijada del bosque de Bolo- 
nia, le abrías la cabeza á tu mejor amigo? 
¿Eras cristiano, ni aun caballero, cuando 
con tu derecha apretabas la mano del 
duque de Argén tán, mientras en tu iz- 
quierda crujía un diminuto billetito de su 
esposa? ¿Eras cristiano cuando?... — La 
lista fué larga, y Gastón seguía con el 
pañuelo sobre el rostro, escuchando al 
inflexible juez. — ¡Y todavía te indignas 
porque, aprovechando tus horas de culto 
á los ídolos , un bribón te ha robado la 
bolsa! Para lo bien que tú la empleabas.,. 
|Y todavía serás capaz de desenterrar el 
tesoro de Landrey, y darle el mismo paso, 
iguales despachaderas que á la hacienda 



EL TESORO DE GASTON 65 



que te dejó tu madre! ¡Ay de tí, si con tal 
objeto descubres ese tesoro 1 ¿No sé yo 
acaso que ayer, al soñar con él, pensabas 
en nuevos goces, en nuevas locuras?... — 
Y aquí el invisible juez tomaba forma 
humana: era doña Catalina, del color de 
la cera, con los párpados cerrados, la 
nariz afilada , la 
boca sin labios, 
las manos en los 
puros huesos, toda 
ella de una cata- 
dura tan espanta- 
ble y temerosa, 
que Gastón qui- 
taba el pañuelo y miraba al ataúd con 
ojos de loco... 

Entretanto resonaban los sublimes 
acentos del Dies iros, y el viejo conde 
del Sacrovalle decía al derrengado mar- 
qués del Altocueto: 

— ¿Sabe usted que noto al sobrino 
muy afligido? Tiene buenos sentimientos 
ese muchacho... 

La misma noche, en el tren correo, 
salieron Telma y Gastón hacia el Nor- 
oeste, con rumbo al castillo de Landrey. 
9 




V 



De tres maneras tuvieron que viajar 
Gastón y su leal servidora antes de 
sentar el pie en el castillo: al dejar el 
tren, tomaron la diligencia que por una 
carretera provincial descuidada conduce á 
la Puebla de Beirana, y antes de llegar 
á la Puebla alquilaron dos peludos y tra- 
sijados rocines con su espolique y baga- 
jero, para el trozo sin camino practicable 
que conduce á «las torres.» Al pronto, 
en aquella hora del crepúsculo, Gastón 
no distinguió, de su casa solar, sino una 
masa informe, un hacinamiento de cons- 
trucciones pintorescas destacándose sobre 



68 



EMILIA PARDO BAZAN 



el fondo de un celaje verde claro, más 
bien que azul, realzado al poniente por 




una franja de oro pálido, blanco casi. 
Armado de una vara de mimbre cortada 
en un seto, Gastón arreaba á su femen- 



EL TESORO DE GASTON 69 



tida cabalgadura, cuyos cascos golpeaban 
duramente la calzada de piedras, desasen- 
tada ya é invadida por las hierbas, que 
conducía á la alta puerta del patio de 
honor, flanqueada por cubos ó tamboretes, 
y superada por gallardo escudo con pena- 
chos de hiedra. La decoración entrevista 
parecióle grandiosa. Al mismo tiempo, 
sintiendo que le lastimaba la grosera al- 
barda del jaco, se acordó de sus lindos 
poney s de París, hoy vendidos, y pensó 
con melancolía que probablemente nunca 
le sería dable oprimir el lomo de otro 
animal tan fino y tan ardiente como 
Digby, hijo del famoso Douglas I y de 
la yegua árabe Zelmira, traída de Argel 
por el coronel de spahis La Morliére... 
El hombre viejo, el civilizado epicúreo, 
renacía ya, sin querer. 

Ocurriósele, además, que iba á pasar 
una noche de perros, y varios días y 
noches no más agradables , porque el tal 
castillote debía de estar incivil, después de 
tantos años que no se habitaba. El mayor- 
domo, de quien sólo sabía Gastón que 
se llamaba don Cipriano Lourido, y que 
era alcalde de la Puebla, si bien no había 



7 O EMILIA PARDO BAZAN 



sido avisado de la llegada del amo, una 
cama, al menos, se la podría ofrecer. 
Con esta confianza empujó la cancilla de 
troncos sin labrar que sustituía al portón 
bardado de hierro, y penetró en el patio, 
llamando á gritos por alguno. Telma, 
apeándose ágilmente, comenzó á gritar 
también. El áspero ladrido de un perro 
fué la única respuesta. La puerta del cas- 
tillo estaba cerrada á piedra y lodo. Por 
fin, á una ventana con reja se asomó un 
rostro lleno de arrugas, y una vejezuela 
preguntó con hostil acento: 

— Quién anda por ahí? 

Telma, en dialecto, respondió, no me- 
nos enojada: 

— Es el amo, el señorito, el dueño de 
esta casa, y si no abrís pronto, veréis lo 
que os sucede. 

La bruja desapareció, y por diez mi- 
nutos no se oyó nada; diríase que era un 
castillo encantado. Entonces el bagajero, 
rascándose la cabeza con sorna, dió su 
parecer: 

— Convendría que el señorito bajase á 
aposentarse en la Puebla, porque don Ci- 
priano Lourido había más de cuatro años 



EL TESORO DE GASTON 71 



que no vivía en el castillo ; como que tenía 
en la plaza una casa muy magnífica... Allí, 
en el castillo, sólo estaban unos caseros, 
puestos por Lourido mismo... Era dudoso 
que abriesen á tales horas. — ¿Y por qué 
no me dijiste eso cuando me bajé de la 
diligencia, pavisoso? — exclamó Gastón. 

— Señorito... porque no me pregunta- 
ban...! — repuso el bagajero con gran flema. 

Iba el castellano de Landrey á montar 
en cólera, cuando corrieron unos rechi- 
nantes cerrojos, abrióse la puerta, y el ca- 
sero, receloso y humilde, apareció murmu- 
rando : 

— Buenas noches nos dé Dios... 

A la luz de una mala candileja de pe- 
tróleo, subió Gastón la escalera de piedra 
que conducía á un piso alto. Eran apo- 
sentos vastísimos, salones más bien, con 
desconchadas pinturas al temple y restos 
de un mobiliario que debió de ser suntuo- 
so, pero que se caía á pedazos, destruido 
por el abandono y la humedad. En algu- 
nas partes el techo se encontraba aguje- 
reado, y el chorreo de las goteras había 
podrido el piso, cuyos carcomidos tablo- 
nes cedían bajo el pie. Notábanse tam- 



7 2 



EMILIA PARDO BAZAN 



bién sitios vacíos donde habían existido 
muebles, y tablas arrancadas, quién sabe 
si para cebar el fuego en una noche de 
invierno. Telma, recorriendo todas las 
habitaciones mientras Gastón compro- 
baba estos detalles, volvió despavorida: 
no había sábanas, no había manteles, no 
había comida, no había leña, no había 
nada, nada, y allí era imposible vivir! 

— Una noche se pasa de cualquier 
modo, mujer, y mañana Dios dirá, — res- 
pondió el mozo haciendo de tripas cora- 
zón. — Aún tenemos fiambres del viaje, y 
hay media botella de ponche sueco. Dor- 
miré envuelto en mis mantas, y tú te arre- 
glarás con tus mantones. Paciencia... 

— Yo, si lo siento, es por el señorito, — 
contestó la criada. — Lo que es por mí... 
¡Ay, señorito! este castillo pone miedo á 
cualquiera. Cuando salí de aquí tenía yo 
dos años; me llevó consigo doña Cata- 
lina, que me quería mucho, y después 
quedé con don Felipe, su abuelo de usted, 
que en paz descanse... No sé cómo esta- 
ría esto en vida de don Martín. Pero 
siendo ya muchachona, vine á asistir á 
mi padre cuando murió, y me acuerdo 



EL TESORO DE GASTON 73 



muy bien de que aquí no faltaba cosa 
ninguna: ni el mueble de seda, ni las 
camas con adornitos de metal, ni la blan- 
cura en los armarios, ni los relojes riquí- 
simos, que los trajera don Martín de 




Inglaterra... Mi padre lo cuidaba todo, 

y daba gloria ver estas habitaciones. Pues 

no ha pasado tanto tiempo, ¡treinta y 

tantos años! ¿Dónde va la riqueza que 

aquí había? El casero dice que á él se lo 

entregaron así... 

No hizo objeciones Gastón, y aunque 

ardía en deseos de registrar su morada, 

comprendiendo que sin luz sería imposi- 
10 



74 



EMILIA PARDO BAZAN 



ble, resolvió despachar el ala de pollo y 
la terrina de hígado trufado que aún 
le quedaba, y enrollando al cuerpo la 
manta, se tendió sobre un canapé Impe- 
rio, desvencijado, ratonado y con hernias 
de pelote. 

Ya se deja entender que dormiría me- 
dianamente, y que no fué menester que 
le despertase el vigilante gallo. A la pri- 
mera luz matutina se puso en pie molido 
como cibera, y sacudiéndose y esperezán- 
dose, examinó mejor la sala donde había 
pasado la noche, encontrándola, si cabe, 
más maltratada y lastimosa. Sin embar- 
go, una nota alegre y fresca le regocijó; 
era una golondrina, que entrando por la 
ventana sin vidrios, exhaló un pitío al 
huir asustada de la presencia de un ser 
humano. 

Al pronto Gastón , sorprendido, ni re- 
cordaba porqué estaba allí, en aquel des- 
mantelado salón. Recordó de súbito, y 
la idea del tesoro se le figuró entonces 
un gracioso disparate, inspirado en una 
novela del género de Ana Radcliffe. 
— ¡Haber venido aquí por esol — pensó, 
embromándose á sí mismo. La verdad 



EL TESORO DÉ GASTÓN ^5 



es que no era por eso sólo; también 
huía de la trapisonda de sus asuntos en 
Madrid, de las caras compasivas ó des- 
deñosas que suelen ver los tronados ; huía 
de los compromisos, del veraneo en Bia- 
rritz ó en Bélgica, en el suntuoso cháteau 
moderno de la Casa-Planell, de todo lo 
que antes formaba su placer y su costum- 
bre... Volvía á Landrey, á la casa de la 
familia, arrojado por la tempestad. — Sin 
embargo, el tesoro había sido la estre- 
lla de su peregrinación... «¡El tesorol» 
Llamó risueño á Telma, y sacando de 
la cartera algunos billetes, — porque el día 
de la marcha había mal vendido á la Pi- 
miento, corredora de alhajas, diez alfileres 
de corbata primorosos, entre ellos el de 
la lágrima negra, perla muy rara que 
perteneció á Sara Bernhardt, — dijo pe- 
rentoriamente: 

— Hoy mismo traerás de la Puebla lo 
necesario para tí y para mí... Ropa blanca 
sobre todo... Buscarás un carpintero y un 
albañil... jahl y un vidriero... Hay que 
poner habitables dos dormitorios, un co- 
medor y la cocina... Después veremos... 

— Beba el señorito esta leche, — suplicó 



76 EMILIA PARDO BAZAN 



ella presentándosela en grosero cuenco 
de barro. 

Gastón la bebió de bonísima gana, y 
Telma añadió: 

—Si viese cómo escondían la vaca y 
regateaban la ordeñadura los bribones de 
los caseros! Se la he sacado á tirones... 

— ¡ Págales, págales su leche ! 

— ¡ Valientes pillos ! ¡ Como si no fue- 
sen del señorito los prados y el dinero de 
la aparcería y el establo y todo ! -r refun- 
fuñó Telma saliendo con aire belicoso, 
dispuesta á volver patas arriba la Puebla 
en un santiamén. 

Emprendió Gastón la exploración del 
interior de su residencia, y volvió á com- 
probar su estado lamentable. Lo que más 
le llamó la atención fué que, aparte de la 
acción del tiempo y del abandono, había 
sitios en que colaboraba con ellos la mano 
del hombre. En los techos , sobre todo, 
notábanse huellas de vandalismo; las 
vigas arrancadas y el pontonaje descu- 
bierto. Varios salones, amueblados an- 
taño, carecían de mobiliario, no quedán- 
doles más que algunas sillas cojas, ordina- 
rias, que jamás debieron de pertenecerles. 



EL TESORO DE GASTÓN 77 



Y, cosa más singular aún, en las paredes 
donde no era posible que el edificio hu- 
biese sufrido tanto, á raíz del piso, notá- 
banse grandes espacios que sin duda se 
habían desmoronado, cuidadosamente re- 
compuestos con recebo y lla- 
no muy recientes. 

Buscando la esca- Y 



lera por donde pene- 
traron la noche ante- 
rior, Gastón salió 
al vasto zaguán, 
y de allí al patio, 
deseoso de dar un 
vistazo á la parte 
exterior del casti- 




llo. En la tupida |fp 
vegetación que al- 
fombraba el patio, sólo blanqueaba un sen- 
dero, abierto por el paso de la gente. La 
fachada que caía á este patio era la del 
cuerpo de edificio donde había dormido 
Gastón ; fachada relativamente moderna, 
de mediados del siglo xvm, que decoraba 
una portada con columnas corintias y un 
escudo barroco con casco y cimera de 
plumaje enroscado. 



78 



EMILIA f>ARt)0 BAZÁÑ 



— Este es, — pensó Gastón, — el Pazo, 
construido por mi tatarabuelo, á quien 
debía de parecerle, y con razón, muy in- 
cómodo el castillo. 

A la derecha alzábase una tapia, la del 
huerto, cuyos manzanos y perales sobre- 
salían del caballete, y á la izquierda una 
recia poterna abovedada daba acceso 
al recinto del castillo. Faltaba la puerta, 
y Gastón se metió libremente en el re- 
cinto donde, como guerrero símbolo de 
gloria, crecía denso matorral de laureles, 
árbol que vive á gusto entre las piedras. 
Desviando aquella maleza aromática y 
trepando por una brecha del derruido 
parapeto, llegó Gastón al segundo recin- 
to, y rodeándolo se halló al pie de la 
blasonada puerta de medio punto, de bien 
cortadas dovelas. Era la torre del Home- 
naje, todavía erguida y almenada, y que 
dominaba al conjunto propiamente lla- 
mado el castillo, obra que en el fino 
ajuste de sus piedras y en la solidez y 
elegancia de sus proporciones, así como 
en el diseño ojival de sus ventanas, pro- 
clamaba á voces ser construcción del 
siglo xv, época de esplendor para los 



EL TESORO DE GASTON 79 



señores de Landrey, ya entonces bien 
arraigados en el país, y siempre protegi- 
dos de los reyes de la casa de Trasta- 
mara. Prolongábase el recinto fortificado 
hasta mucho más allá de la torre, y for- 
maba una especie de arrecife sobre el 
valle, indicando cuánta tuvo que ser la 
resistencia y poderío de aquel castillo, 
frecuentemente amenazado en las gue- 
rras de Portugal y en las luchas intestinas 
que señalaron el advenimiento al trono 
de la primera Isabel, en perjuicio de doña 
Juana, la Beltr aneja. Parte del recinto, el 
que gozaba del mediodía, se había utili- 
zado para construir el Pazo y plantar el 
huerto; en otra parte se cosechaba maíz; 
pero todo un lado, el que dominaba el 
río, encontrábase lo mismo que en tiempo 
de los Landrey belicosos; derruidos pare- 
dones, zarzales, y hasta robles ya corpu- 
lentos obstruían los baluartes á los cuales 
el río servía de inexpugnable foso natural. 
En la parte más saliente de la especie de 
península que formaba el conjunto del 
castillo, Gastón se detuvo al pie de otra 
torre, ó por mejor decir, de las cuatro pa- 
redes ya en parte desmoronadas de un 



8o 



EMILIA PARDO BAZAN 



alto y angosto torreón, erguido y majes- 
tuoso, negruzco y cayéndose de vejez 
con saeteras y pocas y estrechas venta- 
nas, á todas luces muy anterior al cas- 
tillo. Aquel era el verdadero solar, la 
primitiva madriguera del compañero de 
Beltrán Claquin, del hijodalgo bretón que 
vino á hacer casta en tierra española; y 
Gastón, penetrado de cierto respeto in- 
explicable, se paró al pie de la torre, cuya 
puerta, muy baja, obstruía un montón de 
piedras. 



VI 



61 Norte 



En esta exploración del conjunto de 
Landrey se le había pasado la mañana á 
Gastón, pues era vasto el circuito, las 
construcciones muchas, y el mozo, imbuí- 
do y guiado sin advertirlo por la secreta 
ilusión del tesoro, se detenía involuntaria- 
mente más de lo razonable á reconocer la 
configuración de una muralla, ó la direc- 
ción de un pasadizo. Despierto el apetito 
con el aire puro, volvióse á casa á esperar 
á Telma, que de allí á poco apareció por 
la calzada seguida de un borrico cargado 
de trastos y de dos fornidos gañanes por- 
tadores de varios bultos y líos. No se des- 
n 



82 



EMILIA PARDO BAZAN 



deñó Gastón de ayudar á la descarga, 
hecha la cual, Telma se dió prisa á adere- 
zarle algo que comiese, dejando para des- 
pués el acomodo del ajuar. 

—Señorito, — advirtió Telma alzados 
los manteles, — casi no he gastado nada, 
porque no encontré dónde comprar ropa 
ni colchones. Todo viene prestado; ¿y 
sabe quién nos lo presta? ]E1 caifas de 
Lourido! Del lobo un pelo. Me salió 
al encuentro, hecho pura jalea, y tumba 
conque el señorito no debía venir sin 
avisarle, y vuelta conque fuese á parar en 
su casa, donde hay todas las comodida- 
des, y que aquí el señorito no puede 
vivir. Y ahí tiene, que los colchones son 
de don Cipriano, y las mantas de don 
Cipriano, y el quinqué de don Cipriano, 
y sólo pude comprar el mineral, los pla- 
tos, las ollas y las sartenes... Para eso, 
don Cipriano me obsequió con un paque- 
te de café molido, y unos dulces... ¡Si 
levantase la cabeza doña Catalina y viese 
al señor de Landrey obsequiado por Lou- 
rido, que llegó á casa en pernetas — bien 
me acuerdo — y que la primer noche le 
hizo mi padre fregar con estropajo la 



EL TESORO DE GASTON 83 



cara, porque daba asco de tanta roña! 
¡Si traía el hombre cazcarrias del año que 
se las pidiesen! 

— Telma, — preguntó Gastón interrum- 
piéndola, — tú que has vivido mucho tiem- 
po en esta casa, explícame... Aquí hay 
una torre muy vieja, muy vieja. ¿La re- 
cuerdas habitada alguna vez? 

— ¿Dice esa tan negra, tan fea, que le 
llaman de la Reina mora? — respondió 
Telma riéndose. 

— ¿De la Reina mora? — repitió Gas- 
tón sorprendido. 

— ¿No sabía que tiene ese nombre? 
Verdad que como el señorito no ha esta- 
do aquí nunca... Esa torre, señorito, es la 
abuela de todas, la que dicen que se edi- 
ficó primero, hace una barbaridad de 
años. Y también cuentan... ¿pero quién 
da crédito á mentiras? que en esa torre 
estuvo presa una mora, muy guapísima, 
una reina de allá entre ellos, que la trajo 
de la guerra un señor de Landrey; y que 
la mora se puso muy triste de verse así 
emparedada, y se quedó seca, seca, hasta 
que se murió, y que la enterraron con 
unas alhajas que tenía magníficas, colla- 



$4 



EMILIA PARDO BAZAN 



res y pulseras, y pendientes y muchas 
preciosidades, allí mismo debajo de la 
torre, en una cueva atroz que no se sabe 
á dónde va á parar... como que anda diez 
leguas arreo por debajo de la montañal 
¡Cuentos, cuentos! — añadió Telma echán- 
dola de espíritu fuerte. 

Oía Gastón con palpitante interés. La 
popular conseja, enlazada en su imagina- 
ción á los datos auténticos que él solo 
conocía en el mundo, le causaba una 
excitación indescriptible. En su explora- 
ción matinal no había dejado de orien- 
tarse y de advertir que la caduca y semi- 
desmoronada torre caía al Norte con tal 
precisión como si fuese la aguja imantada 
y Landrey un inmenso navio. Recordaba 
las palabras del manuscrito, que se había 
aprendido de memoria: «Hallarás lo que 
buscares, si guiado por el Norte...» A 
hacer su gusto, inmediatamente se volve- 
ría á la torre, para seguir registrando, ya 
con doblada insistencia, sus piedras reve- 
ladoras; pero se lo estorbó una visita 
intempestiva, la del señor Lourido en 
persona, que apeándose de una redonda 
y bien cuidada yegüecilla castaña, subía 



EL TESORO DE GASTÓN 



35 



las escaleras todo lo apresuradamente que 
su obesidad permitía. La adversidad había 
empezado ya á adiestrar á Gastón, y el 
instinto le dictó recibir al apoderado con 
muestras de cordialidad y contento, lo 
mismo que si estuviese 
encantado de sus buenos 
oficios y hubiese hallado 
á Landrey en el estado 
más floreciente. 

— Á éste es preciso 
verle venir, — pensó 
mientras observaba con 
atención la cara de don 
Cipriano, tosca y vulgar, 
colorada y morena, pero 
con rasgos de incompa- 
rable astucia y disimulo 
en los diminutos y recelosos ojuelos, en la 
arremangada nariz y en la voraz y blan- 
quísima dentadura, que conservaba intacta 
á los cincuenta y cinco años. 

Don Cipriano venía, claro es, á salu- 
dar al señorito; á dolerse de que no 
le hubiese prevenido de su llegada, en 
cuyo caso le esperaría en la estación, y le 
traería mejor montado y atendido, no á 




86 



EMILIA PARDO BAZAN 



Landrey, sino á la Puebla, porque estarse 
en Landrey era una locura, y el señorito 
no debía tardar nada en bajar á residir en 
casa de don Cipriano, donde podrían 
muy en paz tratar de los asuntos — y Lou- 
rido recalcaba la palabra, dándole espe- 
cial significación. 

— Mil gracias, — dijo Gastón con corte- 
sía; — pero yo he venido para vivir en 
Landrey. Me dolía que este castillo estu- 
viese deshabitado, abandonado... 

— Se han hecho en él muchísimas repa- 
raciones, señorito, — contestó precipita- 
damente el apoderado, — y eso que no 
había... (ademán expresivo de refregar el 
pulgar contra el índice). Yo no cesaba de 
remendar... (y así diciendo, señaló á la 
pared). 

— Ya veo que ahí se ha trabajado, — 
declaró Gastón, — pero en cambio, las 
vigas de los techos parece que están 
arrancadas á propósito... 

Dijo estas palabras Gastón en tono 
chancero, para que no sonasen á repren- 
sión, y no pudo menos de sorprenderle el 
efecto que causaron en Lourido, cuyos 
ojos cautelosos é inquietos se revolvieron 



EL TESORO DE GASTÓN 87 



en las órbitas á estilo de los del ratón 
cogido en la ratonera y que no sabe por 
dónde salir. 

— El señorito, — articuló al fin con voz 
turbada,— -no sabe lo que es una casa 
vieja... Allá por las tierras donde anduvo 
el señorito, las casas son nuevas. . ¿Piensa 
el señorito que las vigas son de hierro? 
]Los años pueden mucho... las vigas se 
caen!... 

— Ya lo sé, — respondió Gastón diplo- 
máticamente. — Comprendo bien que habrá 
usted tenido que luchar con mil dificulta- 
des... No, si no es que me queje. Al con- 
trario: tengo que darle á usted las gracias 
por todos los trastos que hoy me envió. 
Si no es por usted, no duermo entre sá- 
banas... 

— Créame el señorito, — insistió Lourido 
ya más sereno. — Véngase á la Puebla, y 
no viva más entre polilla y ratos. En mi 
choza no carecerá de nada. 

— -Ya me han dicho que tiene usted la 
mejor casa del pueblo... — murmuró Gas- 
tón, — y se la envidio, pero por ahora quie- 
ro estarme entre estas paredes ruinosas, 

— El castillo está cayéndose; si el se- 



$8 EMILIA PARDO BAZAN 



fiorito piensa hacer obras, mírelo bien 
antes, — indicó Lourido; — porque le tiene 
que costar miles y miles de pesos... Ya 
hablaremos de esto, señorito, porque usted 
ignora muchas cosas de que yo le puedo 
enterar, y le conviene, antes de dar paso 
ninguno: el que llega de fuera viene con 
los ojos cerrados: sería una lástima me- 
terse en trifulcas. 

— Ya bajaré á la Puebla á tratar de eso 
con usted, — repuso Gastón, disimulando 
la ironía, — y crea que sin su acertadísimo 
y amistoso consejo no emprenderé nada. 
En efecto, estoy á ciegas. 

— Me parece que sí, — declaró perento- 
riamente el apoderado, cada vez más 
tranquilo, y reventando de importancia. 

Prolongáronse visita y ofrecimientos 
hasta muy entrada la tarde, y Gastón, 
por aquel día, renunció á curiosear sus 
dominios. Acostóse con las gallinas, y ma- 
drugó al día siguiente, saliendo cuando la 
aurora principiaba á dorar las cimas del 
hemiciclo de montañas que por dos lados 
circunda á Landrey. Si altas razones de 
discreción no nos lo vedasen, aquí venía 
á pelo especificar dónde se extiende esa 



EL TESORO DE GASTÓN 



89 



comarca deleitosa; pero sea lícito decir 
que Landrey está situado en la falda de 
una de las sierras en que espiran, entre 




los cabos Ortegal y Finisterre, las últimas 
ondulaciones, apenas sensibles, de la cor- 
dillera Cantábrica. Gastón, al dirigirse tan 
de mañana á la torre, llevaba el propósito 

de trepar hasta su mayor altura [y domi- 
12 



90 



EMILIA PARDO BAZAN 



nar el panorama completo. No sin trabajo 
consiguió salvar las gruesas piedras y los 
escombros hacinados ante la puerta, y 
muy arañado de manos saltó al interior. 
Era mayor allí la ruina. Trozos enteros 
de pared, desmoronándose, habían atas- 
cado la sala baja, siendo muy arduo reco- 
nocer su forma. Gastón ascendió por los 
escombros hasta poner el pie sobre una 
de las piedras salientes donde se sostenía 
la escalera y la armazón del piso. Apro- 
vechando este auxilio y las mismas des- 
igualdades de la pared, y no sin riesgo de 
caer de cabeza sobre los derrumbados 
sillares; cogiéndose á las plantas parásitas 
que cedían bajo su mano, y con una 
audacia loca, logró llegar á donde aspi- 
raba; á la ventana del último piso de la 
torre. Ya en ella, pudo acomodarse con 
toda seguridad, pues el hueco de la ven- 
tana, con sus dos poyos, formaba una 
especie de gabinete, y ofrecía asiento 
seguro su antepecho. El elegante marco 
de la esbelta ojiva encerraba un cuadro 
maravilloso. 

Gastón, al pronto, sintió mareo. La 
torre, por aquel lado, se fundaba en es- 



EL TESORO DE GASTÓN QI 



cueta roca que descendía al río, sino 
tajada , al menos en rápido declive; na- 
tural defensa que no habían desaprove- 
chado los fundadores. Al fin se serenó 
Gastón, familiarizándose con la altura, y 
requirió sus gemelos marinos, de los cua- 
les viajando no se separaba nunca. Gra- 
duólos y se recreó en el paisaje. La sierra 
apenas dibujaba, en lontananza, sus cres- 
tas blandas, de un violeta suave, como el 
de un collar de amatistas, y al pie de la 
torre, el río, uno de esos ríos gallegos pro- 
fundos y callados, que ni se secan ni 
se desbordan , iba ensanchando su curso 
hasta desembocar en el mar, formando 
antes la apacible ría que baña el arenal 
de la Puebla, reluciente á los primeros 
rayos del sol como polvillo de oro. La 
línea del mar era de rosado nácar con 
vetas de azul turquesa, y los grandes bos- 
ques, en la vertiente, de un verdor fino, 
primaveral. Una paz encantadora, una 
alegría juvenil ascendía de la naturaleza, 
que parecía salir de un embalsamado 
baño de rocío. 

La Puebla la veía Gastón tan distinta- 
mente, con su caserío blanco de techos 



9 2 



EMILIA PARDO BAZAN 



rojos entreabiertos á manera de abanico 
de cinco varillas — las únicas cinco calles 
algo importantes del pueblo — que hubie- 
ra podido contar las casas, como podía 
contar las lanchas pescadoras que, izando 
la airosa vela latina, se desparramaban 




ya por la opalizada extensión del mar. 
La plaza de la Puebla se le metió por los 
oculares á Gastón, y vió, en la torre de la 
humilde iglesia parroquial, el entrar y 
salir de los pájaros, y la cuerda de las 
campanas. Frente á la iglesia, haciendo 
esquina con el Ayuntamiento, se alzaba 
nueva, flamante, una estupenda casa, 
horrible grillera de cuatro pisos y bohar- 
dillón, toda reluciente, pintorreada de 



EL TESORO DE GASTÓN 93 



verde rabioso, con triple galería de crista- 
les, y encima de la puerta una charolada 
lápida de seguros mutuos , testimonio de 
sabia previsión en el dueño... Cuando el 
señorito de Landrey tenía asestado su an- 
teojo al palacio de Lourido, — no podía 
ser menos, — en una de las galerías, muy 
adornada de enredaderas, aparecieron dos 
mujeres, una joven y otra madura, ambas 
desgreñadas, en faldas y justillo, recién 
salidas de la cama, porque se despereza- 
ban aún. La joven, á lo que se percibía 
con ayuda de los gemelos, era fresca, 
colorada, blanca, y una copiosa melena 
rubia, suelta, flotaba desordenadamente 
por su cuello y hombros. « Es la hija de 
don Cipriano,» pensó Gastón; y por resa- 
bios malos, aferró el anteojo y encandiló 
el mirar. Una mímica expresiva de las 
dos mujeres indicó que discutían y se 
enzarzaban- el displicente gesto de la 
doncella, sus ademanes y rabotadas, res- 
pondían á los airados manoteos de la 
dueña, asaz puntiaguda de huesos y de 
muy fea anatomía. De pronto la vieja 
agarró un brazo de la joven, y ésta, des- 
prendiéndose como una culebra, enseñan- 



Q4 



EMILIA PARDO BAZAN 



do el puño, huyó al interior del aposento. 
La galería quedó desierta... 

Varió entonces la dirección del indis- 
creto anteojo, y torciéndolo á la derecha, 
admiró los manchones de castaños, y más 
allá los sombríos pinares. De un campa- 
nario semioculto entre arboledas, le trajo 
el viento el argentino son de la campana 
tocando á misa. Al herir sus oídos este 
toque familiar, tan gozoso en el campo, 
cuya soledad dulcifica, en el cristal de los 
gemelos se encuadró una vista nueva, no 
observada hasta entonces. Era una quinta 
con su huerto, cercada por una tapia de 
mampostería: la casa no parecía nueva, 
sino restaurada; el balconaje de arcos de 
piedra que tenía al frente denunciaba la 
reparación. Por las columnas trepaban 
rosales floridos, y delante de la casa, un 
jardín á la inglesa rodeaba un estanque 
natural, ó diminuto lago, sombreado por 
árboles pe'ndulos. Más lejos, el jardín fru- 
tal y varias dependencias, una era y un 
hórreo grande, indicaban que allí no se 
cultivaban sólo flores y plantas de ador- 
no. Cuando Gastón notaba este detalle, 
de la casa salió corriendo un niño, y tras 



EL TESORO DE GASTON 95 



él un perro negro, saltando y haciéndole 
fiestas; minutos después, una mujer vesti- 
da de claro, cubierta la cabeza con anchí- 
simo sombrero de paja, se reunió al perro 
y al niño. No era fácil detallar á aquella 
distancia las facciones de la dama del jar- 
dín; pero que era dama, se conocía á tiro 
de ballesta, en los movimientos, en la 
esbeltez de la silueta, y hasta en el som- 
brerón, que se quitó un instante; entonces 
Gastón pudo distinguir que tenía el pelo 
oscuro. La dama asió al niño de la mano, 
le halagó y se lo llevó hacia los árboles, 
donde el grupo desapareció. 



# 



VII 



ha torre de la Heitm mora 



Estas últimas vistas del anteojo tuvie- 
ron la virtud de dejar pensativo á Gastón. 
No había cumplido los treinta, y estaba 
preparado por su vida anterior, por la 
atmósfera de molicie y sensualidad res- 
pirada, á que la mujer, en el hecho de 
serlo, le causare efecto perturbador. No 
era Gastón un vicioso libertino, y esta 
verdad la llevaba escrita en la tersura de 
sus sienes, en la humedad y brillo de sus 
ojos; pero como ningún freno moral cono- 
cía desde la pérdida de su madre; como á 
nada serio había aspirado ; como no ende- 
rezaba su existencia hacia ningún fin, el 
13 



98 



EMILIA PARDO BAZAN 



capricho y epicureismo egoísta se habían 
apoderado de él, tomando cuerpo en esos 
juegos y antojos de la imaginación y de 
los sentidos, sueltos como potros brinca- 
dores. 

Bien registrado el panorama, quiso 
Gastón bajarse de su observatorio. El des- 
censo era más peligroso aún que la subi- 
da, y dos ó tres veces creyó que caería 
precipitado. Al fin se vió salvo sobre los 
escombros, y entonces, olvidado ya de 
otras fantasías, se dedicó á examinar las 
ruinas hacinadas. No pudo menos de 
fijarse en que alguna de las piedras caí- 
das ofrecían el aspecto, no de haberse 
desmoronado por la acción del tiempo, 
sinó de ser arrancadas violentamente. 
Hasta mostraban aristas rotas por el hie- 
rro. Estas piedras señaladas así ocupaban 
un ángulo de la torre, y formaban un 
montón bastante alto ; sin embargo, Gas- 
tón, resueltamente, hizo rodar dos ó tres 
de la cima, y vió con sorpresa que el 
montón cubría una puertecilla muy baja. 
Apartó más piedras, descansando cuando 
le fatigaba aquel trabajo rudo, y después 
de mucho bregar, logró descubrir de la 



EL TESORO DE GASTON 99 



puertecilla lo bastante para dar paso al 
cuerpo de un hombre. Mal como pudo, 
por ella se coló, encontrándose en un 
pasadizo angosto, abovedado, torcido, en 
declive, y tan bajo de techo, que Gastón 
lo seguía encorvándose hasta la tierra. 
Pronto terminaba el pasadizo, en el pri- 
mer peldaño de una escalera de caracol 
de piedra, no menos estrecha y angus- 
tiosa. 

Bajóla Gastón encendiendo fósforos, 
pues la obscuridad era completa, y por la 
dirección de aquel conducto juzgó que 
debía de hallarse á la izquierda de la 
torre, hacia el castillo propiamente dicho. 
Hasta veintiún peldaños contó Gastón, y 
al concluir de bajarlos, desembocó en un 
aposento subterráneo, sin rastros de ven- 
tilación ni de luz, redondo y abovedado 
también. No podía dudar que fuese un 
calabozo, el in pace de la torre feudal. 
Gastón había oído hablar de estos in 
pace, creyendo siempre que sólo existían 
en la imaginación de los novelistas y de 
los arqueólogos; y al encontrarse en aquel 
lugar donde supuso que habían languide- 
cido los enemigos del poderoso señor de 



100 EMILIA PARDO BAZÁN 



Landrey, se estremeció profundamente. 
Repuesto, y encendido otro fósforo, exa- 
minó la mazmorra, movido por un interés 
que ya nada tenía de humanitario. ¿Des- 
cubriría allí, por feli- 
císima casualidad, el 
camino que seguían 
los antiguos, la veta 
que guiase hasta el 
filón áureo del teso- 
ro? Fosforito tras fos- 
forito, Gastón reco- 
noció las paredes y 
el techo, que tocaba 
con la mano. Una 
vegetación verdosa, 
húmeda, resbaladi- 
za, cubría las pie- 
dras, pero no había 
en ellas señal de 
abertura, de reja, de 
argolla, ni de ninguna otra particularidad 
de las que indican una entrada secreta. 
Los sillares eran gruesos, sólidos, bien 
trabados, y el pavimento tampoco pre- 
sentaba nada de anormal; raso como las 
paredes, sin indicio de trampa ó sumide- 




EL TESORO DE GASTON IÓI 



ro. Golpeó Gastón por todos lados, y no 
sonó á hueco. Entonces fatigado ya, con 
las yemas de los dedos abrasadas, desan- 
duvo el camino, y salió á ver el sol, á res- 
pirar libremente. 

Rióse de sí mismo. ¿Pues no había en- 
trevisto, en su fantasía, el tesoro? Sentóse 
en los escombros, y, cogiéndose la cabeza 
entre las manos, concentró el pensamiento 
en la hipótesis. Todas las fuerzas de su 
inteligencia se pusieron en juego, solici- 
tadas por el problema de que dependía su 
porvenir. 

¿Existía en realidad el tesoro, no aquí 
ni allí, sino en alguna parte, oculto, di- 
fícil, pero no imposible de encontrar? 
¿O era sólo delirio de un moribundo y una 
reclusa? Y si no deliraban, si en efecto el 
tesoro se depositó en algún escondrijo del 
castillo, ¿no lo había descubierto nadie 
durante los sesenta y pico de años que la 
mansión de Landrey llevaba entregada á 
manos pecadoras? ¿Aquel don Cipriano 
Lourido, ave de rapiña cebada en el 
cuerpo de sus amos, no podría haber olfa- 
teado las enterradas riquezas ? 

Al ocurrírsele esta probabilidad, Gas- 



/ 



102 EMILIA PARDO BAZAN 



tón se fijó en ella, herido por un destello 
luminoso. Recordó las vigas arrancadas, 
las paredes recebadas de nuevo, las pie- 
dras de la torre removidas á mano y 
amontonadas como para disimular la 
puerta, y estas señales extrañas le pareció 
que demostraban con elocuencia la sospe- 
cha que germinaba en su espíritu. 

— Si Lourido no descubrió el tesoro, por 
lo. menos lo ha buscado, — discurrió con 
lógica. — ¿Será esa la explicación de su 
fortuna y el cimiento de aquella casa tan 
maja en la plaza Mayor de la Puebla? 

Otra vez repasó en la memoria las pa- 
labras del papelito amarillento: «Hallarás 
lo que buscares...» Con el ayuda del plano 
quemado por doña Catalina, debían de 
ser clarísimos los pocos y enigmáticos ren- 
glones. Faltando el plano, un logogrifo. 
Lourido no tenía ni plano, ni el papelito 
siquiera. 

— Le llevo una ventaja, — dedujo Gas- 
tón, — y si no acierto es que seré do- 
blemente torpe que él. 

Volvió á recordar la misteriosa cláusu- 
la: «Si guiado por el Norte siguieres el 
camino que seguían los antiguos en peli- 



EL TESORO DE GASTON I03 



gro de muerte...» ¿Cuál podía ser el mal- 
dito camino? Se golpeó la frente Gastón. 
¡Una mina que permitiese á los morado- 
res del castillo, sitiados y no pudiendo 
resistir, huir por ignorado subterráneo y 
salvarse! Una mina... la mina que las gen- 
tes del país prolongaban diez leguas, y 
donde creían sepultada á la Reina moral 

¿De qué manera encontraría la mina? 
Por dos sitios podía intentarse; ó desde el 
castillo mismo, ó donde desembocase: á 
orillas del río, ó en la montaña. La única 
indicación algo exacta era la de « guiado 
por el Norte.» Al Norte estaba la torre 
vetusta, y de ella tenían que arrancar las 
exploraciones. Sin embargo, el calabozo 
no ofrecía resquicios; la obra subterránea 
del torreón moría allí. 

— Volveré con una linterna, un pico y 
una pala, — pensó Gastón, que lejos de des- 
alentarse, sentía crecer su engreimiento. 

Engolfado en tales propósitos le sor- 
prendió un ruido á sus espaldas. Eran dos 
voces, una infantil, otra muy timbrada, 
de mujer, que discutían. Antes que se 
diese cuenta de nada Gastón, un niño 
como de ocho años saltó por las piedras 



104 EMILIA PARDO BAZAN 



hacinadas en la puerta, á riesgo de torcer- 
se un pie, y con agilidad vino á caer al 
lado de Gastón, que le amparó con los 
brazos, le sostuvo y le libró de un desca- 
labro cierto. La mujer exhaló un chillido 
y trepó impetuosamente por las primeras 
piedras en seguimiento de la criatura, y 
Gastón corrió en su auxilio, gritando : 

— Cuidado, señora... que esas piedras 
ceden... apóyese usted... 

Ningún caso hizo la señora del ofreci- 
miento; ligera como una corza salvó el 
montón de ruinas, y brincó al otro lado, 
palpando al niño con ansiedad. Segura 
ya de que no se había hecho daño algu- 
no, volvióse á Gastón diciendo: 

— Mil gracias... ¡Si no es por usted, 
este diabólico...! 

Mirábala Gastón de hito en hito, sor- 
prendido de la aparición. Tenía delante á 
una mujer que representaba de veintiséis 
á veintiocho años, alta y bien proporcio- 
nada, de gentil presencia. Su traje, singu- 
lar en aquel rincón del mundo, era el que 
prescribe la moda á las excursionistas; 
una falda de tartán escocés á cuadros ver- 
des y azules, bastante corta, polainas de 



EL TESORO DE GASTÓN 105 



paño sujetando fuerte y holgado zapato 
de cuero, y gabancillo de alpaca azul, 




recto y flojo, sobre el cual un cuello vuel- 
to, de batista sin almidonar, dejaba libre 
la garganta. Esta era morena y mórbida, 
14 



IOÓ EMILIA PARDO BAZAN 



y remataba en una cabeza que no podía 
llamarse hermosa, pero sí expresiva y 
agraciada. El sol y el aire habían dorado 
la tez, y sus tonos de ágata fina aumenta- 
ban la luz de los garzos ojos y la frescura 
de la boca limpia y grande. El cabello, 
oscurísimo, se recogía en sencillo rodete 
bajo el sombrero marinero de paja ama- 
rilla, sin más adorno que el ala disecada 
de una paloma. Llevaba la señora guan- 
tes gruesos, de hilo, y á lá cintura una 
escarcela de charol. Gastón se inclinó, se 
descubrió y dijo extremando el rendi- 
miento: 

— ¡ Ojalá fuese verdad que yo hubiese 
tenido la fortuna de servir á usted de 
algo! Soy tan inútil, que ni aún quiso 
usted que la ayudase á salvar las pie- 
dras... 

—Estoy muy acostumbrada á pasos 
difíciles, — respondió la excursionista, — 
y como usted comprenderá, ahí por los 
pedregales y los derrumbaderos no siem- 
pre se encuentran señores amables que 
ofrezcan la mano... Miguel, hijo mío, di, 
¿no te has hecho mal? 

-—¡Qué mal! — chilló el travieso con 



EL TESORO DE GASTON 107 



vocecilla aguda. — ¡Si no necesité del 
señor I Salté perfectamente solo... 

— Calla, fanfarrón... Si no fuese tu 
antojo de entrar en la torre de la Reina 
mora, no molestábamos á este caballero... 
Dale las gracias, y vámonos, que es pre- 
ciso volver á casita antes que se enfríe el 
caldo... 

— ¡Yo no me voy! — replicó el chico.— 
¡No me voy sin buscar el tesoro! 

Atónito se quedó Gastón al pronunciar 
el niño tales palabras. • 

— ¡El tesoro! — repitió con una emo- 
ción que le ponía la voz temblona. 

— El tesoro de la Reina mora, — expli- 
có la dama riendo. — ¿Es usted forastero? 
Entonces no tiene nada de particular que 
no sepa que en esta torre estuvo cautiva 
una sultana, y la sepultaron con sus alha- 
jas en una mina descomunal que hay 
debajo, y que llega hasta los antípodas... 

Gastón sintió frío... En vez de confir- 
mar sus ilusiones, la leyenda, referida así 
en chanza, las prestaba color de insensata 
quimera. ¡La graciosa boca que se burla- 
ba de la mina, disipaba á la vez los sue- 
ños de oro! 



Io8 EMILIA PARDO BAZAN 



— Nada de eso sabía, señora, — dijo 
disimulando el cuidado, — pero si el tal 
tesoro anda por aquí, Miguelito y yo lo 
encontraremos. 

— ¡De fijo! — contestó con el mismo 
aire de buen humor la dama. — En aso- 
ciándose... 

— Para que Miguelito y yo nos asocie- 
mos, — insistió Gastón, — es preciso que 
su mamá nos autorice á ser amigos; y 
para que se digne autorizarnos, que sepa 
quién es el futuro amigo de Miguelito... 
Me llamo Gastón de Landrey. 

— ¡De Landrey! — repitió ella con 
acento de sorpresa y simpatía. — ¡Es usted 
el dueño del castillo! 

— En este momento no, — contestó 
Gastón galantemente. 

— Gracias otra vez... ¡Landrey! — mur- 
muró la señora como hablándose á sí 
misma. — ¡ Qué bonito nombre! ¡ Qué an- 
tiguo en este paísl ¿Es la primera vez que 
viene usted á su casa? 

— Sí, pero me detendré bastante tiempo. 

— ¡Bien hecho! Lo merecen estas po- 
bres piedras tan simpáticas y tan abando- 
nadas. Me alegro en el alma de que esté 



EL TESORO DE GASTON 



I09 



aquí el señor de Landrey... y celebro que 
haga amistad con Miguelito, y que desen- 
tierren los capitales de la sultana, que ya 
habrán criado moho... Como usted no va 
á adivinar mi nombre, me presentaré, 
aunque sea incorrecto. Me llamo Antonia 



Rojas, viuda de Sarmiento, y vivo en una 
casita de campo, á poco más de un cuarto 
de legua de aquí. Si en algo podemos 
servirle... 

— Conozco la casa. Es más, la he visto 
á usted en ella... 
— ¿De veras? 

— Esta mañanita, á cosa de las seis, en 
el jardín... Miguelito estaba cerca del es- 
tanque, y usted salió de casa; llevaba 




IIO EMILIA PARDO BAZAN 



usted un traje claro, y un sombrero ma- 
yor que ese... Cogió usted de la mano á 
Miguelito... ¡Ah! También había un pe- 
rrazo negro, muy hermoso... 

Ligero rubor se extendió por la morena 
cara de la viuda, y Gastón comprendió 
que pecaba de indiscreto. Sus reflexiones 
lo eran, de seguro, pues giraban alrede- 
dor de un punto que realmente no tenía 
por qué importarle: 

— ¿Esta mujer que la casualidad me 
trae aquí, es una persona formal? ¿Es 
siquiera lo que se dice una señora? 

La fatuidad y la extrañeza debían de 
transparentarse en su cara, porque la 
dama, hasta entonces tan franca y co- 
rriente, §e puso grave, y miró de soslayo 
hacia los anteojos marinos de Gastón. 

— Estos son los culpables, — dijo atur- 
didamente el mozo, — y si usted les guar- 
da rencor, yo se los ofrezco para que 
los arroje, si gusta, al río... 

Antonia Rojas levantó la mirada, rehu- 
só con un gesto digno y afable, y sin 
alargar la mano al señor de Landrey, se 
puso en franquía con pocas palabras, cor- 
teses, pero llenas de reserva y aplomo. 



EL TESORO DE GASTON III 



— ¿Me permite usted que la escolte 
hasta su puerta? — preguntó Gastón algo 
contrito. 

— Voy siempre sola con mi hijo, y me 
he encariñado con esta costumbre, — res- 
pondió la señora trepando ágilmente por 
las piedras. 

— ¿Molestaré á usted al presentarla mis 
respetos? — insistió Gastón. 

— Al contrario, — fueron las últimas 
palabras de Antonia, que sonrió un ins- 
tante, de despedida, mientras Miguelito 
daba á su amigo el beso más voluntario; 
ese beso abierto y confiado de los niños á 
la gente que les ha caído en gracia. 



VIII 



bourido 



La aventura preocupó á Gastón, que 
se entregó á mil conjeturas impertinentes 
acerca de la desconocida excursionista. 
La curiosidad le inducía á dirigirse aque- 
lla misma tarde á la quinta para «pre- 
sentar sus respetos,» — como se dice en 
la hipócrita jerga del mundo, — -á la que 
había visto en la torre. No se atrevió, sin 
embargo, porque si la mamá de Migue- 
lito era una señora cabal, de hecho to- 
maría por donde quemase tan inconve- 
niente apresuramiento, y la acogida sería 
correspondiente á él. Resolvió, pues, no 
bajar á la quinta de Antonia Rojas hasta 
15 



114 EMILIA PARDO BAZAN 



haberse enterado minuciosamente de la 
fama, hechos y calidad de aquella mujer, 
único medio que ha encontrado la socie- 
dad para prevenir errores é inconvenien- 
cias. Por este sentir mundano de Gastón, 
comprenderá el lector que ya se había 
aquietado el bullir de aquel gusanillo que 
empezó á roerle el espíritu en los funera- 
les de la Comendadora... 

Deparó la suerte á Gastón los informes 
que deseaba más pronto de lo que pudo 
imaginar. Vino Telma de la Puebla, 
á donde había bajado por mil fruslerías 
indispensables en toda casa, y trajo un 
convite de Lourido, en regla, para el se- 
ñorito: le aguardaban á comer al día 
siguiente sin falta. Como si se tratase de 
alguna invitación diplomática, Gastón 
envió temprano un billete aceptando y 
saludando á la señora y señoritas de Lou- 
rido. Para asistir al convite se acicaló 
Gastón... No obstante, al bajarse de un 
mal rocín en la plaza; al ver la antipática 
morada de Lourido, con su reluciente lá- 
pida de seguros mutuos, sólo se acordó 
de lo positivo; de que allí dentro habi- 
taba un hombre con quien tenía pen- 



EL TESORO DE GASTÓN II5 



dientes asuntos de interés, y que acaso 
este hombre se había enriquecido desen- 
trañando lo que don Martín de Landrey 
pensó dejar tan oculto. Subió, pues, las 
escaleras haciendo coraje y cachaza, y 
murmurando entre sí: 

— ¿Qué emboscada me preparará este 
malsín? 

Lourido recibió al señorito bajo palio. 
¡Qué honra para él, y para el señorito 
Gastón, qué penitencia!... ¡Comer en la 
pobre choza, él que estaría acostumbrado 
á no menos que vajilla de plata y servicio 
de oro, en mesas de príncipes 1 Si no dijo 
esto mismo el Alcalde, la esencia de su 
discurso sonaba á cosa parecida. 

Gastón afirmó que comería divina- 
mente, y entonces varió el registro Lou- 
rido, insistiendo en que no permitiría 
que el señorito se alojase más tiempo en 
tan desmantelada vivienda como Lan- 
drey. 

— No le digo á usted que no, don Ci- 
priano, — respondió Gastón aceptando un 
puro y sentándose en el sillón del escri- 
torio del apoderado. — Lo he pensado 
bien, y es muy tentador venirse á esta casa 



lió EMILIA PARDO EAZAN 



confortable; Landrey parece un hospital 
robado! Sólo que no me decidiré mien- 
tras no arreglemos los asuntos. Quisiera 
hacerme cargo del estado en que se hallan 
mis intereses por aquí... Como usted corre 
con esto... mejor es para los dos que ha- 
blemos de una vez. 

— ¡Alabado sea Dios! — respondió el 
Alcalde de la Puebla revolviendo los 
sagaces ojillos. — No hay descanso como 
tratar las cosas así de pe á pd... Con 
aplazamientos no hacemos nada. 

Levantóse diciendo esto, y fué á abrir 
una alacenita de hierro incrustada en la 
pared. Trasteó en ella un rato, y al fin 
sacó en triunfo voluminoso mazo de pa- 
peles, sellados y por sellar; desató el bal- 
duque que lo contenía, y esparció sobre la 
mesa los legajos que despedían su olor 
peculiar á polilla y polvo. 

— El señorito, — continuó, — querrá ha- 
cerme el favor de repasar estos documen- 
tos, que son los comprobantes de mi ad- 
ministración desde que el señorito heredó 
los bienes .. Las cuentas del tiempo de 
su madre, que en paz descanse, aproba- 
das las tengo ahí. Las otras, también, que 



EL TESORO DE GASTÓN I17 



las aprobó el apoderado general, don Je- 
rónimo, con poderes del señorito; de 
manera que yo, por mi parte, seguro 
estoy: mi pío es que el señorito quede 
contento y tenga satisfacción de que he 
cumplido con él y con la casa; y mientras 
el señorito no diga: «Lourido cumplió,» 
me molesta á mí el flato y no estoy á 
gusto... 

— ¿Dice usted, — interrogó Gastón, — 
que don Jerónimo aprobó esas cuentas? 

— Año por año, ahí obra su firma re- 
donda como un sol, — contestó Louri- 
do hojeando con viveza Iqs papeles. — 
Y sepa el señorito que la casa de Lan- 
drey tiene conmigo un crédito... un cré- 
ditucho... poco, una cochinada. Verá los 
comprobantes, verá! Por servir á la casa 
de Landrey me veo con el agua al cuello... 
que á veces me voy á fondo. ¡ Nada ! Me 
comprometí, vamos, y busqué el dinero... 
debajo de tierra. 

— Debajo de tierra se encuentra dinero 
á veces, — replicó Gastón haciéndose el 
distraído, pero espiando la cara del ma- 
yordomo, á quien vió demudarse. — ¿De 
modo que le debo á usted... cuánto? 



EMILIA PARDO BAZAN 



— Para el señorito muy poco... Para 
un pobre como Lourido... un dineral.., 
jBch! todo lo más serán cuatro ó cinco 
mil duros... Desde que le administro, 
señorito, ni se me han satisfecho mis 




honorarios, ni los reparos y las obras que 
ejecuté en el castillo, con autorización de 
don Jerónimo... 

— I Reparos y obras? — preguntó Gas- 
tón, que empezaba á hervir en cólera. — 
¡Pero si está aquello inhabitable ! 

— Y ¿cómo estaría si yo me descuido? 
Ruinas nada más. Tuve que registrar y 
que afirmar la cimentación... 



EL TESORO DE GASTON 119 



— ¿La cimentación? Esa obra es la 
más á propósito para que un edificio se 
venga abajo... 

Gastón sentía que un sudor ligero bro- 
taba en sus sienes. Obras, registros y 
reparos le daban malísima espina; á cada 
paso se le hincaba más en la imaginación 
el recelo de que Lourido había descu- 
bierto el tesoro; y una ira sorda, pero 
furiosa, se alzaba en su alma como el tor- 
bellino de polvo en el desierto. ¡Aquel 
bandido, aquel buitre cebado en el cadá- 
ver de Landrey, engrosado con el espolio 
de la familia, quería consumar el robo re- 
clamando todavía un dinero que Gastón 
no poseía ni podía reunir, y exponiéndole 
así á la vergüenza ! 

— Además de las obras, — prosiguió 
Lourido, que no creía sin duda prudente 
insistir en tan delicado punto, — hubo 
que dar labores para beneficiar las tie- 
rras, interponer demandas, sufrir prorra- 
teos, sostener litigios... y todo lo adelan- 
taba de su bolsillo el presente maragato. 
¡He pasado tragos! Si no fuese que sabía 
que el señorito dejar no me dejaba descu- 
bierto... Porque cada uno necesita de sus 



120 EMILIA PARDO BAZAN 



pobrezas, y por falta de esos cuartos estoy 
yo boqueando, fuera el alma, como la sar- 
dina cuando la sacan del copo... 

Realizando un esfuerzo heroico, Gastón 
se dominó. 

— Pues por hoy me es imposible satis- 
facerle á usted esa deuda, — declaró re- 
sueltamente. 

— El señorito tiene una manera muy 
fácil de pagar, — indicó felinamente Lou- 
rido. — Con me ceder el señorito las tie- 
rras de Landrey... que al fin nada le valen 
y el señorito ni se fija en ellas... porque 
el señorito, ya se ve, anda por Madrid 
y por Francia y esto poco le interesa... 
que es un rincón... 

— ¡ Las tierras de Landrey ! — repitió 
Gastón sintiéndose palidecer bajo la 
ofensa de la proposición, pero conte- 
niéndose porque veía un rastro de luz y 
quería seguirlo. 

— Ya sé que me meto en un perro nego- 
cio... sólo que, como el señorito no puede 
pagar y á mí me hacen falta los cuartos, 
tan cierto como que somos hombres .. 
por salir los dos de esta mala andadura... 

— ¿Las tierras... y el castillo? 



EL TESORO DE GASTON 121 



Lourido bajó los párpados para que no 
se trasluciese la llama repentina de sus 
ojos diminutos, y, colorado de emoción, 
contestó reprimiéndose: 

— Ya se sabe... aunque el castillo no 
vale un ochavo... pero el que merque las 
tierras, el castillo ha de mercar; quien 
lleva la vaca lleva la soga... 

— I Sabe usted, — repuso Gastón, á quien 
el instinto dictó entonces una conducta 
salvadora y maquiavélica, — que merece 
pensarse la proposición? Yo realmente 
no tengo gran empeño en conservar estas 
paredes ruinosas. Con todo, darlo así, en 
pago de una deuda... Mi interés me acon- 
seja, si es que lo vendo, sacarlo á subasta 
y el que más ofrezca... Ya ve usted sólo 
las rentas... 

— ¡Ayl ¡El señorito se va á llevar 
chasco I... Cuando uno quiere vender es 
cuando nadie compra... No crea el seño- 
rito que Roschil le daría más que el pre- 
sente maragato... Si el señorito piensa 
que es poco... porque no diga que no 
guardo consideración á la casa!... ¡un par 
de miles de duritos más... y eso que me 

ahorco, me ahorco ! 
16 



122 EMILIA PARDO BAZAN 



Gastón iba, sin duda, á responder, 
cuando sonaron á la puerta voces de 
mujeres jóvenes. «Papá, papá,» decían 
en dos tonos diferentes, el uno afectada- 
mente fino y zalamero, el otro natural y 
cariñoso. — « Entrar, niñas.,. » Hicieron 
irrupción en el despacho, y Gastón se 
levantó y saludó hasta los pies á las dos 
señoritas del Alcalde. En la primera, la 
del pomposo vestido azul con cintajos 
amarillos, la del crespo moño, la de la 
enharinada tez, reconoció Gastón á la 
que se desperezaba tan de mañana en 
la galería, y pensó que era lástima que 
se hubiese tomado el trabajo de compo- 
nerse, porque era realmente guapa y lo- 
zana, y el ridículo adorno la echaba á 
pique. — « Si me permitiese pasar un plu- 
mero por esa cara bonita emplastada de 
polvos de arroz...» — La otra muchacha, 
modestamente vestida de hábito del Car- 
men, era de exigua estatura y cara maci- 
lenta, y cojeaba mucho, apoyándose en 
una muleta corta. 

— Esta se llama Florita, — dijo Lou- 
rido, presentando á la enharinada con 
mal encubierto orgullo. — Y ésta, Concha, 



EL TESORO DE GASTÓN I23 



— añadió señalando á la de la muleta. — 
La pobrecilla padece... 

— Pero no he perdido el buen humor, 
— declaró espontáneamente la coja, rien- 
do con ingenua amabilidad. 

Media hora después, Gastón ocupaba, 
en la mesa de don Cipriano, el puesto 
que los anfitriones juzgaron de honor; — 
entre las dos muchachas, y frente al ama 
de la casa, á quien el señorito de Lan- 
drey había visto con conatos de pegar y 
arañar á la rubia Flora, y que en el festín 
se esforzaba por demostrar una inverosí- 
mil dulzura melosa, desmentida por un 
rostro avinagrado y enjuto. — Abusando de 
los diminutivos, llamaba á sus hijas Flori- 
tiña y Conchitiña; hablaba sin cesar, hasta 
causar mareo, de lo inferior de su comida 
y del gran sacrificio que hacía Gastón en 
aceptarla, así como de los méritos y habi- 
lidades de sus niñas, sobre todo de Flora. 
Gastón supuso que la coja era uno de 
esos seres que las familias indelicadas 
sacrifican, posponiéndolos siempre á otros 
más guapos y sanos ; y sin querer se inte- 
resó por la muchacha, ocupándose de ella 
más que de Florita, que estaba colorada de 



124 EMILIA PARDO BAZAN 



despecho. Su deseo de atraer la atención 
del señorito era tan visible, que le servía, 
le ofrecía aceitunas y dulces, y ella misma 
quiso ponerle el azúcar en el café, á lo 
cual la animaban expresivas ojeadas de 




su madre y densas carcaj aditas de su 
padre, que olvidado, al parecer, de asun- 
tos, deudas y adquisiciones, se mostraba 
hecho un almíbar con Gastón. 

Al través de los incidentes de la comi- 
da, Gastón no perdía de vista ni un ins- 
tante á su desconocida de la torre de la 
Reina mora. No sabía cómo traer la con- 



EL TESORO DE GASTÓN 125 

versación hacia ella, y al fin lo hizo por 
el medio más elemental, diciendo con 
indiferencia aparente: 

— ¿Conocen ustedes á una señora de 
Rojas, que tiene un niño muy travieso? 
Ayer les he encontrado visitando la parte 
más arruinada de mi pobre castillo .. 

Como tocadas por una corriente eléc- 
trica, saltaron Flora y su madre. 

— ¡Vamos, ya se le metió á usted por 
los ojos la viudita 1 — dijo la esposa de 
Lourido en tono de compadecer á Gas- 
tón. — ¡Eso era de ene! 

— No, — protestó Gastón sin empeño, — 
me parece que esa señora no contaba con 
mi presencia. El chiquillo se entró co- 
rriendo en la torre, donde yo estaba... 

— ¡ Ayl ¡el chiquillo! — intervino Flora 
remedando irónicamente el acento de 
Gastón. — Sí, sí... ¡al chiquillo le tiene 
ella bien enseñado ! 

— ¡Mujer! — exclamó Concha suble- 
vada. — ¡No sé cómo dices eso! Es de 
mala conciencia pensar ciertas cosas. 

— ¿Tero ustedes creen, — dijo Gastón 
aparentando candidez, — que fueron á la 
torre sólo para encontrarme? 



126 



EMILIA PARDO BAZÁN 



Hubo un dúo de risas malignas; Concha 
se quedó seria. 

— Vaya, aunque es usted de Madrí, 
parece bien inocente, — declaró la mamá, 
con dejos de hiél en la voz. — Los hom- 
bres... ninguno ve ciertas cosas, por más 
de que salten así á los ojos. — Y al decir 
esto la alcaldesa agitaba sus dedos esque- 
letados. 

— Además, — continuó Flora quitán- 
dole la palabra á su madre, — ¡la viuda 
es muy larga, muy trucha ! Engaña á Li- 
curgo con aquella marcialidad y aquel 
qué se me da á mí que gasta. 

— Vamos. . ¿es una mujer de mala con- 
ducta? — interrogó Gastón como si le con- 
venciesen. 

— ¡No, señor! gritó Concha, sin po- 
derse contener. — ¡ Hace las caridades 
que puede y va á la iglesia, que yo lo 
veol... mucho más que otras!... 

— No le haga caso á esta papulita, — 
advirtió la madre tragándose con los ojos 
al testigo benévolo. — Ésta, como no hace 
más que rezar y oir misas, piensa que 
todos son santos de palo... Y la de Rojas 
es una santa mocar da. De mala con- 



EL TESORO DE GASTON 127 



ducta... puede que ahora no sea, pero el 
diablo sabe lo que hizo en vida del ma- 
rido, cuando rodaba allá en el extran- 
jero, que mismamente parecían el judío 
errante!... Así dieron el trueno gordo, 
que ella triunfó y gastó como una em- 
peratriz, y entonces él, desesperado ya 
el pobrecillo, ¿qué quería que hiciese? 
Se mató... 

— ¿Se suicidó el marido de esa señora? 
— preguntó Gastón esta vez impresionado. 

— ¡Ya lo creo! — gritó la dueña triun- 
fante. — Dos tiros se pegó en la barba y 
en el cielo de la boca... Ya ve usted 
qué principios tendrá ella, que anda por 
ahí como si tal cosa, alegre... 

— ¡ Después de seis años ! — advirtió 
Concha. — ¡ Pues bien triste y bien en- 
ferma estuvo! El bruto y el mal cris- 
tiano fué él; ella no. ¿Querían que tam- 
bién se matase? 

— Para mí el marido hizo la acción 
porque descubriría algún enredo de la 
mujer, — declaró la señora de Lourido. 

— Y por otra parte, no tenían ya sobre 
qué caerse muertos, — agregó Lourido. — 
Ella está miserable como las arañas. 



128 EMILIA PARDO BAZAN 



— Miserable, sí, — contestó Flora, — 
pero tan romántica como siempre. ¡Unos 
trajes y unos sombreros! No sé si ese 
modo de vestir será elegante... Raro pa- 
rece. |Y las faldas tan rabicortas! ¡Qué 
descaro ! 

— Pero, mujer, si es para andar por el 
monte, — argüyó la defensora, impaciente 
y acalorada. — ¿Había de llevar cola? ¡Si 
yo no fuese coja, me vestía como ella 1 

— ¡ Estarías bonita ! Que te aproveche; 
á mí la de Rojas me parece un guardia 
civil... 

Aquí llegaban de la discusión cuando 
entró un galancete, el juez municipal, muy 
rizado á hierro y muy soplado de cuello 
y puños, declarado aspirante de Flora; y 
Gastón aprovechó el momento para cam- 
biar de conversación, porque ya sabía 
cuánto le importaba. Con esto pasaron 
del comedor á la sala de recibir, en cuya 
consola se ostentaba un soberbio reloj de 
mármol y bronce y dos candelabros del 
más puro estilo Imperio. 

— Os reconozco, — pensó el señorito de 
Landrey, — os reconozco, reliquias de mi 
casa, testimonio de la rapacidad de este 



EL TESORO DE GASTON 129 



buitre... Ahora quiere que lo principal siga 
á lo accesorio, y se propone que el castillo 
haga compañía al reloj... 

Distrájole de estos pensamientos Flora, 
preguntándole si tocaba el piano, sólo 
para buscar cháchara y que rabiase de 
celos aparte el juez municipal; y Gas- 
tón, que era sujeto abonado, se prestó 
admirablemente al juego. 



17 



IX 



Iniciación 



Con más impaciencia que antes deseaba 
Gastón el momento de saludar á Antonia 
Rojas, que ya tenía para él los alicientes del 
misterio; y parecie'ndole que al tercer día 
no es incorrecto visitar á una señora que 
lo permite, escogió las primeras horas de 
la tarde y se echó á adivinar el camino, 
por no buscar guía que le condujese. 

Sin gran trabajo se orientó y llegó al 
pie de la tapia, encontrando de par en 
par la verja que cerraba el portón. No era 
cosa de meterse como Pedro por su casa, 
y al mismo tiempo no veía á nadie, 
cuando de entre un macizo de flores salió 



I32 EMILIA PARDO BAZAN 



disparado el niño, tendiéndole los brazos 
y el corazón en ellos. 

— ¡Vaya, por fin vienes! — chillaba la 
voz aguda y fresquísima. — ¡ Pero cuánto 
tardaste ! Yo quería ir ayer á buscar conti- 
go el tesoro... y no me dejó mamá. ¡Qué 
gusto 1 He de ensenarte mis cabritas... 
Otelo, no ladres, tonto... es gente cono- 
cida... — añadió halagando al perrazo ne- 
gro, que obedeciendo á la intimación de 
buena acogida, meneó la poblada cola y 
apoyó las patas en los hombros de su amo. 

— ¿Está visible tu mamá? 

— ¡Ya lo creol Vente, — chilló Migue- 
lito. 

Y saltando á la pata coja, precedió á 
Gastón, que se dejó llevar. 

Atravesaron el jardín, y después el 
zaguán de la casa, claro y adornado con 
jarrones de loza y plantas de invernadero; 
salieron á un patio cuadran guiar, rodea- 
do de edificios nuevos que parecían de- 
pendencias, y en uno de ellos, del cual 
salía humo, entró Miguelito seguido de 
Gastón. La luz que penetraba en el vasto 
cobertizo por una serie de altas ventanas, 
alumbró un espectáculo original. 



EL TESORO DE GASTON 133 



En medio del cobertizo, cerca de una 
cocina baja donde borboritaba enorme 
caldero, y al pie de un tonel que despedía 
espeso vaho, estaba Antonia ataviada de 
un modo bien diferente que el día en que 
Gastón la había conocido. Una falda de 
percal claro y un cuerpo de manga corta, 
resguardados por cumplido delantal de 
oxford á rayas blanco y cereza; un paño- 
lito de seda roja atado á la curra, con la 
gracia picante de un tocado criollo, com- 
ponían el traje de la señora. Los brazos, 
morenos y de un modelado suave y vigo- 
roso á la vez, se agitaban sobre el tonel 
humeante, derramando en él el contenido 
de un frasco de cristal. Una moza aseada 
y robusta, enarbolando la pala, esperaba 
el momento de revolver la lejía; porque, 
fuerza es decirlo, aquella decoración no 
era más que fondo para la humilde opera- 
ción casera de colar la ropa... 

Gastón esperaba un chillido, una pro- 
testa, una ojeada de cólera al niño. Quedó 
chasqueado. Lo que hizo Antonia, al 
darse cuenta de la sorpresa, fué reir 
espontáneamente... 

— No nos pidamos perdones, señor de 



134 



EMILIA PARDO BAZÁN 



Landrey, — dijo sin alterarse, — porque 
sería cuento de nunca acabar. Por mi 
parte está usted perdonado. Miguelito, 
mira, hijo mío, ya sabes que á las visitas 
se las lleva á la sala. 

— ¡A e'ste nol — declaró Miguel — Éste 
no es visita, que es mi amigo... y le llevo 
á ver las cabras... 

— ¡Sí, las cabras y mamá!... — añadió 
Antonia plácidamente. — Espéreme usted 
en la sala... ó en el jardín.,. ¡Hasta dentro 
de un instante ! 

Gastón obedeció de mala gana. La 
viuda, encendida, con el pañuelo pica- 
resco y el traje de mecánica, le había 
parecido de perlas; mejor cien veces que 
en la torre. Por su gusto reemplazaría á la 
moza de pala, ayudando á revolver la ropa 
en el tonel. No hubo más remedio que 
dejarse llevar otra vez por Miguelito, y 
admirar los brincos de dos chivitas blan- 
cas, prisioneras en el traspatio, al pie del 
hórreo, — porque no dejaban cosa á vida 
en la huerta ni en el jardín. — Al cabo 
dieron fondo en una sala baja, á la cual 
se accedía por el zaguán , y donde mue- 
bles modernos y antiguos, cuadros viejos 



EL TESORO DE GASTON 135 

y grabados ingleses, un soberbio piano de 
cola, producían un conjunto familiar, de 
tonos íntimos y artísticos á la vez. En los 




jarrones había flores frescas, y en el centro 
de la sala un acuario de salón, de redu- 
cidas dimensiones, muy bien cuidado, 
estaba lleno de pececillos y curiosos mo- 
luscos y zoófitos, que Miguelito enseñó 
con orgullo á su amigo. 



I36 EMILIA PARDO BAZAN 



— Yo he de ser marino, como mi abue- 
lito, — declaró la criatura, — y ya sé lo que 
hay en el fondo del mar.., Estos pescadi- 
tos venían en la red, ¿sabes? y mamá y 
yo vamos á ver cómo la sacan... y reco- 
gemos lo más bonito. ¡Nos divertimos 
tanto! Mira, mira, ese es el erizo... Qué 
espinas, ¿eh? No se le puede poner la 
mano... Oye, ese bicho se llama caballo 
de mar... ¡Qué rarol Fíjate en la concha 
vieira,.. ésa la trae Santiago Apóstol en 
la esclavina... 

Entretenido con la charla del chico, no 
dejaba Gastón de aguardar con impacien- 
cia á Antonia, que tardó bien poco en 
presentarse, sin pañuelo ni delantal y de 
mangas largas, pero en traje no menos 
sencillo y campestre que el otro. Excusóse 
Gastón lamentando haber presenciado é 
interrumpido su faena, y ella respondió 
con llaneza y sinceridad: 

— No tiene nada de molesto que le 
vean a uno enfaenado. Crea usted que, 
por otra parte, si yo pudiese prescindir de 
trabajar, tal vez me dejase tentar de la 
pereza; pero Miguel y yo viviríamos muy 
mal. No soy rica y me gustan las cosas 



EL TESORO DE GASTON 137 



refinadas, de limpieza y de cuidado: ¿qué 
voy á hacer, sino presenciar ó ejecutar en 
persona? Aquí dejan á la ropa, al lavarla, 
un color moreno poco simpático: con mis 
químicas logro que salga muy blanca. La 
costumbre y no la virtud me va aficio- 
nando ya á estos trajines, ó por lo menos, 
no se me hacen cuesta arriba como al 
principio. No hay mejor que tomar con 
buen ánimo las labores y las obligaciones; 
se hace uno amigo de ellas. 

— Necesitaría algunas lecciones de us- 
ted para aprender esa filosofía, que bien 
la necesito, — dijo Gastón. 

— Esa filosofía, como usted la llama, — 
respondió Antonia festivamente, — tiene 
uno que enseñársela á sí mismo... 

— ¿No existe maestra? — preguntó con 
intención el señorito de Landrey. 

— Sí, señor; conozco una maestra de 
eso... — murmuró Antonia, cuyo movible 
rostro cambió de expresión y se nubló. — 
Una maestra muy dura... jLa desgracia!... 

— Entonces ya puedo yo ser discípulo, 
— declaró Gastón, con asomos de me- 
lancolía. 

Hubo un momento de silencio : el giro 
18 



138 EMILIA PARDO BAZAN 



confidencial del diálogo desagradaba sin 
duda á Antonia. Miguelito salvó la situa- 
ción cogiendo á su madre de la mano 
y empeñándose en que había de ver Gas- 
tón la casa y el jardín en sus menores 
detalles. Antonia, sonriendo, declaró al 
levantarse para cumplir el capricho del 
niño: 

— Así como así, este paseo del propie- 
tario es inevitable... El trago, de una vez. 
No le perdonaremos á usted ni las lechu- 
gas ni las zanahorias. 

Recorrieron, en efecto, la casa, el jar- 
dín, el huerto y las dependencias. Era la 
casa, irregular en su forma, muy cómoda 
y desahogada interiormente, y por el aseo 
y el orden parecía uno de esos primorosos 
cottages de las inmediaciones de Londres, 
en los cuales se vive á gusto, y cada hora 
del día acarrea un goce honesto y sano, 
del cuerpo ó de la inteligencia. Las habi- 
taciones revelaban en su distribución un 
sentido especial de la realidad, de las 
necesidades que imponen una vida solita- 
ria y la educación de un niño: y Gas- 
tón vió con interés el cuarto de estudio, 
sus mapas, sus libros de estampas, sus 



EL TESORO DE GASTON 139 



cajas de geometría, sus cuadernos, todo 
sin manchas ni hojas rotas, todo regulari- 
zado, como pudiera estarlo en un colegio 
bien entendido. Nada faltaba en la man- 
sión: ni la bibliotequita, bien surtida de 




libros útiles y recreativos y de obras 
clásicas españolas; ni la despensa, provis- 
ta de conservas y dulces caseros; ni el 
frutero, donde todavía amarilleaban las 
manzanas de la última cosecha: y Gastón, 
acordándose de su desmantelado castillo, 
apreció mejor la gracia y la intimidad 
modesta de la casa de Antonia. Del huerto 
se había sacado también todo el partido 



I40 EMILIA PARDO BAZAN 



imaginable: los cuadros de legumbres 
parecían canastillas de flores, por lo bien 
cuidados y dispuestos; los árboles reve- 
laban una poda inteligente; y el establo, 
que albergaba dos vacas con sus terneri- 
líos, no se veía menos limpio ni barrido 
que la sala. Entre las dependencias des- 
cubrió Gastón una diminuta lechería, 
forrada de azulejos, digna de Holanda 
por lo exquisitamente pulcro de sus tazo- 
nes, jarros y tanques de metal: y como 
la elogiase calurosamente, Antonia se paró 
y dijo con entusiasmo: 

— ¡ Ah ! Es que esta lechería me ayuda 
á vivir... ¡es una rentita que no descuido 
yo ni un minuto! De diez á doce reales 
diarios limpios saco de estas paredes... y 
en el campo doce reales levantan en 
peso... ¡No se ría usted! ¡El señor de 
Landrey se ríe de esta aldeana! 

— No me río... La envidio á usted, por 
el contrario. Pero ¿cómo diablos saca 
usted eso de una lechería? 

— Hago quesos, y los envío á Madrid... 
Sin sospechar que venían de tan cerca de 
la casa de usted puede que los haya usted 
probado. No me permiten, — y eso morti- 



EL TESORO DE GASTÓN 141 



fica mi vanidad, lo confieso, — ponerles el 
rótulo que me gustaría : « Quinta de Sado- 
rio,» impreso con molde... Quieren ha- 
cerlos pasar por el famoso fromage suisse, 
y lo logran; y como ganan, porque yo se 
los vendo baratos, y no hay derechos 
de aduanas, tengo clientela segura... No 
doy abasto á los pedidos, y me parece 
que pronto tendré que ensanchar mi 
comercio, comprando un pradito más... 

De sorpresa en sorpresa iba Gastón. 
¿Era aquella la mujer calificada en la 
Puebla de romántica, y que se le había 
aparecido en traje de excursionista en la 
torre de la Reina mora? ¿Había cálculo 
en tanto aparato de laboriosidad y econo- 
mía? ¿Es humanamente posible fingir un 
género de vida y unas costumbres como 
las de Antonia Rojas? Sin querer, las 
intenciones y propósitos de Gastón res- 
pecto á la viuda, iban modificándose; si 
al pronto la tuvo por fácil presa, ahora, 
con el naciente respeto, la juzgaba torre 
alta é inaccesible. Terminaron la visita de 
la propiedad, y salieron á reposar á una 
terraza cerca del estanque, donde encon- 
traron servida ligera colación: té con 



142 EMILIA PARDO BAZAN 



leche, hasta media docena de quesitos, y 
un plato de fresas: para otra fruta era tem- 
prano : Antonia sirvió el té y preparó las 
roties untadas con miel de abeja, que 
trascendía á flores de campo y romero; y 
como Gastón se mostrase confuso y agrade • 
cido del obsequio, Miguel explicó que era 
la misma merienda de todas las tardes... 

— No, hijo mío, — advirtió su madre, — 
los quesos son un extraordinario, para que 
este señor los pruebe. Lo otro sí: es un 
lujo que nos damos el de tomar un té 
inglés de primera: me lo envían unos 
amigos que tengo, cónsules en Plymouth. 
Lo demás... caserito. La leche, de mis 
vacas; la miel, de mis abejas; las fresas, 
de las platabandas que hay debajo de los 
rosales... cuyas rosas se lucen en ese vasito 
de China... 

— Señora, — murmuró Gastón, sabo- 
reando con delicia la infusión perfumada, 
— yo no soy adulador, pero crea usted 
que este té tan elegante, este servicio tan 
delicado, me parece un sueño que me lo 
ofrezcan á un cuarto de hora de Landrey. 
No he tomado en mi vida ninguno que 
tan bien me supiese... 



EL TESORO DE GASTON 143 



— Era de suponer que diría usted eso, 
— respondió maliciosamente la viuda. 

— Qué, ¿no lo cree usted? Pues no 
acostumbro hacer madrigales al té, seño- 
ra... Lo que más me admira es que tenga 
usted estos servidores óptimos... é invisi- 
bles, porque nos lo hemos encontrado todo 
aquí como traído por mano de las hadas. 

— ¡Dios míol ¡Qué bueno es usted! 
Tengo los mismos servidores que todo el 
mundo... Dos muchachas, á quienes he 
ido enseñando lo más elemental... Pero 
hago que, cuando esto/ sola, me sirvan 
con los mismos requisitos que si estuviese 
alguien de fuera (lo cual aquí no suele 
suceder), y por eso, sin que me haya esca- 
bullido para mandarlo, usted ve una servi- 
lleta planchada y unas cucharas que relu- 
cen... ¡Gran misterio! Lo que no me explico 
es que nadie proceda de otro modo; es 
más cómodo así... ¡Soy muy comodona; 
no vaya usted á suponer lo contrario ! 

Gastón se sentía, sin comprender por 
qué, feliz. Sabíale á gloria la refacción, y 
el aire perfumado de esencias de flor que 
bañaba sus sienes, le refrescaba el espí- 
ritu. Hubiese querido prolongar aquella 



144 EMILIA PARDO BAZAN 



visita una semana; tan bien se hallaba en 
el jardín de Antonia. La conversación, 
desviándose ya de los temas de la vida 
práctica, rodó sobre mil asuntos diversos: 
se habló de viajes, de música y hasta 
de arquitectura, á 
propósito de Lan- 
drey. Antonia en- 
salzaba el castillo 
propiamente di- 
cho, el que era 
posterior á la to- ¡ 
rre de la Reina 
mora, y no com- 
prendía que Gas- 
tón hubiese per- 
mitido tocar, en 
ausencia suya, á 
tan hermosas y 
sólidas piedras. 

— Estaban firmes, más firmes que las 
del Pazo, que es muy posterior, — excla- 
mó. — Han hurgado allí por todas partes, 
y sin que se explique la razón. ¿Cómo ha 
dado usted licencia? 

— No la he dado realmente, señora... 
Esa es una historia de que hablaremos, — 




EL TESORO DE GASTON 145 



contestó Gastón, confirmado en sus sos- 
pechas por estas preguntas de Antonia. 
— Pero deseo que un día visite usted 
conmigo á Landrey y veamos esos tra- 
bajos. 

Cuando salió Gastón de Sadorio, la 
luna brillaba en el firmamento, y en su 
corazón lucía un rayito de sol alegre y 
dulce. Las madreselvas, desde los zarza- 
les, le enviaban aromas penetrantes y 
deliciosos; el aire era tibio, el camino 
poético y silencioso, y la última caricia 
de Miguel calentaba aún las mejillas del 
señorito. Al llegar á Landrey, no pudo 
menos de preguntarse á sí propio con 
sorpresa : 

— ¿Estaré enamorado? ¿O son efectos 
del lugar, la hora, las circunstancias?... 
¡Lo cierto es que no cabe pasar tarde 
más bonita que ésta ! 



19 



X 



ha consejera 



Aunque la discreción ponga coto á 
ciertos impulsos, extraño sería que no 
triunfasen de ella en un mozo como Gas- 
tón, poco acostumbrado á la disciplina 
moral, — que muchas veces consiste en vivir 
á contrapelo del gusto. — Cautivado por 
Antonia Rojas, Gastón deseaba verla á 
cada instante, y la misma levadura de 
respeto y de admiración involuntaria que 
se mezclaba á otros sentimientos menos 
ordenados y pacíficos, le inducía á creer 
que no era peligrosa la frecuencia del 
trato con la viuda, ni las reiteradas visitas 
á Sadorio. Fué primero cada tres días, 



I48 EMILIA PARDO BAZAN 



después cada dos, por último, diariamen- 
te. Antonia no le esperaba: jamás la 
encontró ni vagando por el jardín, ni 
tocando el piano, ni sentada lánguida- 
mente en un cenador, ni cortando flores 
con la larga tijera que para este oficio 
llevaba pendiente de la cintura. Siempre 
la sorprendió ó dirigiendo la preparación 
de unos apetitosos calamares en conserva, 
ó poniendo en madurero la cosecha de 
tomates tempranos, ó haciendo que tras- 
quilasen el melonar, ó desnatando leche, 
ó cortando blusas para Miguelito: ocupa- 
ciones nada sentimentales, y que no auto- 
rizaban ningún poético desmán. Ocurrió 
con aquellas visitas un fenómeno, aflic- 
tivo para el ya prendado Gastón: y fué 
que en las primeras, Antonia le recibió 
expansiva y afable; en las segundas, reser- 
vada y cortés; y cuando las menudeó, 
empezó á mostrarse seca, fría y hasta in- 
civil, pues le dejaba solo con Migue- 
lito las horas muertas, y se marchaba á 
sus quehaceres. El niño, en cambio, esta- 
ba cada día más afectuoso con su amigo, 
y le abrumaba á caricias, á preguntas y 
atenciones, allá á su inocente estilo. No 



EL TESORO DE GASTON 149 



sabiendo Gastón qué discurrir para com- 
placer á su único partidario en la casa, 
ideó buscar un caballito pequeño, barato 
y manso, que compró en la Puebla, y que 
trajo á Sadorio, con objeto de dar leccio- 
nes de equitación á Miguel. La idea pro- 
dujo embriaguez de dicha en la criatura; 
pero Antonia, terminada la primera lec- 
ción, llamó á Gastón á la sala, y en frases 
bien escogidas para no herirle, y firmes 
bastante para reprimirle, le dijo clara- 
mente que sus visitas continuas no eran 
convenientes, ni admisibles sus regalos. 
Y como él mostrase gran pesadumbre, 
Antonia dulcificó la voz y añadió: 

— Usted debe comprender que, en esta 
soledad, es muy grata la compañía; usted 
debe comprender que yo ni soy insocia- 
ble, ni tengo tantas distracciones que me 
estorbe la que usted me proporciona con 
su amable trato. Pero no le hago á usted 
tan poco perspicaz que no se dé cuenta 
del efecto que sus visitas diarias han de 
causar en el público. 

— ¿Hay aquí público, Antonia? — pre- 
guntó Gastón con ironía. 

— Lo hay en todas partes. Éste es redu- 



150 EMILIA PARDO BAZAN 



cido y de gente sencilla, pero por lo 
mismo se les debe buen ejemplo, hasta 
en las apariencias ; sobre todo, cuando la 
realidad es honrada y clara, y sólo hon- 
rada y clara puede ser. ¡ Sí , amigo Lan- 
drey ! Yo quiero que me estimen de veras 
mis criaditas, la Colasa y la Minga... 
entre otras razones, ¡porque he de vivir 
con ellas muchos años! 

A su pesar rió Gastón el gracejo de la 
señora, y doblando la cabeza, murmuró: 

— Antonia, yo deseo de todas veras 
obedecer á usted... y ya se sabe que 
la obedeceré... pero óigame usted, puesto 
que tengo la suerte de que me hable usted 
con esta franqueza tan noble... que pre- 
fiero á la seriedad de ayer. La conozco á 
usted de hace un instante, puede decirse, 
y me he acostumbrado á su amistad de 
usted tan pronto y de una manera tan 
extraña, que la necesito lo mismo que se 
necesita el aire para respirar. No frunza 
usted el ceñito: mire que no la estoy 
cortejando; j le juro que no se trata de 
eso! Es que me encuentro en circunstan- 
cias especialísimas de mi vida, en los mo- 
mentos penosos en que es preciso que 



EL TESORO DE GASTÓN 151 



alguien nos atienda y nos dé un buen 
consejo; es que me hallo completamente 
solo, aisladísimo, desorientado, y que, 
probablemente, voy á cometer mil des- 
atinos si me falta una persona buena, 
que vea mejor que yo cuestiones de que 
penden mi fortuna y mi porvenir. La 
casualidad me ha puesto en contacto con 
usted, que casualmente es también el 
único ser humano capaz de inspirarme 
una confianza absoluta, incondicional; 
porque tiene usted un juicio y un ca- 
rácter... 

— Bien, al caso, — interrumpió Anto- 
nia atajando la alabanza. — Si se trata de 
prestarle á usted servicio... es diferente.. 
Aquí estoy. 

— Pues acepte usted por algún tiempo 
el papel de confidente y consejera mía. 

— Aceptado, — declaró la viuda sin 
vacilar. — Yo seré su confidente y conse- 
jera. Eso no implica que usted venga 
aquí á menudo. Vendrá usted una vez 
por semana... ó menos, si no es preciso. 

— Me resigno, — suspiró Gastón. — Ven- 
dré los sábados, como los empleados... 
ó los domingos... como el lavandero. 



152 



EMILIA PARDO BAZÁN 



— He dicho que tal vez menos .. — 
repitió Antonia risueña. — Probablemente 
le señalaré á usted un turno quincenal. 
En fin, eso dependerá de la consulta 
que usted quiere dirigirme. No sé de 



qué índole será... Para que vea usted 
que empiezo complaciéndole : mañana 
se viene usted á comer aquí, y, de so- 
bremesa, me comunica esas historias de 
que, según afirma, penden su porve- 
nir y su fortuna. Yo necesitaré, de se- 
guro, reflexionar, porque á fuer de gallega 
tengo el trasacuerdo mejor que el acuerdo. 



m 





EL TESORO DE GASTÓN 153 



Así es que, después de la confidencia, no 
vuelve usted... en diez días. Pero antes de 
que me honre usted con su confianza, 
á mi vez tengo yo el deber de enterarle 
á usted bien de quién soy, porque usted 
me conoce de poco acá, y las referencias 
que haya podido oir de mí quizás no 
brillen por la más rigurosa exactitud. 

— Tiene usted sus partidarios y sus 
detractores, Antonia; y entre los prime- 
ros se cuenta una cojita muy simpática, 
hija de mi mayordomo Lourido. 

— ¡ Pobre Concha ! — murmuró afec- 
tuosamente Antonia. — ¡ Criatura más an- 
gelical! La resignación con que sufre, 
— porque está enfermísima, — le ganará 
un lugar señalado allí donde muchos 
soberbios y poderosos quisieran conse- 
guirlo... 

Y, pensativa, la viuda apartó la mirada 
del rostro de Gastón. 

— Espero su historia de usted, Antonia, 
para que se aumente mi afecto, — indicó 
el señor de Landrey, respetuosamente. 

— ¿Quién sabe? Tengo de qué acusar- 
me, como va usted á ver... — Soy ferrolana, 
y mi padre, don Federico de Rojas, era 

20 



154 EMILIA PARDO BAZAN 



marino. Lo mucho que había viajado, y 
su talento natural, hicieron de él, sino un 
sabio, por lo menos un hombre instruidí- 
simo. Por muerte de mi madre reconcen- 
tró en mí todo su cariño, y me enseñó 
ciertas cosas que no suelen aprender las 
muchachas, por ejemplo, botánica é his- 
toria natural; de ahí salió mi afición á 
recoger esos bichos raros que ve usted en 
el acuario, y lo mucho que me divier- 
ten mi huerto y mi jardín, y mis correrías 
por la montaña para formar herbarios... 
Un armario grande he llenado de carto- 
nes — Tenía yo diez y ocho años cuando 
en un baile á bordo me conoció y me 
pretendió don Luis Sarmiento, que era 
joven, rico, muy bien nacido; que reunía, 
en fin, las condiciones que sueñan los 
padres para los novios de sus hijas. No 
hubo oposición; me casé, y al año na- 
ció Miguelito. Mi esposo era, además de 
todo lo que he dicho, una persona exce- 
lente: caballero, pundonoroso y de muy 
alegre humor: sólo que sus padres no se 
habían cuidado de enseñarle la vida real. 
Había gastado ya mucho de soltero, y por 
complacerme y recrearme, se lanzó á ma- 



el tesoro de gastón 155 



yores dispendios después de casado: me 
llevó á viajar por toda Europa, con un 
lujo que ahora conozco que era insensato; 
me compró joyas y trajes; montamos tre- 
nes, y vivimos en Madrid anchamente, 
protegiendo artistas y adquiriendo lienzos 
y esculturas, como si nuestra renta fuese 
quince ó veinte veces más pingüe de lo 
que en realidad era. Aquí debo yo acu- 
sarme de mis yerros: en vez de contener 
á mi esposo, gozaba como una loca de 
aquellos esplendores y placeres, porque 
tengo un instinto de fausto y de arte que 
no parezco sino una Cleopatra... ¡y para 
llegar á hacer la lejía con mis propias 
manos ha sido menester que la adversidad 
me haya zorregado con unas disciplinas 
muy recias! Pronto pasó lo que tenía que 
pasar: mi marido se vió ahogado de deu- 
das, de hipotecas y de réditos usurarios; 
llegó un día en que no pudo cumplir ni 
pagar á nadie, y entonces... — Aquí los 
garzos y rientes ojos de Antonia se vidria- 
ron de lágrimas, — entonces.,, cometió 
un atentado... 

— Me lo han dicho, — se apresuró á 
interrumpir Gastón, viendo el trabajo 



156 EMILIA PARDO BAZÁN 



que le costaba á Antonia tocar aquel 
punto. 

— ¡Ojalá, — prosiguió ella, — me hu- 
biese dicho la verdad de nuestra posi- 
ción! El mismo cariño que me tenía le 
obligó á callar... No se sintió con valor 
para confesarme que nos encontrábamos 
arruinados y que nuestro hijo sería pobre. 
Si Dios le inspirase tal rasgo de sinceri- 
dad, — por eso no negaré jamás á nadie 
el consuelo de una confidencia, — yo, con 
todo mi cariño, le hubiese confortado, 
persuadiéndole de la verdad : de que aún 
podíamos vivir... tan felices! Haríamos lo 
que hice después: vender todo, despren- 
dernos de todo, cumplir con los acreedo- 
res, y retirarnos aquí en paz. La desgracia 
le ofuscó y le hizo olvidar que era cristia- 
no, jefe de una familia, padre de un hijo 
á quien debía el ejemplo de la resignación 
y de la fortaleza... Nada me dijo; no se 
fió de mí, me cerró su corazón... no me 
miró como amiga... ¿Y sabe usted por 
qué? Por culpa mía: porque él no podía 
ver en mí más que á una muchachuela 
sin seso, aturdida con las galas, las diver- 
siones y los goces del mundo y de la 



EL TESORO DE GASTON 1 57 



riqueza... ¡Ya ve usted cómo no me falta 
de qué acusarme! 

Suspiró hondamente la viuda; y reco- 




brándose y secándose los ojos con el pa- 
ñuelo, prosiguió: 

— Un solo consuelo tuve, y si no es 
por él, creo que aquella catástrofe , en vez 
de costarme la salud por algunos años, 
me cuesta en el acto la vida. 



158 EMILIA PARDO BA2ÁN 



— ¿Su hijo de usted? — dijo echándose 
á adivinar Gastón. 

— Eso no es consuelo, eso es yo misma, 

— respondió Antonia. — No; el consuelo 
¡ y bien grande ! fué que mi esposo vivió 
aún tres horas después del atentado... 
y no perdió el conocimiento... y tanto le 
rogué, y tanto le besé la cara y las manos 
en esas tres horas... que se arrepintió... 
se confesó... y murió absuelto! 

El silencio que siguió á estas palabras 
tuvo algo de magnético: parecióle á Gas- 
tón que acababa de descubrir el alma de 
Antonia, — fuerte, porque era creyente. — 
Sus ojos, iluminados de fervoroso entu- 
siasmo, hicieron bajar al suelo los de la 
dama, 

— Después, — dijo precipitadamente, á 
fin de cortar aquella corriente súbita, 

— me vi envuelta en mil dificultades 
para desenredar la pequeñísima hacien- 
da que le quedaba á mi hijo. Vendí mis 
alhajas, mis encajes, hasta mis vestidos 
y abrigos de pieles y terciopelo; vendí 
los coches, los cuadros, los barros, los 
tapices y los muebles , y por supuesto, la 
plata y las vajillas; cuanto era de lujo 



EL TESORO DE GASTON 159 



se vendió, creo que malbaratado, pero 
en tales naufragios siempre sucede así: 
hay que darle su parte de botín al mar. 
Yo recordaba que esta casa de Sadorio 
había sido reparada y aumentada por 
orden de mi marido, que tenía cariño á 
las paredes que le habían visto nacer: 
y aquí me refugié y aquí vivo desde enton- 
ces, aprovechando la baratura del país y 
los recursos de economía doméstica que 
proporcionan el huerto y los prados. 
Miguel se cría robusto, y yo disfruto 
comodidades que tal vez no poseía en 
mis épocas de derroche. ¿Lo duda usted? 
En Madrid no teníamos bosques, ni exten- 
sos jardines, ni flores frescas á toda hora, 
ni el pescado del mar á la sartén... Sepa 
usted que hasta economizo... ¡Vaya! Junto 
unos ahorrillos para cuando Miguel tenga 
que ir á seguir carrera y yo me vea preci- 
sada á acompañarle; lo cual haré para 
que no se desaliente ó se corrompa... Ese 
día que tendré que dejar á Sadorio... 
me parece que lo sentiré mucho. Me he 
acostumbrado á esta libertad y á esta 
calma... Fácilmente sacaríamos de aquí 
una moraleja por el estilo de las má- 



IÓO EMILIA PARDO BAZAN 



ximas que escribía Miguelito en sus 
primeras planas, después de los palo- 
tes: «Amando el deber lo convertimos 
en placer.» Ya sabe usted mi vulgar 
historia... 



XI 



61 consejo 



Profundamente impresionado salió de 
Sadorio aquella tarde Gastón ; y con ser 
pocas las horas que faltaban para volver 
á ver á Antonia, parecieron muchas á su 
impaciencia. Antes de lo que creía, sin 
embargo, logró la vista de su amiga. Era 
domingo, y como Gastón bajase á la Pue- 
bla á misa mayor, allí estaba arrodillada 
la viuda, pero ni volvió la cabeza: asistía 
al santo sacrificio con una compostura no 
afectada, y á su lado, Miguel — ¡extraña 
novedad I — también permanecía quieto y 
atento, hecho un santito, — aunque con un 
azogue tal en las piernas, que al acabarse 
la misa y salir al atrio, pegó más de una 
21 



IÓ2 EMILIA PARDO BAZAN 



docena de saltos: parecía haberse vuelto 
loco. 

Florita, que había avizorado á Gastón 
en la iglesia, enganchóle á la salida, y 
mientras coqueteaba con él á su estilo 
lugareño, desaparecieron Antonia y Mi- 
guel. Despepitábanse la esposa y la hija 
del Alcalde: — ¿Por qué no se quedaba 
Gastón á comer con ellos? ¿Dónde se 
metía, que andaba tan oculto? ¿Qué tal 
substancia tenía la miel de Sadorio? ¿Le 
habían picado las abejas, que estaba tan 
serióte? — Trabajo le costó zafarse de 
aquellas obsequiosas interlocutoras, pre- 
textando ocupaciones muy urgentes, y no 
sin prometer que el lunes vendría. 

— Así como así, — pensó, — Antonia, 
después del día de hoy, va á desterrarme 
por una temporada... 

A paso apresurado, como el que sigue 
la estela de su deseo, tomó el camino de 
Sadorio; y ya cerca de la quinta, com- 
prendió que no debía presentarse antes 
de la hora señalada, las dos, y entretuvo 
el tiempo como pudo, entrando en casa 
de una labradora y pidiendo un vaso de 
leche. Se lo sirvieron fresco y espumante, 



EL TESORO DE GASTÓN 163 



pues estaba la vaca en el establo, por ser 
demingo y no haber quién la llevase de 
mañana al pasto ; y Gastón tiró de la len- 
gua á la vejezuela que ordeñaba la vaca y 
presentaba el cuenco rebosante, — averi- 
guando con pueril alegría que era una pro- 
tegida de Antonia. — Aquel invierno, la 
vieja, « había estado tan en los últimos, — 
eran sus palabras, — que ya tenía encima 
los Santos Oleos, ¡ así Dios me favorezca ! 
y si no es por el caldito que todos los 
días mandaban de Sadorio y los remedios 
que pagó la señorita en la botica de la 
Puebla, no lo contaría... >. — Con esta plática 
gustosa para Gastón, fué acercándose el 
momento de presentarse en la quinta, y 
allá corrió, dejando por el cuenco de la 
leche un duro en la mano sarmentosa de 
la vejezuela parlanchina... que le hartó de 
bendiciones. 

Recibiéronle, Antonia con cordialidad, 
Miguel con arrebatado cariño, y se senta- 
ron los tres á una mesa cuyo primor con- 
sistía en el decorado de flores naturales y 
en el brillo de la loza y del cristal, y en 
que sólo tentaban el apetito los manja- 
res por su frescura y grata sencillez. Las 



164 EMILIA PARDO BAZAN 



ostras de la Puebla, regadas con el limón 
cogido en el huerto; el pastel de liebre 
cazada en los vecinos montes; la gallina 
cebada en el corral casero; la densa con- 
serva de membrillo, sabiamente fabricada 
por Colasa, compusieron el banquete. El 
café salieron á tomarlo al ameno sitio de 
costumbre; y como Miguelito, jugando 
con Otelo, se alejase á ratos, Gastón apro- 
vechó la ocasión propicia, y refirió á 
Antonia, muy despacio, su historia entera. 
Nada omitió, ni las últimas advertencias 
de su madre, ni la disipación de los pri- 
meros años, ni la ruina, ni la doblez del 
maldito Uñasín, ni la revelación de doña 
Catalina de Landrey, ni la conseja del 
tesoro, ni las recientes inquietudes y las 
reclamaciones inicuas de don Cipriano 
Lourido... Antonia escuchaba atentamen- 
te, y de vez en cuando, si no encontraba 
bastante clara la narración, interrumpía 
con preguntas concretas, á que Gastón 
respondía sinceramente, procurando no 
alterar los hechos ni la realidad de sus 
sentimientos en lo más mínimo. La nece- 
sidad de expansión y de desahogo que 
sentía le desataba la lengua y le movía á 



EL TESORO DE GASTON 165 



acusarse á sí propio, pareciéndole como 
si viese su imagen moral reflejada en un 
límpido espejo, y una fuerza superior le 
impulsase á describir minuciosamente los 
defectos y tachas de aquella imagen. Al 
terminar, Antonia quedó un rato callada: 
reflexionaba, y su rostro generalmente 
alegre tenía una expresión de gravedad 
en armonía con las funciones de juez de 
un alma que se disponía á ejercer. 

— Antonia, — exclamó con ahinco Gas- 
tón, viéndola permanecer silenciosa y 
meditabunda, — hable usted; no tenga 
reparo en calificarme según le plazca, 
ni en echar por tierra mis ilusiones res- 
pecto al imaginario tesoro. A todo estoy 
preparado, y casi me hará usted un bien 
acabando de extirparme esperanzas qui- 
méricas. Tráteme usted, Antonia, al me- 
nos hoy... como á un hermano. En cam- 
bio del sueño del tesoro me dará usted 
otro sueño más bonito cien veces: soñaré 
que se interesa usted por mí: ya ve si 
salgo ganando. 

— ¿No se enojará usted porque me 
exprese con franqueza? — preguntó la 
consejera sonriendo. 



i66 



EMILIA PARDO BAZAN 



— Mil veces no... Al contrario, como 
me dijo usted la primera vez que la vi y 
la pregunté si la importunaría mi visita. 

— Pues lo que saco en limpio de su 

5 ^ 1 




historia es que es usted responsable de 
la mitad más una de las desdichas que le 
han sucedido hasta hoy. El perder á su 
madre de usted fué desgracia; el arrui- 
narse, culpa. 



EL TESORO DE GASTON 167 



— Lo reconozco. Prosiga usted; reprén- 
dame. 

— Sí que debo reprenderle, y en tér- 
minos muy severos, porque, amigo Gas- 
tón, hay ruinas de ruinas. El que em- 
prende algo útil; el que invierte con buen 
fin su capital y tiene la desgracia de no 
acertar y de perderlo; el que por reveses 
impensados se queda pobre, merece lásti- 
ma. Usted no está en ese caso: lo ha 
derrochado todo de la manera más fri- 
vola y más sin substancia, y para mayor 
dolor, dando escándalo al mundo y mal 
ejemplo á sus amigos y á sus servidores. 
Tenía usted un caudal que manejar y un 
nombre antiguo é ilustre que sostener; el 
caudal lo ha dedicado usted á insulseces 
y á torpezas, y el nombre lo ha dejado 
usted á merced de los Louridos, hoy 
protectores del señor de Landrey. Ya ve 
si la tribulación es merecida. 

Por preparado que se encontrase Gas- 
tón á oir cosas desagradables, y por 
grande que fuese el prestigio de Antonia 
para decírselas, sintió un bochorno morti- 
ficante y un deseo de apología. 

— Es cierto, Antonia: pero recuerde 



l68 EMILIA PARDO BAZAN 



usted, para no juzgarme tan duramente, 
que á no haber encontrado en mi camino 
á dos bribones que me deparó la suerte, 
después de todo, no estaría hoy sino algo 
mermada mi hacienda. 

Frunció Antonia el ceño, y su cara 
adquirió expresión todavía más severa 
y triste. 

— No le disculpa á usted eso. Antes 
me parece que le acusa más. Sobre di- 
sipador, ha sido usted neciamente con- 
fiado. No ha querido usted molestarse 
ni en saber á quién entregaba sus in- 
tereses y consagrar á vigilarlos ni una 
hora de las que perdía en sus vacíos 
goces. Los bribones nacen espontánea- 
mente al lado de los abandonados co- 
mo usted. Si no le hubiesen pelado á 
usted Uñasín y Lourido, le pelarían 
otros que se llamarían de otra manera: 
diferencia única. Y no me diga usted 
que le faltó buen consejo, Gastón... por- 
que lo tuvo usted tan bueno, que no 
cabe otro mejor; y á no haberse usted 
olvidado de las palabras de su madre, 
de que la fortuna se nos da como en 
depósito... hoy sería usted un hombre 



EL TESORO DE GASTON 169 



feliz, rico y con la conciencia tranquila*, 
sería usted... óigalo bien, Gastón, porque 
esta frase me parece que lo dice todo... 
un administrador de Dios... que es lo que 
hay que ser, y lo demás, [patarata! 

Radiante luz penetraba en el espíritu 
de Gastón, que casi sentía impulsos de 
arrodillarse y de herirse el pecho con el 
puño cerrado. Podía todo aquello morti- 
ficarle un poco, pero... ¡qué gran verdad 
encerraba ! Antonia, perspicaz al fin como 
mujer, notó muy bien el efecto de la 
homilía, y se dilató su rostro. 

— Si aspira usted á restaurar la riqueza 
de Landrey para volver á tirarla por el 
balcón, no tengo fe en los consejos que 
le voy á dar: recaerá usted en la miseria, 
y quién sabe si en la deshonra. Antes 
de rehacer el caudal , que es cosa externa, 
rehágase usted por dentro: me parece lo 
más urgente. Si se ha de cambiar su 
porvenir, cambie usted, transfórmese en 
otro hombre. . 

— Creo que tiene usted razón, Anto- 
nia, —exclamó el señor de Landrey con 
entusiasmo.— Conozco que he sido... un 
trasto; ¡francamente! Deseo regenerar - 

33 



I70 EMILIA PARDO BAZAN 



me... pero no podré si usted no me ayuda. 
Estoy muy solo: nadie me quiere; á nadie 
le importa de mí... Esto no lo había 
notado hasta hoy; vivía en un vértigo, 
y aturdido no comprendía el vacío de 
mi alma. Ahora conozco que me falta 
sostén y calor... Si usted no me tiende 
la mano, Antonia, usted que es tan fuerte, 
tan derecha, tan valiente... no haré nada; 
me echaré al surco. 

La viuda de Sarmiento se encendió de 
emoción ; pero fué como el paso fugaz de 
una nube roja sobre un tranquilo cielo. 
Pesando sus palabras, cuya importancia 
conocía, respondió serenamente: 

— Si entiende por tender la mano lo 
que estoy haciendo... ya la tiene usted 
tendida. Pero de esa puerta afuera, — y 
señaló á la de la verja, — es usted el que 
tiene que valerse. ¿No es usted hombre? 
¿No ha de poder un hombre recoger sus 
fuerzas y su voluntad y cumplir un propó- 
sito? Si yo no fuera mujer, me asociaría 
á usted para trabajar juntos en la restau- 
ración de Landrey; hasta me divertiría la 
empresa. Su delicadeza de usted debe 
hacerle comprender que no puedo en esta 



ÉL TESORO t>£ GASTÓN 171 



ocasión olvidar la reserva propia de las 
faldas. Ni aun como consultora me gusta- 
ría que, en lo sucesivo, acudiese usted á 
mí. Le queda á usted trazada una línea de 
conducta, ó mucho me engaño, ó puede 
seguirla solo. ¿Qué, no será usted capaz 
de remediarse? Porque entonces... 

— ¿Y esa línea de conducta? — murmuró 
él con tierna sumisión. 

—Ya lo sabe usted; volverse del revés 
como un guante. Era usted gastador y ha 
de ser económico; era usted confiado, y ha 
de ser receloso; era usted dormilón, y ha 
de ser madrugador; era usted perezoso, 
y ha de ser activo ; era usted un vago, y 
ha de trabajar diez horas diarias, pape- 
lear, hacer números, sepultarse en las 
cuentas hasta el cogote... No ha de fiar 
usted á nadie sus asuntos, y no ha de per- 
der ni un día en caprichos. El venir aquí 
es capricho también. Pase hoy, porque 
hablamos de cosas serias; mas si le ocurre 
jugar al picadero con Miguelito, yo no he 
de prestarme á ello. ¡ Usted ya no es due- 
ño de un minuto! 

— Pero, Antonia, — objetó Gastón con 
humorismo, — lo que me aconseja usted 



172 EMILIA PARDO BAZAN 



estaría en carácter si yo tuviese aún mi- 
llones que administrar. Los que me des- 
pojaron me quitaron esas ansias. A fe que 
bien libre me encuentro. 

— Ese es el error, — exclamó Anto- 
nia — No hay semejante ruina. Lo que 
han hecho es embrollarle de mala ma- 
nera sus asuntos ; desean come'rsele hasta 
los huesos; pero apostaría lo que no tengo 
á que si usted se lo propone, los desem- 
brolla. Usted mismo reconoce que no ha 
podido gastar, de ningún modo, lo que le 
da por invertido el peje de Uñasín. Si se 
cruza usted de brazos, claro es que acaba- 
rán por llevárselo todo. ¿Quiere oir lo que 
yo haría en su caso? 

— Como que he de acatar á ciegas lo 
que usted disponga, — declaró Gastón, que 
se sentía revivir. 

—Pues halague usted á Lourido; déle 
á entender que conseguirá cuanto desee; y 
únicamente pídale luz para desenredar lo 
de Madrid. Sírvase de un bribón contra 
otro bribón. Esto es lícito, y como no se 
trata de hacer ninguna picardía... Lourido 
es hombre que oye crecer la hierba; posee 
gran aptitud para los negocios; en otro 



EL TESORO DE GASTON 173 



campo que la Puebla, tendríamos en él á 
uno de esos reyes de la banca, que sudan 
oro. Utilice usted á Lourido para meter 
al de Madrid en cintura. Estudie con 
Lourido el problema, y cuando se empa- 
pe bien en las doctrinas de ese maes- 
tro, (para el caso presente es que ni de 
encargo), haga usted la maleta y váyase 
á Madrid á empezar á devanar el ovillo. 
Después de poner orden allá, puede 
dedicarse á lo de aquí. A Landrey, hoy 
por hoy, debe usted mirarlo como cosa 
secundaria. 

— A todo esto, Antonia, — interrogó 
Gastón que había bebido ávidamente las 
palabras de la viuda, — no me dice usted 
nada de... lo principal. 

— ¿Á qué llama usted lo principal? 

— Al tesoro. 

— ;Lo principal el tesoro? ¡Ay Dios 
mío! Me temo que desde hace media hora 
estoy predicando en desierto. 

— ¿Cree usted que el tesoro es una pa- 
traña? Dígalo en seguida... y no pensaré 
en él más. 

— Mi opinión, — respondió Antonia 
pausadamente, — es que el tesoro existe. 



174 EMILIA PARDO BAZAN 



— ¡Ah! — gritó Gastón,, viendo ya re- 
lucir el oro y fulgurar las pedrerías. 

— Que existe... y que no debe usted 
buscarlo ! 

— ¿Cómo es eso? — interrogó Gastón 
sorprendidísimo, aunque iba acostumbrán- 
dose á la originalidad de su consejera y 
amiga. 

— Verá... Primero le diré por qué su- 
pongo que existe el tesoro. No cabe ni 
dudar que existía cuando su bisabuelo de 
usted escribió el documento y trazó el 
plano encerrado en la caja de plata. Un 
padre no engaña á su hija querida desde 
el lecho de muerte. El relato de doña 
Catalina tampoco es quimera de su ima- 
ginación debilitada por la edad: lo que 
le contó á usted está de acuerdo con lo 
que sabe Telma y consta por tradición, 
— la quema de papeles, el desafecto de 
don Martín á su hijo, su preferencia por 
la hija que le acompañaba. — Desde que 
eso sucedió han pasado sesenta años, y 
ha estado el castillo en poder de mayordo- 
mos y caseros. Ninguno de ellos se ha he- 
cho millonario ni ha derrochado caudales: 
luego ninguno ha descubierto el tesoro... 



EL TESORO DE GASTON 175 



— :Y Lourido? — interrumpió Gastón. 

— Ya llegamos á Lourido... Verdad 
que pasa aquí por rico, y lo es hasta 
cierto punto, porque chupó como una 
sanguijuela los bienes de la casa y prestó 
á réditos, y compró á despre- 
cio explotando á los infelices; 
pero así y todo, la riqueza 
de Lourido es riqueza 
de aldea, la hemos 
visto crecer y 
sabemos de dón- 
de procede : si 
hubiese encon- 
trado el tesoro 
prosperaría de 
golpe, y se mar- 
charía de aquí, 

porque su mujer y su hija Flora ra- 
bian por volar á otras esferas... ¡Tam- 
poco Lourido ha encontrado el tesoro, 
aunque bien lo buscó!... 

— ¿Que lo ha buscado? — preguntó 
Gastón estremeciéndose al ver confirma- 
das sus sospechas. 

— Ya lo creo... Yo trato poco á lo que 
aquí se llama señorío, pero hablo muchí- 




176 



EMILIA PARDO BAZAN 



simo con los aldeanos... y ellos, á su ma- 
nera, todo lo husmean y todo lo saben. En 
esta comarca, el secreto del tesoro es un 
secreto á voces. Lourido ha practicado 
varias excavaciones ocultamente, y las 
gentes piensan que lo que busca son las 
joyas que la Reina mora llevó al sepulcro. 
Me he reído de esas joyas y de la creduli- 
dad de los labriegos mil veces, porque no 
sabía lo que usted acaba de confiarme. 
Hoy comprendo que Lourido tenía olfato. 
Que por ahora nada consiguió encontrar, 
me lo prueba además otra razón: el 
empeño que demuestra en hacerse con 
el castillo de Landrey. Dueño del cas- 
tillo, lo arrasará y no parará hasta acertar 
con el tesoro, que le trae loco de co- 
dicia. 

— Bien, Antonia; todo eso está divina- 
mente deducido, lo que no parece es la 
razón de que yo no realice, en uso de 
mi derecho, lo que no consiguió Lourido, 
. — exclamó Gastón respirando. 

—La razón... ¡Ay! ¡y qué empedernido 
está usted; qué difícil va á ser que usted 
se enmiende! — declaró la viuda con pena 
y hasta con cierto tedio, que mortificó 



EL TESORO DE GASTON 177 



á su amigo. — La razón es que el te- 
soro supone para usted lo desconocido 
y lo fantástico, el golpe de varilla de las 
comedias de magia, la suerte que nos 
coge dormiditos y nos echa encima los 
bienes como podría echarnos un cubo de 
agua... ¡Valiente gracia haría usted si des- 
cubriendo el tesoro repusiese su caudal! 
¡Valiente hombrada! Después de todo, 
el caudal es lo que menos importa. Su 
alma de usted, su conducta, su regene- 
ración por el trabajo y por una vida 
que no redunde en daño y en perver- 
sión de usted mismo y también de los 
demás, es aquí lo que interesa, al menos á 
mi parecer... y habíamos quedado en que 
yo era el juez de este litigio... ¿ó se vuel- 
ve usted atrás? 

— No, — respondió Gastón enérgica- 
mente, con involuntario esfuerzo. — A us- 
ted me encomiendo, y se me figura que 
he comprendido bien sus indicaciones y 
que las voy á seguir de tal manera... que 
usted misma se admirará. 

— ¡ Quiéralo Dios ! Pues, siendo así, el 
tesoro, — lo repito, — significa para usted 
algo insano, una especie de lotería con 
23 



I78 EMILIA PARDO BAZAN 



que cuenta para remediar males que causó 
su imprevisión y su vida loca. Si aspira á 
que yo le estime... dejará en paz el tesoro. 
Esas cosas que se deben al azar, se agra- 
decen cuando el azar quiere enviárnoslas, 
pero no se buscan ; buscarlas sería seguir 
las huellas de Lourido... y usted no ha de 
proponerse tal modelo. 

Gastón calló. Sentíase subyugado por 
aquella mujer animosa, en quien tenía que 
reconocer la superioridad del criterio y la 
firmeza de la voluntad. Este sentimiento 
iba acompañado, preciso es reconocerlo, 
de cierta humillación. No podía dudar 
que Antonia manifestaba ideas dignas de 
un hombre, y que todo aquello debería él 
haberlo discurrido antes, en vez de dor- 
mirse al arrullo del goce y en el seno de 
la pereza y la indolencia. 

— ¡ Qué lección me está dando ! — pen- 
saba. — ¡Parece que veo en un espejo la 
cara del ser más inútil de la tierra! ¡Pero 
yo le demostraré á Antonia que también, 
cuando llega el caso, sé dominar las cir- 
cunstancias ! Y á fe que he de averiguar si 
la que me administra estos sabios consejos 
tiene en ese cuerpo tan sano y tan hermo- 



EL TESORO DE GASTON 179 



so algo que se parezca á un corazón... Por- 
que hasta hoy, al menos para mí, se me 
figura que no existe en Antonia tal viscera. 

Mientras la ingratitud y la fatuidad dic- 
taban al mal convertido Gastón semejan- 
tes reflexiones, Antonia, como si quisiese 
confirmar la opinión de su amigo acerca 
de su despego é insensibilidad, añadió: 

— Ya he dicho á usted cuanto se me 
alcanza acerca de su situación actual. Si 
usted es capaz de penetrarse bien de todo 
ello, no necesita que insista; y si no... 
cuanto yo porfiase sería machacar en hie- 
rro frío. Creo que usted no gustará de 
machaquerías. Además, á un hombre de 
la edad de usted... no se le lleva de la 
mano. Si quiere hacerme á su vez un fa- 
vor, evitar que mi nombre ande en len- 
guas, dejará de venir definitivamente. La 
malicia grosera de las aldeas no sé si es 
más terrible que la malicia sutil é inge- 
niosa de los pueblos grandes. Si usted es 
sincero conmigo, me confesará que tiene 
motivos para darme en esto la razón. 

— Es cierto, Antonia,— contestó noble- 
mente el señorito de Landrey. — Aún hoy 
á la salida de misa, unas bocas pecado- 



iSo EMILIA PARDO BAZAN 



ras... Pero, en último término, — añadió 
dejándose llevar del atractivo poderoso 
que sobre él ejercía Antonia, — ¿qué nos 
importa? ¿Quién tiene derecho á fiscali- 
zarnos? ¿No somos libres? 

— Nadie es libre... — tartamudeó Anto- 
nia, cuya voz temblaba, — y usted menos 
que nadie, ¡Tiene usted que levantar su casa 
y su apellido ! A esa tarea, dedique usted 
todo el tiempo, toda la energía de que sea 
capaz. Venir aquí es una distracción como 
otra cualquiera. No conviene que usted se 
distraiga... Y por último, yo deseo que no 
venga... y usted debe respetar mi deseo. 

— Lo respetaré, Antonia; se lo prometo, 
ya lo verá, — contestó él con un tono que 
parecía frío, y no era sino el velo de un 
despecho profundo y doloroso. 

La tarde última que Gastón pasaba en 
el jardín de la quinta se acabó triste- 
mente. Antonia se esforzaba por reani- 
mar la conversación, pero el señorito de 
Landrey se había encerrado en un mutismo 
displicente. Cuando se retiró, apenas es- 
trechó la mano de su consejera; á Migue- 
lito, en cambio, le apretó contra el corazón 
y le besó arrebatadamente en los ojos. 



XII 



Táctica \J estrategia 



Gastón cumplió su promesa de ir á 
comer al día siguiente con la familia de 
Lourido ; acogiéronle al pronto con cierta 
hostilidad, pero la escena cambió, aun no 
bien el señorito de Landrey, sentado á la 
izquierda de Florita, armó con la mucha- 
cha una escaramuza de coqueteos, tan 
marcados, que extrañaron á Concha y 
regocijaron al Alcalde y á la Alcaldesa. 
Saltaba á los ojos: ¡el señorito cortejaba 
á la niña ! ¡ Y qué bien se insinuaba, y 
cómo sabía asestar los tiros, y de qué 
expresivo modo manifestaba la impresión 
producida por la belleza de Flora! Ésta, 



182 EMILIA PARDO BAZAN 



de puro engreída, no tocaba á los platos: 
y Concha, con su buen humor invencible, 
la soltó esta pulla en seco: 

— ¿Qué santo es hoy, Flora? Como veo 
que ayunas al traspaso... 

No por eso recobró el apetito la inter- 
pelada; tal era su embeleso al recibir las 
ojeadas incendiarias y las atenciones cons- 
tantes de Gastón, que al servirla, al bro- 
mear con ella, adoptaba lánguidas acti- 
tudes de galán deseoso de disimular su 
inclinación y que no lo consigue. Sofo- 
cada bajo la espesa capa de polvos de 
arroz, Flora comparaba al juez municipal 
con aquel apuesto y arrogante caballero, 
cuyos modales respiraban distinción y 
desenfado gracioso, cuya ropa trascendía 
á no sé qué perfume tenue y fino, y que 
era además el señorito, el dueño de Lan- 
drey, el personaje más eminente que 
había encontrado en su camino, un ser 
distinto de los otros... También al Al- 
calde le chispeaban los ratoniles ojillos. 
¿No era aquello, aquello mismo, lo que él 
se había atrevido á soñar, un día en que 
recontaba su ya orondo peculio... pero 
como se sueña el golpe más inesperado 



EL TESORO DE GASTÓN 183 

de la suerte, que puede venir y sin em- 
bargo, juraríamos que no vendrá? ¡Flo- 
rita señora de Landrey! ¡Qué diablo! 
|Para eso ha exprimido el padre el limón 
del préstamo; para eso ha bebido el sudor 
de los braceros y las lágrimas de los huér- 
fanos y las viudas; para eso sabe hacer 
que, en el plazo de un año, una onza se 
doble y arroje á la partida del haber 
treinta y dos duros 1 

Al terminarse la comida, Flora dió 
señales de querer arrastrar á Gastón á la 
senda de perdición del piano; pero el se- 
ñorito de Landrey, como quien realiza un 
esfuerzo, rogó á Lourido que le conce- 
diese una entrevista, para hablar de ne- 
gocios. Encerráronse en el despacho, y 
Gastón, con abandono lleno de confian- 
za, enteró á don Cipriano de lo que le 
sucedía. 

— Al encontrarme, don Cipriano, con 
que le debo á usted cinco mil duros... 
ó tal vez más... quisiera pagárselos inme- 
diatamente, bien lo sabe Dios, pero si 
no saco á subasta las tierras y el casti- 
llo, lo cual dice usted que sería un des- 
acierto... 



184 EMILIA PARDO BAZAN 



— |Un sin pies! — exclamó el usurero, 
que creía decir un ciempiés. 

— Bueno, si yo lo creo también... — de- 
claró Gastón con ingenuidad. — Pero re- 
pito que, á no cometer ese sin pies... no 
sé cómo arreglarme. Resulta que, en Ma- 
drid, mis asuntos están peor que aquí 
todavía. Se me figura que no ha tenido 
acierto mi apoderado, el señor de Uña- 
sín, sujeto por otra parte honradísimo... 
y que me ha metido en un lío muy gordo. 
Y como usted es tan inteligente, vengo 
á consultarle... ¿Quiere usted enterarse de 
este legajo? 

Contenía el legajo los estados de cuenta 
y los comprobantes remitidos por Uñasín 
para su revisión y aprobación, y que el 
señorito de Landrey había recibido en 
uno de los últimos correos, acompañados 
de una carta muy melosa, en que el buitre 
solicitaba que se le devolviesen cuanto 
antes legalizados y en forma, « al objeto 
de aplacar á los acreedores, que están ve- 
nenosos.» Lourido, con rapidez febril, 
tomó aquel mazo de papeles, y empezó 
á examinarlo hoja por hoja, apasionada- 
mente. 



EL TESORO DE GASTON 185 



— Si quisiera usted enterarse despacio... 
— dijo con indiferencia Gastón, — la ver- 
dad... como me aburre todo esto de los 
negocios... preferiría que usted se batiese 
ahí con esos mamotretos... y yo me volve- 
ría á la sala... He dejado á sus hijas con 
la palabra en la bocal... Antes de subir á 
Landrey, volveré á ver 
qué ha sacado usted en 
limpio... 

Y con el aire del que 
consigue sacudirse una 
mosca, corrió á la sala, 
mientras Lourido se res- 
tregaba las manos de 
gozo... 

Cuando Gastón , al 
anochecer, se presentó 
otra vez en el despacho, Lourido le aco- 
gió con una explosión de indignación 
exagerada y de satisfacción irónica; y 
riendo y gruñendo á la vez, exclamó: 

— ¡ No es mal punto filipino el apode- 
rado general! ¡Honradísimo... sí, buena 
honradez nos dé Dios! ¡Yo ya me lo 
había tragado, por cosas que me pasaron 

con él; pero no creí que gastase tanta 
24 




l86 EMILIA PARDO BAZÁN 



envilantezl ¡Amañados le ha puesto los 
asuntos, señorito... amañados 1 Ni una 
madeja dada al gato... 

— ¿De modo que... estoy arruinado sin 
remedio? — preguntó Gastón. 

— ¡ Quiá ! ¿Me chupo yo el dedo? Si me 
deja estudiar este protocolo unas horitas 
más.., le diré cómo ha de hacer para em- 
pezar á salir del pantano. Las cosas es me- 
nester darlas cinco vueltas. Al principio 
todo parece el mundo universal, y des- 
pués resulta una cunea de mijo menudo. 

— Verá usted, — dijo Gastón con el 
mismo abandono. — A mí ya se me había 
ocurrido que aquí podía haber mácula... 
sólo que no sabía cómo defenderme. Y, la 
verdad: hoy sentiría quedar pobre; estoy 
cansadísimo de la vida de soltero, y 
deseo establecerme aquí, en este país tan 
precioso, en esa casa vieja de Landrey, 
que usted sostuvo y yo quisiera arreglar... 
Una mujer sencilla, una joven linda y 
honesta, ajena á los engaños y á las lo- 
curas de la corte... — añadió como absorto 
y hablándose á sí mismo. — ¡ Pero casarse 
sin tener pan!... No. Lo que haré, si no 
puedo salvar nada de mi hacienda, será 



EL TESORO DE GASTON 187 



irme á cualquier parte con un destine i:e 
me den mis amigos de Madrid... 

— ; Jesús, señorito l Déjeme á mí, guíese 
por mí, que le aseguro que hemos de salii 
avante... Esta noche me peleo con los 
papeles, y rr. anana venga aquí, que le 
diré... 

— Pensaba venir de todos modos, porque 
sus hijas ce usted quieren \ : e derr.es un 
paseo y que nos embarquemos á pescar 
panchos.,. — respondió Gastón con alegría 
descuidada, propia de un muchacho de 
diez v se:s años á lo sumo. 

Al retirarse Gastón, conferenció la fa- 
milia Lourido, — excepto Concha, á quien 
despidieron á sa cuarto por sospechosa y 
recalcitrar. :e. — r.ts it *.a : inferen-::: 
que la Alcaldesa, y sobre todo, como era 
natural, Florita, habían notado en el dueño 
de Landrey seña" es del más fino enamo- 
ramiento; lo cual, junto á las palabras 
que se le habían escapado en el despa- 
cho de Lourido, calentó Las cabezas, y 
dió tela para fantasmagorías del porvenir. 
Sin embargo, ni Flora ni su madre po- 
dían ver en aquellas risueñas perspecti- 
vas lo que veía don Cipriano; el tesoro 



l88 EMILIA PARDO BAZAN 



enterrado en las fundaciones de Landrey, 
y cuya búsqueda y descubrimiento serían 
lícitos ya y podrían realizarse sin temor, 
cuando se hiciesen á nombre del amo, 
pero el amo casado con la hija del ma- 
yordomo... Así aquella misteriosa riqueza 
soterrada y oculta en las entrañas de pie- 
dra de Landrey actuaba sobre la mente 
de cuantos sospechaban su existencia, 
y guiaba sus determinaciones, según la ca- 
lidad respectiva de las almas, impulsando 
á Antonia á aconsejar el desprendimiento, 
y á Lourido á abrazar la causa de Gas- 
tón y luchar desde lejos, oponiendo su 
penetración y socarronería galaica á las 
artimañas de Uñasín... 

Transcurrieron varios días, durante los 
cuales Lourido papeleó mucho y celebró 
varias conferencias con Gastón, informán- 
dose de pormenores que importaban á los 
asuntos pendientes. En esta primer cam- 
paña demostró Lourido una perspicacia, 
un instinto para los negocios, que asom- 
braron al señorito; en otro medio, aquel 
usurero de aldea se hombrearía con los 
negociantes que subyugan una plaza co- 
mercial y hacen brotar millones donde 



EL TESORO DE GASTON 189 



sientan la planta; además, había en él 
la aptitud innata de una raza cautelosa, 




de una tierra en que todos saben derecho 
y son capaces de retorcer el argumento al 
abogado más sutil. — Mientras el mayor- 
domo iba poniendo en claro los intrinca- 



190 EMILIA PARDO BAZAN 



dos negocios de Gastón, éste, afectando 
un desdén olímpico hacia la cuestión de 
interés, aprovechaba las ocasiones de es- 
caparse á charlar con las muchachas, es 
decir, con Florita, de quien era ya de- 
clarado galán; y cada día inventaban 
paseos y correrías por los montes y la 
playa, partidas de pesca ó meriendas en 
algún soto, que hacían retorcerse de celos 
al juez municipal, antes preferido y hoy 
desdeñado adorador de la linda rubia. 
En la Puebla no se hablaba de otra cosa 
más que de los amoríos del señorito de 
Landrey con la hija de su mayordomo, 
creyéndose muy próxima una boda que á 
nadie sorprendía, dada la fabulosa riqueza 
que las exageraciones lugareñas atribuían 
á Lourido. Sólo Telma, con esa libertad 
de expresión que adquieren los criados 
antiguos, echaba de vez en cuando á su 
amo indirectas transparentes y muy agrias. 
— ¡Qué hubiese dicho la señora Comenda- 
dora si ve á su sobrino arrimarse á aque- 
lla casta cochina de Lourido, que había 
entrado en el castillo con andrajos, en 
pernetas, y ahora estaba gordo á fuerza 
de chupar el jugo á sus amos ! 



EL TESORO DE GASTON 191 



A estas salidas de la vieja criada con- 
testaba Gastón con risas y bromas, y algu- 
na vez con abrazos expansivos y fuertes, 
pues había llegado, en aquella soledad, á 
cobrar intenso cariño á Telma, dando todo 
su valor á la abnegación incondicional 
de un ser cuya vida había absorbido por 
completo la casa de Landrey, sin que 
pidiese á esta casa más de lo que pide la 
hiedra al muro: adherirse. — Entre las mu- 
chas ideas nuevas que iban abriéndose 
paso en el cerebro de Gastón, figuraba la 
del derecho de toda criatura humana; y 
Telma, que antes era para él algo como 
un objeto que se había acostumbrado á 
ver, convertíase en persona. Siempre la 
había tratado con dulzura, y ahora la 
respetaba... interiormente, con un respeto 
piadoso; y el día en que llegó á esta 
altura cristiana y moral — respetar á su 
criada — Gastón sintió una alegría secre- 
ta, y subiéndose á la torre de la Reina 
mora, asestó el anteojo al jardín de Anto- 
nia, y vió en él á Miguelito jugando con 
Otelo. — La viuda no apareció; estaría re- 
tirada, de seguro trabajando. 

Lourido entretanto llegaba á dominar 



192 EMILIA PARDO BAZAN 



la cuestión encomendada á su tacto y á 
sus luces. Como el explorador que pene- 
tra en una selva y va cortando con el 
hacha lo que se opone á su paso, abríase 
camino á través de los obstáculos hacina- 
dos por Uñasín. Aislando cuestiones, po- 
día afirmar ya que con los datos existen- 
tes, y mucha energía, Uñasín no tendría 
más remedio que vomitar lo que había 
querido zamparse; la casa de Landrey, 
descalabrada, pero viva. Era preciso sa- 
crificar más de una tercera parte, y las 
otras dos saldrían á flote, gravadas con 
algunos créditos é hipotecas que no sería di- 
fícil ir descargando... — ¡ El señorito encon- 
traría quién le prestase dinero en mejores 
condiciones ! — exclamaba fervorosamente 
Lourido, dando á entender, en frases que 
querían ser reticentes y veladas, pero más 
claras que tela de cedazo, lo que podía 
esperar Gastón elevado á la categoría de 
yerno suyo, y cuando el liberar la hacien- 
da de Landrey fuere salvar el patrimonio 
de los descendientes de don Cipriano... 

Gastón lo aprobaba todo, aunque ente- 
rándose menudamente: nunca discípulo 
preguntó más, ni escuchó con mayor aten- 



EL TESORO DE GASTON 193 



ción á un maestro. Como si sufriese el 
ascendiente de la inteligencia y el conta- 
gio de la actividad del Alcalde, poco á 
poco había ido tomando la costumbre de 
trabajar con él primero una hora, luego 




hasta tres, sin prescindir por eso de las 
expediciones y los correteos á pie y en 
pollino, acompañando á Florita. En las 
horas de despacho ahondaba en lo que le 
importaba mucho, pertrechándose á fin de 
realizar el indispensable y urgente viaje á 
Madrid, en que debía consultarse con un 
25 



194 



EMILIA PARDO BAZAN 



abogado de fama y pelear con Uñasín 
cuerpo á cuerpo. Don Cipriano le amaes- 
traba, le ponía los puntos sobre las ies, le 
hacía fijarse especialmente en las mil vuel- 
tas que jurídicamente cabe dar á una mis- 
ma cuestión. Las cataratas se le caían al 
señorito de Landrey. No sólo iba viendo 
la explotación de que era víctima, sino el 
tejido fuerte y mañoso de la red en que 
le envolvían, y el modo de romper las 
mallas y sacar fuera la cabeza para respi- 
rar y las manos para concluir de rasgar 
la odiosa prisión. Y constituía la nota 
cómica la indignación de Lourido al de- 
mostrar las arterias y habilidades de Uña- 
sín. Sus exclamaciones podrían traducirse 
de esta manera: 

— ¡Lástima no habérseme ocurrido esa 
treta á mil [Buen golpe para que lo diese 
el presente maragato! 

Cuando Gastón se creyó impuesto en 
todo lo necesario, dejó á Telma guardando 
el castillo y salió hacia Madrid, donde es- 
peraba no perder tiempo. Florita, desde su 
marcha, guardó un retraimiento absoluto; 
economizó más de una fanega de harina, 
por lo que dejó de empolvarse; otorgó 



EL TESORO DE GASTON 195 



treguas á su hermoso pelo rubio, no mar- 
tirizándolo con las tenacillas; aflojó tres 
dedos el corsé; se dió tono anticipado de 
viudita noble, y hasta se prestó á acom- 
pañar á la iglesia, muy de velo á la cara, 
á su hermana Concha, organizadora de 
una esple'ndida novena, con gozos, á la Pa- 
trona de la Puebla. Allí tuvo el gusto de 
mirar con fisga á Antonia Rojas, que con- 
curría á la novena todas las tardes y que 
aparecía algo descolorida y menos anima- 
da que de costumbre. 



XIII 



61 aro de oro 



Poco más de un mes estuvo en Madrid! 
Gastón, y la tarde en que regresó, al ver 
á Telma que había salido á esperarle, la 
abrazó con tanto cariño, que la vieja sir- 
viente se deshizo en llanto. El señorito 
venía muy diferente: ¡qué formal, qué 
aplomado, qué hombre! 

Al otro día de la llegada, Gastón em - 
pezó á dar órdenes para arreglar las habi- 
taciones del castillo y reparar lo que 
era más urgente que se reparase. Los 
muebles de comodidad, las ropas, el ajuar 
todo, llegarían en breve por el ferrocarril: 
Gastón levantaba su apeadero de Madrid 



I98 EMILIA PARDO BAZAN 



y se traía el mobiliario: además había 
adquirido muchas cosas, no de lujo, pero 
necesarias. Albañiles y carpinteros empe- 
zaron á arreglar los techos y pisos del 
Pazo y de la capilla, cerrada desde tiem- 
po inmemorial, en cuyo magnífico retablo 
barroco anidaban las palomas y las golon- 
drinas, y en cuyo pulpito se guarecía una 
tribu de ratones. 

Corrió una semana, y como Gastón no 
hubiese bajado á la Puebla, ni dado seña- 
les de existir para la familia de don Ci- 
priano, Florita, que se engalanaba todos 
los días inútilmente, tuvo un ataque de 
nervios y un soponcio, y el Alcalde, caba- 
llero en su yegua, subió lleno de inquie- 
tud la calzada pedregosa. Recibióle Gas- 
tón con afabilidad, celebró que se le 
hubiese ocurrido venir, y le obsequió con 
vino y bizcochos; después se encerraron 
los dos en el aposento que el señorito de 
Landrey empezaba á utilizar para despa- 
cho, instalando en él estantes con libros 
y papeles y una mesa ministro. La ence- 
rrona duró más de dos horas, y al cabo 
de ellas salió Lourido en un estado digno 
de lástima: desemblantado, mortecino de 



EL TESORO DE GASTON 199 



ojos, gacho de orejas, hasta temblón de 
manos; y Telma, que corrió á ordenar 
que le trajesen la yegua á la puerta del 




Pazo y le tuviesen el estribo, notó que 
dos ó tres veces volvía la cabeza el Alcal- 
de y miraba atrás crispando los puños, 
como el que quiere comerse con la vista 
y el deseo á algo ó á alguien... 



200 EMILTA PARDO BAZAN 



Dos días después — era domingo — Mi- 
guelito, que se entretenía en botar al agua 
una lucida escuadrilla de barcos de papel 
en el pilón de la fuente, sintió que unas 
manos se le apoyaban sobre los ojos, y 
una voz le decía: 

— ¿Quién soy? 

— ¡Gastón, Gastón! — chilló el niño 
desprendiéndose y volando hacia la casa. 
— ¡Mamá! ¡Está aquí Gastón! 

Antonia Rojas tardó poco en aparecer: 
Gastón la saludó con efusiva alegría, y la 
miró á la cara fija, larga y tiernamente, 
encontrándola desmejorada y delgada, 
como persona que ha sufrido. 

— ¿Ha estado usted enferma? — pre- 
guntó afanosamente el señorito de Lan- 
drey, dirigiéndose al sitio donde acostum- 
braban charlar, á los asientos cerca de la 
fuente. 

— Enferma, no... — respondió débil- 
mente Antonia, que sin embargo hablaba 
con voz quebrantada y tenía apagada la 
claridad de sus hermosos ojos y el antes 
vivo carmín de su encendida boca. — Es 
un poco de debilidad, ó yo qué sé... En 
resumen, nada. Vamos á ver, hábleme 



EL TESORO DE GASTON 201 



usted de sus asuntos... Vuelve usted de 
Madrid... Supongo que ha arreglado algo... 
No habrá perdido el tiempo... 

— ¡Antonia, Antonia! — respondió Gas- 
tón que parecía enajenado. — Sí, lo he 
perdido,.. He perdido todo el tiempo que 
transcurrió entre este día y aquel en que 
usted me desterró de su casa... He perdi- 
do todo el tiempo que no pasé cerca de 
usted..., pero he de enmendarme ¡vive el 
cielo ! y ahora será preciso que usted me 
permita estar á su lado... por... por largos 
años... {Quiere usted? 

La palidez de Antonia se convirtió en 
un rubor vivísimo; cayó sobre sus ojos 
garzos la cortina sedosa de sus párpados, 
y sólo la agitación de su seno respondió 
á la apasionada pregunta del señorito de 
Landrey. 

Rehaciéndose al fin, pudo articular no 
sin mucha confusión y vergüenza: 

— No entiendo... ¿De qué se trata? 
No creo que pague mi amistad con una 
ofensa ni con una chanza de mal gusto ! 

— ¿De qué se trata? De que si antes me 
alejó usted por evitar que nuestra amistad 
escandalizase á estas buenas gentes, hay un 
26 



202 EMILIA PARDO BAZAN 



medio de que mi presencia aquí, en vez 
de escandalizar, edifique! ]De que todos 
la comprendan, la aprueben y la envidien 
quizás!... Antonia, ¡cuánto tiempo hace 
que sabe usted lo que ahora está oyendo! 

La viuda, con poderoso esfuerzo, se 
serenaba completamente. Sin necesidad 
de poner la mano sobre el corazón, había 
aquietado sus latidos mediante uno de 
esos actos de voluntad, cuyo secreto po- 
seen las naturalezas enérgicas y resigna- 
das á la vez. Su animosa y franca sonrisa 
volvió á jugar en la boca expansiva y gran- 
de y en los ojos garzos que se fijaron 
tranquilamente en los de Gastón, can- 
dentes de entusiasmo y de brío juvenil. 
Y revelando en su voz calma y dignidad, 
contestó despacio: 

— Hace tiempo que sé que usted... ha 
visto en mí algo más... ó algo menos que 
una amiga... y por eso le rogué que no 
menudease las visitas, y, últimamente... 
es decir, mucho antes del viaje... que las 
suprimiese por completo. Aun cuando 
usted no demostrase... tanta complacen- 
cia en venir, le hubiese rogado lo mis- 
mo, por mil razones de prudencia. Pero... 



EL TESORO DE GASTÓN 203 



después de que usted, á ruegos míos, se 
alejó de aquí... han sucedido muchas 
cosas I 

— ¿A usted, Antonia? — interrogó Gas- 
tón con ansiedad. 

— A mí, no. Yo he seguido mi vida de 
siempre. A usted... 

— Es cierto, — declaró él tranquilizado. 
— Mi suerte ha cambiado por completo 
de faz, y á usted lo debo, Antonia del 
alma! Me creía pobre, arruinado, hasta 
cargado con deudas mayores que mi 
haber... y gracias á sus discretos consejos, 
á sus sabias lecciones, me encuentro 
dueño de gran parte de ese caudal que 
juzgaba perdido, y lo que es mejor, libre 
de trampas y ahogos, sin depender de 
nadie para nada. Esto sólo ya sería deber 
á usted un beneficio inmenso,.. Pues falta 
lo mejor, el mayor bien que usted me ha 
dispensado ! Yo era un hombre inútil, un 
ocioso vividor, que si no tenía los instin- 
tos del vicio, había adquirido los hábitos 
de disipación que conducen á él insensi- 
blemente. Usted me ha despertado, me 
ha iluminado y me ha hecho reflexionar 
sobre mi propio destino. Me he visto y 



204 



EMILIA PARDO BAZAN 



me he avergonzado de verme. Me he 
comparado con usted y me he sonrojado 
de quererla valiendo tan poco. Me he 




propuesto merecerla á usted cambiando 
de vida y de costumbres. Hoy podría vol- 
ver á mis antiguas mañas ; con lo que he 
salvado del naufragio tengo para reingre- 
sar en las filas de la vagancia elegante. 
En vez de hacerlo, me vengo á Landrey 



EL TESORO DE GASTON 205 



á restaurar la vieja casa de mi familia, no 
por vanidad, sino para conseguir, ayuda- 
do de usted, practicar el consejo de mi 
madre, y ser solamente depositario de mi 
riqueza... 

Escuchaba Antonia con la mirada bri- 
llante, los labios entreabiertos como para 
beber el maná de aquellas deliciosas pa- 
labras: su expresión era de felicidad pro- 
funda, incontrastable. Sin embargo, un 
pensamiento que cruzó por sus ojos los 
oscureció repentinamente. Afirmando con 
trabajo la voz que la emoción enronque- 
cía, preguntó: 

— ¿Cómo ha salvado usted su hacien- 
da? Deseo saberlo. ¿De qué medios se ha 
valido usted para poner á Lourido suave 
como un guante? 

Algo confuso, Gastón se preparó á en- 
tonar el mea culpa. 

— Antonia, voy á ser con usted en- 
teramente leal... porque ya la considero 
á usted como á mi propia conciencia .. 
Cuando la pedí su parecer y usted me 
trazó con tanto acierto mi línea de con- 
ducta, al pronto me sentí un poco cha- 
fado... sí, chafado, es la verdad... viendo 



20Ó EMILIA PARDO BAZAN 



que una mujer me daba tal lección... 
Puede ser que este mal sentimiento no 
durase un minuto, si usted no me ordena, 
á renglón seguido, que no aportase por 
aquí... Esta orden, ¡cuyas razones com- 
prendo! hirió mi amor propio: yo creía 
que usted debía sentir algo por mí, aun- 
que sólo fuese una amistad tierna... y 
tanta entereza y tanta frialdad me irrita- 
ron... En fin, salí de aquí contrariado y 
con ganas de hacer á usted sufrir en su 
vanidad de mujer... para averiguar si me 
quería un poco... ¡Ya ve si hay en mí 
fondo de tontería y de malos instin- 
tos I... Me propuse que usted rabiase... y 
al mismo tiempo... que me tuviese por 
listo y por mozo de muchas camándu- 
las! ¿No se ríe usted? Pues lo cuento 
para que se ría, no para que se contriste... 

— No me puedo reir, — murmuró An- 
tonia. 

— Bastante castigo me impone usted 
con eso... Abreviando: me metí en casa 
de Lourido mañana y tarde, y mientras 
el padre empezaba á desenredar las tra- 
pisondas de allá, y me imponía de cómo 
era fácil salir de la trampa en que había 



EL TESORO DE GASTON 207 



caído, la hija... se figuró... se persuadió 
de que... 

— ¡ De que usted se casaba con ella ! — 
prorrumpió Antonia como á su pesar y 
no acertando á reprimirse. — Y lo pensó 
todo el país, y se dió por hecha la 
boda... 

— ¡ Antonia, — afirmó Gastón seria- 
mente, — mi falta no es tan grande como 
usted supone!... Ahora conozco que no 
procedí con entera caballerosidad, y que 
no todos los medios son buenos para em- 
pleados; indudablemente, si Lourido no 
se imaginase que yo pretendía á su hija, 
no se tomaría el interés extraordinario 
que se tomó en arreglar mis asuntos... 

— Esté usted cierto de ello. Usted tuvo 
la triste habilidad de engañar á ese bri- 
bón y también á su hija, á una mujer... 
Ahí está un consejo que yo no le había 
dado. 

— ¡Es usted severa y cruel I... Antonia, 
puede usted creerme bajo palabra de 
honor; no he dicho jamás á Flora una 
palabra ni de amores, ni de casamiento. 
Lisonjas, bromas, piropos, tonterías, acom- 
pañarla, sí; otra cosa, no ciertamente. 



208 EMILIA PARDO BAZAN 



Esa familia, desde el punto y hora en que 
me vió y supo mi ruina, que para ellos era 
todavía prosperidad, soñó que me casase 
con Flora, y su obcecación se explica; 
todo lo convirtieron en substancia. — Reco- 
nociendo que estaba en deuda con don 
Cipriano de las enseñanzas que me dió y 
de la labor fina que hizo para romper 
la telaraña de Uñasín, le he firmado 
en un. barbecho sus cuentas, que en 
menor escala eran dignas de las del 
otro, ¡ una gazapera I y en el acto de fir- 
marlas, como he enajenado fincas y tengo 
dinero disponible, le he pagado duro 
sobre duro los seis mil que se lleva de 
bóbilis... Además, pienso enviar á Concha 
un relicario y á Flora un bonito braza- 
lete... ¡que no es el de esponsales, porque 
ese... ese, aquí lo tengo I y le pido á usted 
que sea buena y lo acepte en seguida ¡ en 
prueba de que me perdona ! 

Con un movimiento gracioso, Antonia 
rechazó el delgado aro de oro en que se 
engastaba una gruesa perla, y contestó 
tratando de disimular lo vivo de sus sen- 
timientos: 

— Gastón, no hay resolución impreme- 



EL TESORO DE GASTON 20g 



ditada que no se llore después... Déme 
usted tiempo de reflexionar, y de reflexio- 
nar á solas, consultándome á mí misma... 
Algún castigo merece la travesura de usted 
con Flora... Le impongo ocho días de ex- 
trañamiento. Vuel- 
va usted el domin- 
go que viene... 

— ¡Québarbari- ✓*\> v í "f* 
dad! — gritó Gas- ^ífl 
tón. — jOcho díasl 
Antonia, no voy á tener 
paciencia... ¿Por qué me 
sujeta usted á tal cuaren- 
tena, si se ha conmovido 
usted al verme entrar en el 
jardín? ¡Se ha conmovido 
usted I ¡ Lo he visto ! Y nada; 
como es usted una cabeza 
de hierro, no valdrá que yo 
pida misericordia... 

— No valdría, — respondió Antonia dul- 
cemente. — Es preciso que conozca usted 
bien mis defectos , y se convenza de mi 
testarudez. Así no irá engañado. 

— Pero me voy á aburrir mucho, — de- 
claró Gastón. 
27 




2IO EMILIA PARDO BAZAN 



— La gente sensata y laboriosa no se 
aburre jamás, — dijo sonriendo ella. 

— Pues á lo menos, — imploró Gastón 
viendo al niño que se acercaba dando 
vueltas á una cuerda que hacía restallar 
como un látigo, — hágame usted un favor 
muy grande... Envíeme mañana á Migue- 
lito á pasar conmigo el día... Le prometo 
á usted que no le mimaré ni le levantaré 
de cascos... Le daré de comer cosas sanas... 
Cuidaré mucho de que no se rompa la 
cabeza en los escombros... ¿me promete 
enviármele? 

— Bien, irá Miguelito... No me le vuel- 
va loco... — exclamó festivamente la madre. 



XIV 



¿Vliguelito 



Loco ya, pero de contento, llegó el 
niño á Landrey á cosa de las once, acom- 
pañado de Colasa, encargada también de 
recogerle antes del anochecer, y á quien 
Gastón hizo extensivo el convite, enco- 
mendando á Telma que la obsequiase 
cumplidamente. A medio día se sirvió el 
almuerzo, y Miguelito, estimulado por la 
caminata y la novedad, lo encontró todo 
de ángeles; fué preciso que Gastón le 
contuviese, para que el festín no parase 
en cólico. Después de comer recorrieron 
las habitaciones del Pazo y las ruinas del 
castillo, sin olvidar la vetusta torre en 



212 EMILIA PARDO BAZAN 



que se conocieron, y donde Gastón, en 
un arranque de sensibilidad, besó al niño 
subiéndole en brazos; mas como las tar- 
des de verano son largas, y Gastón desea- 
ba que su convidado no se aburriese un 
minuto, preguntóle: 

— ¿Qué quieres hacer ahora? ¿Quieres 
pasear? ¿Quieres que volvamos á casa, á 
ver las estampas del álbum? 

— Quería, — declaró misteriosamente 
Miguel, — buscar el nido de la coma- 
dreja. Sé dónde está, y mamá no me 
deja volver allí, porque las piedras resba- 
lan mucho, 

— ¿Es junto al río? 

— En el mismo río... Tú no tienes 
miedo, ¿eh? 

— No, mi vida... ¿Y tú, yendo con- 
migo, tampoco lo tendrás? 

— ¡Buena ganal Sin tí no lo tengo... 
¡figúrate los dos! Mira, llevemos palos... 
las piedras resbalan, — repitió Miguel, que 
en realidad sentía una especie de terror 
atractivo al pensar en el resbaladero. 

Preparáronse á la expedición, y Gastón 
guardó en el bolsillo pastas y un vaso, 
para merendar y refrigerarse á orillas del 



EL TESORO DE GASTON 213 



río. Echaron á andar con buen ánimo, 
pero ni uno ni otro sabían el camino, y al 
primer chicuelo aldeano que encontraron 
le comprometieron á que sirviese de guía 
para llevarles al sitio, llamado, según 
informes de Miguel, ó Paso da cova } — el 
Paso de la cueva. — El muchacho, que 
se dedicaba á apacentar unas mansas 
vaquitas, se ofreció á ponerles en direc- 
ción del río, volviéndose después, por no 
separarse del ganado. Orientóles en efec- 
to, y Gastón comprendió que ya no nece- 
sitaba más, pues la bajada al río no ofre- 
cía dificultad seria, y una vez en la 
orilla, todo se reducía á seguir derecho, 
hasta llegar al resbaladero famoso. 

No era difícil la bajada al río, en el 
sentido de que se veía por donde reali- 
zarla; mas lo empinado y agrio del monte 
hacía el sendero casi impracticable: equi- 
valía á despeñarse cabeza abajo, y la seca 
rama de los pinos, llamada en el país 
espinallo, aumentaba el riesgo, haciendo 
resbaladiza la estrecha vereda, buena sólo 
para las cabras, si allí las hubiese, que no 
las hay. Miguelito reía á carcajadas, aga- 
rrándose á Gastón que le sostenía cuida- 



214 EMILIA PARDO BAZAN 



dosamente; y la risa se convirtió en con- 
vulsión cuando el señorito de Landrey, 
en uno de los sitios más peliagudos, cayó 
de espaldas, sentado, y se levantó todo 
cubierto de espinallo, sacudiéndose y exa- 
gerando la queja, para que el chico exa- 
gerase la alegría... 

Cuando llegaron á la margen del río, 
no por eso fué la empresa menos ardua, 
Al contrario: por allí no había camino 
practicable, ni estrecho ni ancho, ni malo 
ni bueno, y era preciso saltar por cima 
de agudos pedruscos, ó abrirse paso difí- 
cilmente entre carrascas y aliagas que 
picaban las piernas. En algunos sitios, lo 
tajado de la orilla y la estrechez del lugar 
en donde con gran trabajo se podía sen- 
tar la planta, ocasionaban verdadero pe- 
ligro, y Gastón, temeroso de una desgra- 
cia, tomaba á Miguelito en brazos y le 
obligaba, á pesar de su resistencia, á 
dejarse conducir fuera del atolladero. El 
chico protestaba, jurando que por allí 
había pasado él con su madre, los dos á 
pie, y «divinamente.» Llegaron á un sitio 
tan propio para romperse las vértebras, 
que Gastón sentía impulsos de desandar 



EL TESORO DE GASTÓN 215 



lo andado y enviar enhoramala la expe- 
dición y el Paso da cova, donde, después 
de todo, no habría más que unas lajas 
resbaladizas como si de jabón las untasen; 
pero el chico era tan resuelto defensor de 
que se terminase la hazaña gloriosamente, 
y Gastón se sentía ya tan padrazo, que no 
hubo remedio sino salvar, medio á gatas, 
el sitio empecatado, del cual salieron con 
las manos arañadas y sangrientas. Al verse 
fuera del apuro, Gastón, respirando, miró 
alrededor, é hizo un movimiento de sor- 
presa, notando algo como involuntario y 
oscuro estremecimiento de todo su ser. 

Hallábanse en un lugar donde, ensan- 
chándose de pronto el álveo del río, 
disminuye en profundidad y es vadeable, 
caso raro en los ríos de Galicia. El agua 
clara y tranquila descubre el lecho de 
arena, y baña suavemente un trozo de 
pradería natural, tendido á ambos lados 
del escarpe del monte. Á la otra margen, 
Gastón veía el principio de un sendero, 
no pendiente y agrio como el que habían 
seguido para bajar, sino asaz cómodo y 
practicable, que se perdía entre los pina- 
res de la montaña. Pero lo que más impre- 



2IÓ EMILIA PARDO BAZAN 



sionaba al señorito de Landrey, era notar 
que, á sus espaldas, sobre una ladera 
escarpadísima, casi cortada á pico, des- 
collaba una torre que conoció: era la de 
la Reina mora. Estaban debajo del vetusto 
torreón, tan á plomo con él, que una 
piedra lanzada de las ventanas hubiese 
podido caerles sobre la cabeza; y sin 
embargo, por aquel lado la torre era 
absolutamente inaccesible: querer subir 
por el tajo á pico sería como intentar 
asirse á una lisa pared de acero. Los que 
sitiasen á Landrey no era posible ni que 
intentasen el asalto del torreón por donde 
cae al río. 

¿Por qué se destacó en el espíritu de 
Gastón esta idea con extremada lucidez? 
¿Por qué la recibió como se recibe á un 
huésped que afanosamente esperamos? Al 
pronto ni lo supo él mismo. Un aturdi- 
miento singular, especie de mareo del 
entendimiento, le dominaba ; y como en- 
tre sueños, al través del zumbido de la 
sangre agolpándose á sus sienes, oía la 
voz del niño. 

— Aquí es, — decía. — Qué bonito, ¿eh? 
Pero no hay resbaladero, ¿sabes? porque 



EL TESORO DE GASTÓN 217 



hoy el río va más crecido y cubre las 
lajas... que son atroces de lisas... Dijo 
mamá cuando estuvimos aquí, que esas 
lajas no las puso Dios, sino que las colocó 
la gente para cruzar á pie 
enjuto, y que deben de tener 
mil años, por lo gastadísimas 
que están... ¡Vén, anda! 
que te enseñaré el Paso 
da cova y el nidal de 
la comadreja... 

No eran ya 
las sienes; era 
el corazón, era 
todo el cuerpo A 
de Gastón lo 
que se agitaba , 
como saturado 
de azogue... La 
idea inicial ha- 
bía sido llamada por las otras, que acu- 
dieron con la rapidez propia de su inma- 
terialidad; y agrupándose como un haz 
de rayos lumínicos, produjeron la claridad 
viva que en aquel instante deslumhraba 
y enloquecía al señorito de Landrey... 
Las palabras del manuscrito de don Mar- 
28 




218 



EMILIA PARDO BAZAN 



tín rodaban por su cerebro á guisa de 
olas encrespadas: «Si guiado por el Nor- 
te siguieres el camino de los antiguos 
en peligro de muerte...» Allí, allí esta- 
ba «el camino de los antiguos;» por allí 
los defensores de Landrey podían no 
sólo bajar á la corriente á surtirse de 
agua, sino escapar, desvanecerse como el 
humo cuando les amenazasen los sitia- 
dores, cruzando el río por las lajas colo- 
cadas á mano, y perdiéndose en el sen- 
dero del otro lado de la montaña cubierto 
de robles y pinos... ¡La mina, la mina! 
¡ El tesoro I 

— Vén, te enseñaré donde he visto es- 
conderse la comadreja, — repetía el niño, 
tirando de la mano á Gastón, que embo- 
bado se dejó arrastrar. 

Orientóse Miguelito con ese acierto 
topográfico que distingue á los niños, 
cuya retentiva fresca no pierde un detalle, 
y empezó á desviar los brezos y los 
renuevos de roble que revestían la base 
del escarpe, descubriendo un sitio en que 
sólo su mirada avizor podría adivinar la 
boca de una cueva, — orificio angosto, 
cegado por desplomes de tierra y piedras, 



2 20 EMILIA PARDO BAZAN 



entre las cuales surgía recia y lozana 
vegetación, disimulando perfectamente la 
entrada y haciendo hasta dudoso que tal 
abertura fuese otra cosa sinó madriguera 
de los tejones y las martas, abundantes 
en aquel país. — Pero Gastón no dudaba; 
era la boca de la mina militar del castillo 
de Landrey, y la emoción le empapaba 
las sienes en sudor helado y le hacía tem- 
blar las piernas... 

Calló: no era posible confiar tal secreto 
á Miguelito. Cuando, ya anochecido, ha- 
biendo regresado los dos á Landrey, lo 
entregó á Colasa que se proponía, vién- 
dole muerto de sueño y de cansancio, 
llevarle á cuestas hasta Sadorio, Gastón, 
al despedirse del chico, le dió un abrazo 
largo, largo, vehemente, y entre dientes 
murmuró, al estrecharle: 

— ¡Criatura, que Dios te bendiga I 
Aquella noche no durmió Gastón; lite- 
ralmente no concilió el sueño cinco mi- 
nutos; y sin embargo, una especie de fie- 
bre le causó raras alucinaciones. Cerrando 
los ojos se representó á la Comendadora 
con sus hábitos y á don Martín, con su 
casaca y su calzón corto, que armados 



EL TESORO DE GASTON 221 



de antorchas le alumbraban por las vuel- 
tas y recovecos de medroso subterráneo... 
Al amanecer, ya estaba pidiendo á Telma 
un ligero desayuno, provisión de fiambres 
y las herramientas de los albañiles, que 
éstos solían dejar en un cesto de esparto, 
por no llevarlas y traerlas todos los días; 
además se surtió de una azada, una pala 
y de un «guadaño» para segar la maleza. 
Encargó á Telma el sigilo y que diese á 
los albañiles dinero en pago de sus herra- 
mientas, que supondrían perdidas, y con 
paso ágil, bajó como la víspera, sin que 
esta vez las asperezas y escabrosidades 
del sendero le pareciesen tantas; ó por 
decir toda la verdad, sin que su enajena- 
miento le diese lugar á reparar en ellas. 
Descendía como desciende la piedra, por 
su propio impulso y sin percibir los obs- 
táculos que la podrían detener. En media 
hora recorrió el trayecto que el día an- 
terior les había costado á Miguelito y á 
él, adoptando mil precauciones, cerca de 
una. — Al verse ante la boca de la cueva, 
detúvose y reflexionó. 

¿A dónde podía conducir la mina? Sin 
duda á las fundaciones de la torre, en que 



222 EMILIA PARDO BAZAN 



Gastón, «guiado por el Norte,» esperaba 
encontrar el tesoro. Mas Gastón recorda- 
ba que debajo de la torre había realiza- 
do un registro inútil, hallando una espe- 
cie de mazmorra subterránea, en que ni 
las paredes sonaban á hueco, ni se veían 
rastros de comunicación, puerta, escalera, 
ni argolla alguna. ¿Iría la mina á perder- 
se en el seno de la montaña? ¿Sería mina 
siquiera? 

Con una especie de rabia, con fuerzas 
que centuplicaba la ardiente curiosidad, 
Gastón puso manos á la obra. Empezó 
por cortar y raer la maleza, descubriendo 
el orificio de la cueva; y despue's, con 
ayuda de la pala, desobstruyéndolo de la 
tierra que se hacinaba ante él. De vez 
en cuando miraba en derredor, por si le 
observaba alguien. El sitio estaba com- 
pletamente solitario. 

Temía el señorito de Landrey encon- 
trar piedras que sus fuerzas no alcanzasen 
á remover, y vió con júbilo que era tierra 
endurecida, mezclada al grijo del lecho 
del río, lo único que dificultaba á un 
hombre la entrada en la gruta. Esta con- 
vicción le animó, y pronto consiguió des- 



EL TESORO DE GASTON 223 



pejar la boca, y descubrir un conducto 
que, en vez de bajar, subía en ángulo. 
Encendiendo su linterna, y aferrando la 
piqueta, Gastón ascendió por el conduc- 
to; sus rodillas tropezaban en las des- 
igualdades de la mina — ya no podía 
dudar que lo era — y una alimaña pasó 
rozando con sus piernas, en fuga loca, 
sin que pudiese distinguir si era el bicho 
algún tejón ó sólo una gruesa rata. Notó 
luego que se ensanchaba la mina y mos- 
trábase cada vez más suave su declive, 
y no avanzó sino examinando las paredes, 
que nada ofrecían de particular: parecían 
de barro, y las impregnaba una humedad 
ligera. No había ni rastro de esa vegeta- 
ción fungosa que algunas cuevas poseen: 
y á medida que Gastón adelantaba, el 
ambiente se hacía más seco. Como quince 
minutos habría caminado Gastón, cuando 
de pronto la cueva cesó: una pared de 
arcilla la terminaba. 

Si la tal pared se hubiese desplomado 
sobre él, no sentiría impresión más fuerte 
y abrumadora. Quedóse de hielo, abierta 
la boca, dilatados los ojos. Al fin, procu- 
rando rehacerse, paseó la linterna por la 



224 



EMILIA PARDO BAZAN 



pared de alto á bajo. Su corazón saltó im- 
petuoso*, el barro, resquebrajado á trechos, 
cubría un muro de piedra. 

Dejó la linterna en el suelo y atacó el 
muro, con la piqueta, mostrando un vigor 




digno de un demoledor profesional. Era 
el muro recio, pero no como de sillería, ni 
siquiera de cantos muy gruesos; á pocas 
embestidas comenzó á desmoronarse, y 
metiendo por el hueco la linterna, Gastón 
vió una especie de sala redonda, pareci- 
dísima á la que conocía, y esto le hizo 
temblar. ;Si estaría echando abajo una 



EL TESORO DE GASTON 225 



pared para encentrarse, burlado y desespe- 
rado, al pie de la torre de la Reina mora, 
en el sitio donde ya le constaba que no 
existía rastro de tesoro? Tal idea le hizo 
desmayar, y se sentó sobre los escombros. 
Recordó entonces que tenía en el bolsillo 
carne fiambre y un frasco de vino gene- 
roso; reparó sus fuerzas con bocado y 
trago, y sin más, arremetió otra vez con- 
tra el muro. Cayeron los escombros; fué 
la abertura capaz de dejar poso al cuerpo 
de Gastón, y se enjaretó por ella con es- 
fuerzo, saltando linterna en mano dentro 
de una mazmorra circular, toda revestida 
de piedra, sin escalera ni acceso á ningu- 
na parte... |No era la ya conocida I ¡Era 
otra, situada, de fijo, bajo las fundaciones 
de la torre! En el techo, enorme argolla 
emporlonada en una losa; en el suelo, 
nada, la tierra; y en la pared ¡cielo santo! 
una especie de hornacina tapiada con cal... 
El escondrijo. 



29 



XV 



61 tesoro 



Antes de atacar con la piqueta la hor- 
nacina. Gastón echó mano al frasco y 
volvió á beber un trago copioso. Creía 
tener brasas en la garganta y en el pecho, 
y se sentía desfallecer, La embriaguez 
del triunfo presentido le abrumaba; no 
era la codicia, no era la sed de riquezas 
lo que le causaba tal vértigo ; era el mis- 
terio romancesco y la dramática historia 
del tesoro, cuyo valor acaso no equival- 
dría á lo que la imaginación fantaseaba. 

La piqueta retumbó al fin embistiendo 
contra la pared. Sus sordos golpes fueron 
arrancando el yeso ennegrecido, la dura 
mezcla que trababa los pedruscos de la 



228 



EMILTA PARDO BAZAN 



mampostería. A cada fragmento que se 
derrumbaba, crecía el anhelo de Gastón. 
Abierto un boquete, apareció un hueco, y 
en él algo confuso... bultos informes; la 




luz, introducida, descubrió que eran, no co- 
frecillos de sándalo con herrajes de pulido 
acero, ni arquillas de cedro incrustadas 
^ de nácar, según corrrespondía á las joyas 
de la Reina mora, sino buenamente pan- 
zudas ollas de barro vidriado, de las que 



EL TESORO DE GASTÓN 229 



en el país se venden á dos reales... Si 
había allí riquezas, no las soterró ninguna 
beldad musulmana, que las hubiese reci- 
bido en dádiva ó prenda de amor de 
algún emir granadí; don Martín de Lan- 
drey, el de aciaga memoria, al escoger 
tal sitio para ocultar su dinero y evitar 
que pasase á manos odiadas, había ce- 
dido sin duda á la sugestión de la leyen- 
da, y tal vez al curiosear los subterráneos 
buscando las perlas de Golconda y el oro 
del Darro de la sultana, concibió la idea 
de resguardar allí por poco tiempo el 
caudal destinado á la hija amada y pre- 
dilecta, — á la piadosa Antígona que con- 
solaba su ceguera moral. 

Con golpes convulsivos Gastón ensan- 
chó el boquete ; cayó de súbito un gran 
trozo, y parecieron descubiertas las enor- 
mes ollas. Eran hasta seis, y pesaban más 
que plomo. Llenas hasta el borde, cuatro de 
ellas estaban hidrópicas de onzas, de esas 
hermosas peluconas de Carlos III y Car- 
los IV, que ya se tienen por rareza en los 
tiempos actuales. Uos contenían artísticas 
joyas de diamantes y brillantes montadas 
en plata, — collares, tembleques, piochas, 



230 EMILIA PARDO BAZAN 



broches, arracadas, hebillas, diademas, 
peinetas, ramos, y hasta un pájaro de esa 
mezclada pedrería llamada ensaladilla por 
los joyeros, en que se combinan los rubíes 
pálidos, los topacios, las esmeraldas claras 
y la lluvia de las bellas rosas, ó diamanti- 
tos menudos como chispas de luz. La en- 
voltura de barro grosero de una de las 
ollas encerraba, — como el cuerpo huma- 
no, deleznable, el alma inmortal, — una 
colección de ricos sartales de perlas, y 
dos abanicos del finísimo gusto María 
Antonieta, de varillaje de oro incrustado 
de camafeos. 

Al pronto, le dió vueltas la cabeza á 
Gastón ; temía que las ollas se deshiciesen 
en polvo y la fantástica riqueza se evapo- 
rase. Se llevó las manos á las sienes ; res- 
piró; y cuando empezaba á recobrar el 
aplomo, notó que la vela de la linterna se 
extinguía; un momento más y se quedaba 
á oscuras. Sólo tuvo tiempo para recoger 
una olla, la que contenía perlas y abani- 
cos, y salir á escape de la mazmorra y de 
la cueva. Al verse al aire libre, al sol, á 
orillas del río, comenzó á persuadirse de 
que no soñaba. Allí tenía parte de su ha- 



EL TESORO DE GASTON 23! 



llazgo... Por prudencia volvió á obstruir 
el orificio, colocando la tierra y las ramas 
de modo que no se advirtiese diferencia; 
y abrazado á su olla, subió á Landrey con 
alas en los pies. Telma creyó que el se- 
ñorito desvariaba, — y desvariaba algo, en 
efecto, — cuando pedía otra vela y un saco 
de lona. Al anochecer, Gastón, en cuatro 
viajes, había subido el contenido de las 
ollas cerrándolo en un recio cofre ; pero 
sus fuerzas se agotaban, y una calentura 
que creyó originada por la violenta fatiga 
le postró en el lecho. Telma, llena de 
inquietud, se instaló á su cabecera; le 
sirvió infusiones, y veló su sueño agitado 
por angustiosa? pesadillas, en que pro- 
nunciaba palabras truncadas y frases en- 
teras que parecían de un criminal. ¡ Como 
que se trataba de riquezas, de prisión, de 
subterráneo!... La luz de la mañana trajo 
á Gastón algún alivio, pero encontrábase 
tan quebrantado, que le fué imposible le- 
vantarse ; y por la tarde el recargo se pre- 
sentó otra vez, acompañado de sudor y 
del mismo delirio congojoso. No cambió 
al día siguiente el estado del enfermo-, y 
Telma, conocedora de los males que en 



232 EMILTA PARDO BAZAN 



el país se padecían, comprendió que se 
trataba de calenturas cuotidianas, de las 
que suele causar el detenerse largo tiempo 
á orillas del río, sobre todo en las horas 
de la tarde y con el cuerpo sudoroso, y 
anunció su resolución de bajar á la Pue- 
bla y traer al médico, experto en recetar 
quinina para esta clase de achaques. 

— No llames al médico, — ordenó con 
debilitada voz Gastón. — Vete á Sadorio 
y díle á la señora de Sarmiento,., á doña 
Antonia Rojas... que no estoy bueno... y 
que la suplico que venga á cuidarme. 

— ] Señorito 1 — objetó Telma asustada 
y creyendo que su amo deliraba aún. 

— Obedece, Telma... Estoy en mi jui- 
cio... Que venga .. Así que venga, sa- 
naré... Ya lo verás... Anda, Telma... 
Anda, abuelita querida. 

Este nombre cariñoso tenía la virtud 
de poner á Telma como un guante. Sin 
replicar, llevó á la quinta el extraño re- 
cado. ¡Y qué grande su admiración al ver 
que Antonia, apenas lo escuchó, se encas- 
quetó el sombrerillo marinero, cogió de 
la mano á Miguelito, y echó á andar más 
ligera que una corza! 



EL TE30R0 DE GASTÓN 233 



Al entrar Antonia sola en la habitación 
del enfermo, se incorporó en la cama el 
señorito de Landrey; tendió la mano 
abrasada al encuentro de otra mano 
fresca y trémula, y mirando á su amiga, 




á su futura esposa, sacó de debajo de la 
almohada las sartas de perlas y las enros- 
có á la muñeca de la dama. Ésta miraba 
con sorpresa la joya, y su ceño se fruncía 
ya desaprobando el regalo, que creía una 
intempestiva prodigalidad de Gastón ; pero 
el enfermo, en voz baja, la dijo unas cuan- 
30 



234 EMILIA PARDO BAZAN 



tas palabras que la hicieron retroceder de 
asombro. 

— Ahí está, en ese cofre, — repetía Gas- 
tón. — Deseo que todo, todo, se lo lleve 
usted en seguida á su casa. Pertenece á 
Miguelito, que es quien por inspiración 
de algún ángel lo ha descubierto. Ya 
comprenderá usted que si la llamé, para 
esto era; mi mal no ofrece cuidado, y 
usted se volverá ahora mismo á Sadorio T 
no quiero que los malsines puedan glosar 
su presencia de usted aquí. Lo único que 
me reservo son las joyas de familia... 
Quiero que usted las posea y las santifique. 

— Gastón, — articuló Antonia dulce- 
mente, — me iré, pero prométame usted 
que vendrá el médico y que atenderá 
usted á su salud como si yo aquí estu- 
viese. Del tesoro no hablemos; ya sabe 
usted que soy firme en mis resoluciones, 
y no lo aceptaríamos nunca ni Miguel ni 
yo; pertenece á la casa de Landrey. Res- 
petemos la voluntad de los que fueron. 
No se olvide usted... de lo que nunca olvi- 
dó doña Catalina; el alma de don Martín 
pide sufragios... Me encargo de recordarle 
á usted esa pobre alma en pena. 



EL TESORO DE GASTÓN 235 



— ¿Vendrá usted mañana? 

— Y pasado, y todos los días, mientras 
usted no se ponga bien... 

— Ya estoy mucho mejor, — declaró 
Gastón reanimado y sin soltar la mano 
empeñada en desasirse. 




— Pues cordura... y á descansar, y á 
tomar lo que disponga el médico... y á 
sanar pronto... Y á tener presente quien 
envía estas riquezas... Es nuestro Amo... 
sí, Gastón; somos sus administradores... 
Yo no lo sabía, pero me lo ha enseñado 
la desgracia. 

— Y á mí el amor, — respondió apasio- 



236 EMILIA PARDO BAZÁN 



nadamente el señorito de Landrey. — Por 
todas partes se puede ir á Roma... Y aho- 
ra... que entre el chiquillo; le quiero tanto 
como... como á su mamá! 



índice 



I. La llegada 5 

II. La Comendadora .... 21 

III. La revelación 37 

IV. Gusanillo 53 

V. Landrey 67 

VI. El Norte 81 

VII. La torre de la Reina mora. . 97 

VIII. Lourido 113 

IX, Iniciación 131 

X. La consejera 147 

XI. El consejo. , 16 1 

XII. Táctica y estrategia . . . . 181 

XIII. El aro de oro 197 

XIV. Miguelito 211 

XV. El tesoro 227 

# 



ESTE LIBRO SE 
ACABÓ DE IMPRIMIR EN BARCELONA 
EN EL ESTABLECIMIENTO TIPO-LITOGRAFICO 
DE ESPASA Y COMPAÑÍA, 
EL 15 DE MAYO 
DE 1897 



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Under Pat. " Ref. Index File." 
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